Triángulo Editorial

CESURA, entrevista a Daría Mil Veces

Entrevista a Daría Mil Veces

La suerte maldita de vivir en la ambigüedad, en la confusión de beber de un animal castrado, de un perro macho que igual pare, que igual cuida. Las luces intermitentes que al apagarse duelen. El amor que se escurre entre los cuerpos, que intentan asirse y revertirse, escapar a todo cálculo. Las enfermedades que piden por su cura, por su fórmula para soportarla. Dios que quiso ser canción y suena al palo en los altoparlantes. La premura de todo aquello que se queda quieto, y una lengua que no sabe decir qué se dice/ cuando se dice muerte. Daría Mil Veces habla la lengua de los santos sacrílegos, de la chatarra del futuro, de los talismanes que salvan vidas y que crean patrias en medio de los apocalipsis. Las palabras hacen mucho frío y calientan, navega entre los acentos memoriosos y las lagunas olvidadas de los cuerpos. Una poesía de lo inevitable, de la fuerza que anida en todo lo que puede un cuerpo.

 

Hay poemas que se detienen en el cuerpo, en las palabras que lo nombran, en el deseo que buscan y encuentran los cuerpos (como en Quise congelarme para no verme arder o en Nadie entiende, todas bailan) ¿Qué relación encontrás entre el cuerpo, la palabra y el deseo?

 

Las palabras son afilados artefactos que hacen tajos en la piel. Salen de nosotrxs con intentos de traducir las sensaciones particulares que generan los brillos, los susurros o los alientos, y regresan a las membranas de percepción con poderosas capacidades.

Cuando era chico, había dos palabras en particular que me daban piel de gallina, y las cuantifico así tan fácil porque tenía mucha conciencia de su virtud específica de estremecimiento. Una era preparar: en su pepeo encontraba una satisfacción sonora que se agrupaba con las imágenes relacionadas, las de armado o construcción de una comida o una experiencia. Que alguien mencione la preparación de algo me disponía a una espera emocionada. La otra era alguien: el misterio en torno a la identidad trazaba una bruma de sospecha. Debo confesar que con ésta se pone en evidencia cierta desconfianza hacia las personas que hoy entreno más, pero que puedo entender razonablemente: como para muchas personas queers o simplemente raras, la infancia implicó un campo de batalla contra una normalidad que no podíamos asir y nos dejaba muchas veces aisladxs.

Nombrar al cuerpo y el ímpetu de conseguir cosas que éste a veces tiene fue, para mí, como un viaje en tren hacia un lugar incierto. Frente a los grandes silencios de la infancia, encontraba en las ficciones que leía, o en los tímidos cuentos que escribía, cierta manera de respirar. Entonces no fue sólo que las palabras entraran y salieran: fue que hicieran problemas al hacerlo. Que hincharan los órganos, provocaran flujos nuevos, estiraran tejidos estremecidos, variaran la imagen que devolvía el espejo. Que la ciudad del interior donde crecí pudiera parecer una metrópoli vibrante o el más solitario descampado.

En un tiempo donde circulan interminablemente palabras que muchas veces valen poco —santos textos que se interpretan con vulgaridad odiante, textos nacionales que ya son solo decorativos, promesas o conjuros rápidamente obsoletos—, es difícil encontrar aquellas que aún tengan la fuerza de trastornar el cuerpo o al deseo. Son pocas. Marica, por ejemplo, es una que me acobija en el vacío, hace torcer mi cuello y tirar mis ojos hacia atrás. Amor, de las más violadas y de las más complejas, escurre mi torso hasta que ya no sé quien soy.

En tu obra poética aparece, se cuela por momentos, un pensar sobre el presente en relación al futuro, a la tradición y a ese futuro vedado, deseado. ¿Qué encontrás de poético en la utopía -las distopías- o en la imaginación del futuro?

 

En ¿Hay mundo por venir? (2021), un ensayo antropológico de los brasileños Viveiros de Castro y Danowski que habla de la idea del fin del mundo a lo largo de la historia y sobre todo ahora con el colapso ambiental que estamos viviendo, se dice algo muy interesante: ante la imposibilidad de pensar el futuro desde los marcos científicos, porque la enorme intervención humana sobre la Tierra genera incertidumbres sobre lo que podría acontecer, la ficción tiene una función central. Ellxs le dicen ficción especulativa.

