Triángulo Editorial

Extimidades por Roque Farrán

Volví a las redes aunque seguiré escribiendo cada tanto desde acá, ya no estoy afuera ni adentro, escribo en los umbrales donde lo privado toma estado público, lo singular se trama en lo colectivo, el interior y el exterior se invierten, los sueños se convierten en realidad y la realidad deviene sueño o pesadilla. Asumo así el carácter indeclinable e inclasificable de la escritura que me interesa cultivar, ahora sin tapujos. La escritura que practico desde hace tiempo no es por placer ni por obligación, surge de la necesidad de subjetivar experiencias que me exceden e implican. Extimidades.

VACACIONES

Como la mitad de los argentinos, este verano no nos fuimos de vacaciones; apenas llegamos a visitar a la familia en un viaje relámpago y con algunos contratiempos. De todas maneras, estamos felices porque la pasamos muy bien, y la familia se agranda. Festejamos humildemente con nuestros pequeños rituales: prendimos el fuego, nos sumergimos en el río, nadamos en la pileta, cantamos, reímos, lloramos, brindamos.

 

     Visitar, o mejor: constituirse en visitante, como pasearse o mudarse, no son asuntos menores; pueden ser muestras de lo que implica una causalidad inmanente, como ha comentado Agamben varias veces, y yo mismo (también por acá): un modo de ser con los otros donde el agente y el paciente coinciden felizmente. Hay que entender que la felicidad de la que hablo no está exenta de momentos de dolor o sufrimiento; no se trata de ninguna idealización, mucho menos familiar, sino de lo real que cifra un goce circunscripto en acto.

 

     Por eso me pregunto desde hace tiempo cómo podrían darse las condiciones para ampliar las posibilidades materiales de disfrute (quizás algunos piensen que se trata de un gesto peronista o humanista, yo considero que es simplemente materialista), y he ido recolectando pequeñas citas donde algunas respuestas posibles se ensayan. Me gustaría compartirlas, nuevamente, a modo de buen augurio para este difícil año que comienza. 

 

     Primero, una cita que remite a algo que escribí volviendo de unas vacaciones muy significativas, luego de la pandemia y la cuarentena (enero de 2022):

 

“Recién llegado del viaje a San Martín de los Andes, me pongo a pensar cuántas veces había ido al sur. En mi recuerdo, algo difuso, imaginaba que eran casi todas las vacaciones y que hacía apenas unos años había sido la última vez. Pero no era tan así; la connaturalidad que siento por el sur me engañaba. En un esfuerzo de rememoración más atento las cosas aparecieron de otro modo. La última vez fue en realidad hace 15 años y si bien es cierto que durante los 90 íbamos casi todos los años, primero con mi familia y después de mochilero, durante el comienzo de este siglo apocalíptico fui apenas dos veces. Como dice todo el mundo, este año el sur estalló: estaba a pleno, la ruta de los siete lagos colapsada, todos los senderos y playas repletas de gente, los espacios urbanos ni que hablar. A pesar de todo el sur sigue siendo muy bello: los bosques, ríos y arroyos, las playas de aguas transparentes o turquesas, los pueblitos y ciudades pintorescas, etc. Aunque se nota mucho el cambio climático: la sequedad ambiente, los suelos erosionados, el polvo fino de los senderos que se vuelve impalpable y tiñe las prendas, el calor por el cual meterse al agua helada más que un desafío de valientes se vuelve un acto necesario y placentero; ya no se encuentran esa humedad y frescura constantes del sur, los prados verdes llenos de frutillares silvestres y los aromas del bosque realzados por el agua en suspensión flotando en el aire. La última vez que había ido estaba en proceso de duelo y tomé cierta distancia de aquella naturaleza que antes me fascinaba. Ahora en cambio me volví a conectar desde otro lugar, incluso al borde de ese colapso donde infinidad de autos y familias se volcaron a recorrer nuevamente las viejas rutas y caminos, después de tremenda encerrona. Hubo una escena que lo resume. Estábamos en la islita del lago Lacar, un lugar hermoso donde se aprecia tanto el bosque como el lago en su interacción recíproca, porque se forma una especie de pileta natural de 25 metros entre la playa lacustre y una isla, pequeña pero con bosque y rocas. Entonces un hombre cruza nadando con su hijo de la playa a la islita, luego las hijas menores también quieren cruzar y si bien el padre tenía algo de temor las acompaña y lo hacen; al volver, entusiasmado, dice: “Esto es hermoso, valió la pena, valió la pena hacer los kilómetros de ripio”.”

