Me gustaría empezar con algo que me surgió de la lectura “El cielo de cristal” de tu último libro Las mujeres altas. En ese cuento acompañamos a la protagonista en la búsqueda de un paquete anaranjado. Aparecen poco a poco reglas y reglas que no se explican, pero parece que todos, menos la protagonista, entienden y siguen. La burocracia se entremezcla con el sueño y con la poesía. ¿Qué significa para vos ese (des)orden?
En primer lugar, te agradezco la lectura y me gusta eso que te despierta el Cielo de Cristal. Suelo ponerme un poco incómoda al pensar que el cuento puede disparar esas lecturas, aunque al mismo tiempo ese efecto de multiplicar los sentidos me resulta fantástico. Las primeras veces que fui a presentaciones de libros de autores que casi no conocía me parecía increíble que de un libro se pudiera decir tantas cosas. No tenía consciencia de eso y me resultaba exagerado. Sin embargo, creo que es el poder de lo literario y por eso es tan potente.
Respecto de tu pregunta y ese “(des)orden” pienso que en general las reglas para las sociedades resultan de natural acatamiento, se cumplen porque siempre se han cumplido, porque una autoridad las dicta, etc. Y en algún punto, esto implica que no haya un cuestionamiento real a ese orden que por momentos resulta absurdo y opresivo. Justamente en ese absurdo surge lo poético, el paisaje onírico de una historia. El mundo, por momentos tiene algo de surreal. Por eso, creo que intentar contar ese orden desde otros modos me resulta liberador, como una forma de rebeldía. Es buscar nuevas maneras de nombrar las cosas, de desacralizar las normas que parecen inamovibles.
En Las mujeres altas, los personajes, incluso las protagonistas, casi que naufragan por una capa de extrañeza y fulgor ¿cómo pensás y elaborás la realidad de los cuentos? ¿Qué operatorias encontrás interesantes en esa voz testimonial y reflexiva que encarnan tus personajes?
Quizá esto que digo es un cliché, pero no por eso menos cierto. Naufragar en la extrañeza es, quizás, una forma de estar en el mundo. Lo real está atravesado por sensaciones contradictorias; lo cotidiano siempre tiene una capa de rareza, de desajuste, y en ese sentido, creo que la primera persona me resulta muy cómoda para habitar esa reflexión sobre el cuerpo y sobre lo que nos rodea. Esa voz más testimonial es como la voz de un diario íntimo, como un escondite para el alma y una liberación. Es una voz que no entiende del todo lo que está viviendo, pero que lo vive con esa pregunta y en esa duda encuentro el espacio para escribir.
Además de este desfasaje entre lo real y lo fantástico, entre lo “normal” y lo “anormal”, encuentro en la obra Las mujeres altas un enfoque muy particular de la corporalidad (en “Persona”, en “Las mujeres altas” o en “Una belleza exótica”, por ejemplo) ¿qué se juega en el cuerpo y la escritura, entre la ficción del cuerpo y la ficción de la literatura; qué vínculo encontrás entre el deseo de ser otra, de verse distinto, de tener otro recuerdo, con el de escribir?
Aunque el feminismo nos haya ayudado a reconciliarnos con la idea de ser “nosotras mismas”, todavía seguimos pensando en cómo gustar, cómo agradar, incluso a nosotras mismas. Esa búsqueda, que no es necesariamente mala, tiene un eco profundo en el cuerpo y entonces en la escritura.
El lenguaje, para mí, siempre tiene un desfasaje respecto a lo real. Y el cuerpo es un territorio de deseo, de experiencia, de memoria, pero también de imposiciones. Ser mujer es, muchas veces, un intento de ser otra. Y la escritura es la forma que encuentro para explorar esas tensiones, para pensarlas, para no aceptar del todo el relato que nos fue dado.
En “Entonces más despacio, entonces más delicado” llega un momento en donde algo pequeño se rompe, se descoloca y de ese quiebre empieza a contaminarse todo lo demás. Todo en el cuento, el sentido, la contextura de los personajes, se enrarece pero sigue todo unido, porque los personajes toman todo con normalidad: ¿qué es para vos eso que se quiebra en el cuento y qué, a pesar del quiebre, mantiene todo en su lógica?
Creo que el quiebre es esa grieta mínima por donde se filtra lo otro, lo que no estaba previsto. El quiebre puede ser el miedo, lo problemático, etc. Es como si algo se desplazara apenas, casi sin que nos demos cuenta, y a partir de ahí todo empieza a contaminarse. Me interesa cómo, a pesar de esa fractura, la vida sigue, porque hay una lógica —aunque sea absurda o arbitraria— que mantiene todo unido. Esa inercia de lo cotidiano me parece fascinante: la normalidad es, muchas veces, una forma de seguir viviendo.
En varias partes de tu obra aparece un detenimiento muy preciso en ciertas palabras, como si, aunque fuera una narración, el cuento se detuviera ante una intensidad poética; ¿cómo llevás esa relación entre la poesía y la narrativa? ¿Ves una diferencia, cómo conviven en tu escritura?
Veo la diferencia pero no sé explicarla. Nunca tuve del todo claro dónde termina la poesía y empieza la narrativa. No sé si importa tanto. Justo acabo de leer una frase de Pound en un libro de Marina Mariash: “La energía crea la forma, la emoción es la organizadora de la forma, solo la emoción perdura”. Y me hizo pensar en la emoción como ordenadora de la forma, o a su inversa. Creo que mi escritura surge de esa energía inicial: una imagen, una frase, un tono. Y de ahí nace la forma que el cuento pide. El deseo de escribir es, al final, el deseo de leer algo que todavía no existe, aunque no siempre se consiga.
Hay dos características que aparecen en Las mujeres altas: la utilización del misterio como motor narrativo, como impulso a la lectura y un profundo sentido del humor (y del absurdo por momentos) ¿qué te parece interesante en el recurso del “no-mostrar” aquello que parece evidente que se quiere ver, que se quiere saber?
No es algo intencional. Creo que el misterio y el humor si funcionan es por esa falta de intención, por lo menos el humor. Respecto del no mostrar, creo que es una manera de que el cuento exista más allá de lo que está escrito. Me interesa que la historia tenga un margen de indeterminación, que haya algo que no se cierra del todo. Eso no significa ambigüedad por sí misma, sino dejar espacio para que el lector complete la experiencia con su propia mirada.
¿Qué es para vos un momento de cesura?
Supongo que es como el silencio en la música. El espacio necesario para que la palabra exista.
Lucía Josefina Bulgheroni nació en julio de 1985 en Córdoba. Estudió derecho, trabaja en la Administración Pública y como abogada independiente. Formó parte del Taller de Poesía coordinado por Elena Anníbali y Gabriel Pantoja y luego con Fernanda García Lao. Participó en diversas antologías literarias y ciclos de poesía con artistas cordobeses. En 2019 publicó: Como si fuera el metal precioso. Editorial Lago. En 2024 publicó su primer libro de cuentos: Las Mujeres Altas, Editorial Borde Perdido.