Fueron obras de literatura de ficción las que trajeron las ideas de Utopía o Distopía, como fueron también obras cinematográficas de ficción las que aportaron imaginarios en imágenes y sonidos sobre el devenir de nuestra especie a partir de estéticas como el Cyberpunk.

Está de moda decir que escribir es un acto inútil. En parte coincido, pero ante esto encuentro una tarea con bastante utilidad para escritorxs de ficción, poesía, guiones teatrales o cinematográficos. Nos toca imaginar, desde nuestros ejercicios creativos, hacia dónde estamos yendo o podríamos ir de maneras alternativas como especie, o en medidas más recortadas como naciones, culturas, regiones o grupos.

Si bien la idea de futuro da una profunda ansiedad (tal vez por eso estamos tan mal) y debiendo decir que me inclino más a la tendencia pesimista de que nuestra especie está generando condiciones irreversibles para la vida en la Tierra, me encuentro con esta tarea imaginativa con mucha vocación.

Después de todo, fueron grandes tendencias poéticas canalizadas por la política quienes dieron batallas de transformación social en la historia de lxs humanxs. Y, de cualquier modo, me aburre mucho la idea de dejarme morir, al menos en ideas, aceptando la distopía total y el fin de los tiempos. Por lo pronto continúo especulando. 

Las imágenes -tanto materiales como mentales- forman una parte importante de tu poesía, por momentos son abundantes, por otros aparecen como un velo más, una capa que hay trasvasar para entender; ¿qué lugar ocupan en tu escritura las imágenes? ¿hay en tu proceso de creación alguna predilección por algún material?

Entré a la escritura de poesía por sentimientos de amor desbordantes que tuve en mi adolescencia: me enamoré de un chico como a los diecisiete y no me lo permitía, por mi homofobia internalizada, así que eso se volcaba en noches de alcohol y otras de mucha melancolía. Ahí salió el primer poema. Antes, la poesía se me hacía demasiado inaccesible, de nicho e inalcanzable. Todavía hoy hablando con amigxs contemporáneos a mí, encuentro que muchxs de mi generación se sienten distanciadxs de la poesía por esa misma razón.

Se dió entonces que, más allá de que de niño leía mucha narrativa, en la adolescencia las ideas para la construcción de los poemas surgían de otras fuentes, no de la lectura en sí misma. Canciones y películas fueron las que supieron contener mi atención, sobre todo. Y para completar la anécdota: mi primer poema imitaba las imágenes que proponía la letra de una canción de Arctic Monkeys de la que era muy fanático. Era Love Is a Laserquest. El poema era malo, pero él abrió una catarata de otros desenfrenados que se me iban ocurriendo principalmente por las imágenes. Así me fui enamorando de la observación y de la escucha, no sólo en formatos de reproducción sino de las imágenes salvajes: la calle y la gente.

El mismo año que admito mi cuestión marica, primero ante mí y luego ante la gente, además afianzo mi relación con la poesía y decido estudiar Cine en la Universidad Nacional de Córdoba. Me acuerdo de que me decía a mí mismo que elegía esa carrera porque “me gustaba ver y escuchar”, es decir, percibir. No realmente por una tendencia cinéfila, de la misma manera que no entré a la poesía por ser un lector de poesía. Entré porque me gustaba ver y escuchar, y claro, en el proceso de estudio me encontré con la pasión por la lectura y por la cinefilia.

Pier Paolo Pasolini dice que la vida, la calle, es un cine en estado salvaje y puro. Uno elige encuadrar, montar, iluminar, realzar sonidos y silenciar otros. Percibir así es casi como estar drogado de manera autoinducida. Educando esa mirada y esa audición precisa es que empecé a encontrar una voz poética. 

Ya en Córdoba, en 2019, edité mi primer fanzine de poemas Todas las luces de noche, todas las sombras de mañana. El mismo se compuso de imágenes y sonidos puntuales de la nocturnidad. Ese año salí a muchas fiestas y hallé en ese trance observacional algunas visiones del futuro: nos vi a todxs esperando que en los parlantes ensordecedores de Casa Babylon pudiésemos encontrar algo parecido al éxtasis de Dios. Escribí los poemas en esa línea y cuando estuvieron terminados, compré un rollo de 24 exposiciones y conduje a mis amigxs a una fiesta para que posen para la cámara y se fotografíen entre sí. Las fotos son bellísimas y en ese cuerpo de fanzine tan errático se consolidó para mí el encuentro entre imagen y palabra. 

Hay un grupo de imágenes y símbolos: la iconografía católica (pienso sobre todo en el fanzine Nuestros huesos adornando el ecosistema). ¿Qué hay en esa insistencia -de dios, de los símbolos ya viejos y sin asidero- que aparece con recurrencia en tu poesía? 

Crecí en un hogar católico y recibí esa educación desde que nací hasta los dieciocho años. Mi relación con la fe tuvo profundas variaciones. De niño, estaba embelesado por la idea de Dios y tengo que admitir que hasta me calentaba con la imagen de Jesucristo. La Biblia era para mí una ficción fascinante con ángeles, guerreros, pueblos exiliados y justicias divinas. Ya en la pubertad, me volví lo opuesto: era un anarquista de la fe y me encargaba de burlarme de los creyentes y de su dios en las clases de religión. Me hice de grandes enemigos en la escuela a la que asistía por ese ímpetu de pendejo insolente, del que me enorgullezco.

Ahora, en perspectiva, tengo una gran intriga de las creencias, de las personas y sus prácticas de fe, de las estatuillas y sus representaciones, y de los símbolos que migraron de pueblo a pueblo generando sincretismos espectaculares como la Virgen María junto al Gauchito Gil en un altar de barrio, la Santa Evita compartiendo una pared con el palestino Jesús, la Difunta Correa en compañía de San Cayetano, los orixás, la santería, el cristianismo pragmático de la cura del empacho con el rosario y más.

Creo que mi interés por la fe es en el fondo mi interés por las prácticas humanas. Si uno prueba el ejercicio de enajenarse de lo que es obvio de las religiones -el opio de los pueblos- puede ver y entender muchas cosas sobre los pueblos. Ir creciendo me fue liberando de esa altanería ateísta de creer que las personas creyentes son ignorantes y esclavas de una dominación simbólica. Por un lado, por el respeto que merecen las personas que eligen transitar el dolor y la incertidumbre del mundo a partir de representaciones espirituales. Por el otro, porque yo como agnóstico sufro constantemente la esclavitud simbólica de las divinidades contemporáneas que se fortalecieron con la muerte de Dios: éxito, consumo, liberación personal.

Como no estoy exento de las trampas del fanatismo espiritual, porque las prácticas ascéticas de las vidas sin dios también tienen su búsqueda ontológica, es que me pongo en observador detallado de las cosas que los símbolos como amuletos y estatuillas, prácticas y rituales, hacen en las personas.

En el caso del fanzine Nuestros huesos adornando el ecosistema, lo escribí duelando la muerte de tres personas queridas, que acontecieron muy cercanas en el tiempo. Fue inevitable para mí, con veintitantos años, escarbar en las mismas preguntas que me acechaban de pequeño y me hicieron, en ese momento, tener fe: ¿acaso somos solos en el mundo? ¿para qué la vida?

Hoy me las intento responder de maneras alternativas, pero las cuatro mundanas letras que componen la palabra Dios me siguen sobresaltando por todas las cosas que pueden entrar y generarse en ese sencillo monosílabo.

Otra recurrencia en tu poesía es la sexualidad, la transpiración de los cuerpos, ese afán desaforado por entender/amar un cuerpo, un alma, o apenas una imagen del amor. ¿Cómo habita en tu poesía la relación entre sexo y discurso, entre hacer poesía y hacer(se) de un cuerpo?

Con esta pregunta se me viene el legado de la carne heredada por la literatura queer: aquellxs hacedores de la palabra que en los penumbrosos rincones de la persecución construyeron un monstruoso cuerpo histórico con sus versos y prosas. Puig haciendo de Villegas un verdadero culebrón de amantes enardecidos; Thénon con su En cambio te amo / y todo es catástrofe alrededor; el No soy Pasolini pidiendo explicaciones / No soy Ginsberg expulsado de Cuba / No soy un marica disfrazado de poeta / No necesito disfraz de Lemebel; el sin biblias sin tablas sin geografías sin nada, solo mi derecho vital a ser un monstruo de Susy. Soy en ese sentido un heredero del cuerpo errático y escandaloso que supieron construir lxs que dieron esteroides a aquellas palabras para que rompan sus vestiduras y revienten.

En el libro en el que estoy trabajando, El Futuro Accidental, la dedicatoria del inicio reza: Para quienes grabaron en la memoria de todo un inextinguible cuerpo ultravioleta. Escribí esa frase luego de un sueño que tuve, en el que veía un gigante holográfico en el cielo, violáceo, que me miraba. Impregné en él la tranquilidad de no saberme solo, ni único, ni primerizo. Mi cuerpo heredó instintos, de primera mano de mi familia de origen, que fueron en su mayoría trabajadores rurales y maestros de escuela, y por segunda, de la suscripción sensible a la identidad marica. La misma, que no es una sola, ni es nítida, ni fija ni sostenida, me dio una razón para estar en el mundo, una esperanza, y también un cuerpo. Nunca mi cuerpo se sintió igual luego de entender que pertenecía a ciertos clanes políticos y sexuales.

En mi caso, creo que siempre escribo sobre el cuerpo, porque escribo con él. Y creo también que siempre escribo de la sexualidad, porque siento que mi relación con la estética es siempre erótica. Digo erótica queriendo decir entrañable, deseada, con pulsión y compulsiva. De modo contrario, sin apetito erótico, estoy seguro de que abandonaría la escritura fácil. Porque de algún modo terminar un poema se siente como acabar.

Teniendo en cuenta el poema: De Pie Sobre Mi Raquítico Manifiesto (https://www.behance.net/gallery/225292027/De-Pie-Sobre-Mi-Raquitico-Manifiesto-Fanzine-digital). El yo del poema aparece como parte de una tradición, de una historia política, que abre la dimensión de la subjetividad a algo más complejo, más carnal y plural. En ese entramado hermoso de tu poesía ¿qué lugar ocupa lo político?

Escribí De Pie Sobre Mi Raquítico Manifiesto (sí, me gusta titularlo así con mayúsculas al inicio de cada palabra porque así se suelen titular las canciones y a veces adoro pensar que en un mundo paralelo estoy haciendo canciones pop) luego de un día de mucha rabia sobre el contexto precario que vive la Argentina y conversaciones acaloradas de política con un amigo. En el chat de WhatsApp con Pali estábamos genuinamente cansados de la intelectualidad argentina, de la narrativa de la herencia blanca y europea que nos trajo derrapando hasta acá, y de la impotencia que sentimos por el escandalosamente cruel gobierno de Javier Milei. En el medio de esa noche, hago el poema y se lo envío. Él me responde: cada día quiero que mi vida sea menos mía y más de la vida; que sueño loco que soñemos con algo más que esto. La escritura fue útil.

Para mí es muy importante que mi escritura sea útil. No sé bien de qué modo porque estoy seguro de que un poema no es por defecto algo político, ni algo útil. Digo útil en el sentido de que pueda generar cosas, al menos leves vibraciones en la lectura propia o ajena. No es mi interés escribir para decorar mi vida, ni la de lxs otrxs. No es mi interés escribir para otrxs escritores, ni para leer en nichos de poesía, ni para que me la reconozcan. Escribo genuinamente porque me cruzo todos los días con grandes problemas en el encuentro con este mundo y la escritura es la forma de catalizarlo. Como bien puede ser la política.

Crecí en el seno de una familia peronista, a dos cuadras de la sede del PJ regional en mi ciudad natal. Me pasé años escuchando roscas de mis familiares y trasladé esa inquietud al resto de las áreas de mi vida. En el secundario, fui presidente del centro de estudiantes y jodí hasta más no poder al directorio con reclamos. No puedo imaginar una vida sin vocación política. Y no es únicamente por la herencia, aunque me sienta muy orgulloso de haberla tenido. Es también por que fui construyendo con amigxs y afectos una mirada común crítica sobre la hostilidad sobre la que se asienta el sistema para ser sistema.

De ahí que tengo esta intención pragmática de que lo que hago artísticamente pueda tener utilidad. Y posiblemente me aferre a esa vocación hasta el final. ¿Qué quedaría de mí sino? / No voy a engañarlas, si no fuera por la ilusión / de nosotras quedaría un rasgado gesto de historia / nada más, un pasado sellado que es doblemente muerto / por haber sido pasado / y por haberse dejado vencer. 

¿Qué puede -y qué no- un poema? Si la poesía puede -o debe- manifestarse, ¿qué hay para decir en la poesía? ¿Cuál es su fuerza?

El otro día una amiga querida, Martina Alfuso, en una conversación sobre astrología, me narró una imagen que me pareció preciosa: me hizo imaginar una habitación repleta de vapor de agua, completamente nublada, en el que al caminar se titubea por la espesura de esa nebulosa de información; pero que, al chocar con las placas frías de la pared, condensa generando gotitas nítidas de agua, dispersas, pequeñas, pero nítidas. Si bien Martina no se estaba refiriendo a la poesía, tomo prestada la metáfora para pensarla. La información sensible, oculta, continuamente circulando entre las personas y los lugares, es brumosa y difícilmente inteligible. Una puede ver la consistencia de tal niebla y abrumarse por su volumen. Pero, cada tanto, aparecen gotas condensadas que, en un nivel microscópico de detalle, revelan pequeños destellos de sensibilidad.

La poesía puede catalizar la experiencia de un cuerpo en el tiempo, con muchísimos niveles de complejidad, en un recorte sensible sobre el mundo. Puede así preservar los sentimientos y hacerlos viajar con cierto impulso a través de papel y pantallas. Eso es de por sí potente. 

Esa gota específica que podría valer muy poco ante la mirada rigurosa de la razón, revela un pequeño elemento de ese gran material sensible y disperso que es la gran niebla sentimental que rodea nuestra geografía. Se da ahí una relación entre punto de vista particular y el gran todo que encuentro fantástica.

Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo decía Alejandra. Y yo no sé que más podría decir al respecto. Sobre la potencia de un poema, intuyo que es una cuestión de gimnasia, prueba y error. Puede ser la cosa más irrelevante o un tesoro en forma de gota condensada que revela alguna pequeña nitidez sobre el vapor del mundo.

¿Qué es para vos, en tu escritura, en tu vida, un tiempo de Cesura?

Un tiempo de cesura podría ser acostarme a ver los pequeños gestos de mi gata Miguel, que es por cierto muy gestual. También, sentarme a fumar en la plazoleta que está detrás de la catedral de Córdoba donde suelo ponerme a avistar viejitos y su ajedrez, primeras citas, parejas en discusión, vendedores ambulantes, otros fumadores.

Un tiempo de cesura también es pausar un segundo la productividad del trabajo y la vida urbana para detenerme a contestar preguntas de una entrevista como estoy haciendo.

Un tiempo de cesura puede ser trasnocharme, aunque mañana madrugue, para escribir lo que estoy escribiendo acá y regalarme ese momento maravilloso de pregunta y palabra.

También apagar la computadora, luego de terminar la entrevista, para volcarme a dormir y que aparezcan los sueños más locos, que ahora en vigilia no me espero, que aún no puedo ni imaginar. 

 

Poemas elegidos:

Las mañana que faltan

Con colillas a medio terminar

cuento las mañanas que faltan

para que las trompetas últimas

bajen del cielo en escalera mecánica.

Orquesta de la sentencia

 

Estoy más despierto que mis adicciones,

del desorden que está esparcido

se volvieron ellas adictas a mi consumo:

ellas son las que no pueden dejarme

y me reclaman celosas por

mis vínculos adictivos paralelos

 

Desagrupadas corremos en vilo

porque la espera ya no tolera

otras formas esperables.

Queremos inmediata información

de su venida, un detalle,

un titular resumido del fatalismo

 

Si vienen a por mí,

primero que digan a quién buscan:

del siglo del futuro resto yo,

un desconocido mío

 

Ahora más allá de las fábricas que construí en el aire,

permitan mañanas que faltan

la aproximación de sus planes.

Al menos calcular si será esta la noche

en la que nombraré el amor

sin especulación ni cálculo

 

De esta enfermedad pido su fórmula

para soportarla.

Coreografía

Por tener mi vista arriada

en la vista humana, 

vi luz de explosión fluorescente: 

de nosotras ya nada,

ya polvo nuestros sueños, 

ya cantera la montaña.

Ya no podré besarlos, 

se acaba el mundo

 

Por tener el cuerpo amarrado

entre las sogas humanas

entregué mi diferencia

a la homogeneidad.

Solo quedó vergüenza tibia

y una nostalgia futura 

del cachorro que encerré 

muy dentro

 

Por tener el gusto agrio

del beber humano

no saboreé el momento:

las amigas bailan,

aire salado, besos,

coreografía

 

Por tejer el hilo de occidente, 

por temer el impulso salvaje, 

por desoír, domesticarme

 

Pero el viento golpeó duro

el músculo, encomendó 

un movimiento extraño

 

Por el azar, por lo que extraño,

por el afecto incalculable, 

aún no olvidé mi nombre

 

Por el misterio en el monte, 

por las lluvias por venir, 

sueño los sueños caprichosos.

Por retrasar la muerte,

por deshacerse,

por lo que queda

por dar

 

Alguien danza

en el vértice del fin

y un rayo me despierta

del estupor

 

Nuevamente

daría la vida.

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