 

     Recientemente, cuando volví a recordar esta escena me emocioné mucho; ahora me doy cuenta todo lo que se condensaba allí, en ese impasse: la naturaleza y la historia, la singularidad y lo colectivo, el instante y la eternidad. En este momento en que todo lo que podría cifrar nuestro precario modo de ser argentinos está en peligro: el sur, la Patagonia, los bosques y lagos, la economía entera, sea por abandono, desidia o entrega, me alcanza ese pequeño haz de luz que quisiera transmitir. Repito: la felicidad no está exenta de dolor, sufrimiento, incluso como antesala de la extinción o la muerte (Benjamin lo sabía muy bien).

 

     La próxima cita es de Thoreau, y la encontré leyendo por estos días su hermoso libro Caminar:

 

“Un día del pasado mes de noviembre tuvimos un atardecer inolvidable. Caminábamos por una pradera donde nace un arroyo, cuando el sol, justo antes de ponerse después de un día frío y gris, alcanzó un estrato despejado en el horizonte y la luz matinal más suave y brillante se derramó sobre la hierba seca, los troncos de los árboles en el lado opuesto y el follaje de unos robles jóvenes en la ladera de una colina, mientras nuestras sombras se alargaban hacia el este sobre el prado, como si fuéramos las únicas motas de polvo entre sus rayos. Era una luz que habríamos sido incapaces de imaginar un instante antes, y el aire era tan cálido y sereno que nada hacía falta para que aquella pradera fuera el paraíso. Cuando concluimos que aquel no era un fenómeno aislado que no volvería a ocurrir, sino que seguiría ocurriendo eternamente, durante un número infinito de tardes, alegrando y alentando a la última criatura que caminara por allí, fue más glorioso aún.”

 

     De repente, en un lugar cualquiera y apenas por un instante, uno puede encontrarse con un paisaje único que lo conecta con la eternidad, y ya no importa que sea uno el que lo ha encontrado, no puede más que alegrarse porque otros lo harán oportunamente. ¿Cómo se explica esto? El goce es único, no uno, por eso no es contable, no entra en la lógica del valor y el intercambio, sino en la ontología del ser con otros, cuales sean esos otros, incluida la naturaleza que nos causa de manera inmanente.

 

     Hay dos citas más que no me voy a cansar de repetir porque hay que ejercitarse en ellas hasta que hagan cuerpo. La primera es de Perón, en La comunidad organizada, y resulta programática: 

 

“Difundir la virtud inherente a la justicia y alcanzar el placer, no sobre el disfrute privado del bienestar, sino por la difusión de ese disfrute, abriendo sus posibilidades a sectores cada vez mayores de la humanidad; he aquí el camino”. 

 

     La segunda cita es de Spinoza, en el Tratado teológico-político, resulta clásica e imprescindible: 

 

“La verdadera felicidad y beatitud de cada individuo consiste exclusivamente en la fruición del bien y no en la gloria de ser uno solo, con exclusión de los demás, el que goza del mismo. Pues quien se considera más feliz, porque solo a él le va bien y no tanto a los demás o porque es más feliz y más afortunado que ellos, desconoce la verdadera beatitud y felicidad”.

     ¿Cómo puede ser que estas verdades tan simples, afectivas y sabias a la vez, a menudo se nos escapen? Que no podamos detenernos en ellas y hacer comunidad. Puede que no todos hayan tenido esas breves experiencias de disfrute y felicidad; o puede que quienes las hayamos tenido no sepamos transmitirlas correctamente (tampoco son viralizables). Pero también cabe una tercera y nefasta posibilidad: puede que hayamos llegado a ese punto en que una mayoría crítica y una minoría intensa hayan perdido definitivamente la capacidad de disfrute que desapropia y difunde; entonces será vano el universo y la causalidad inmanente seguirá su curso sin nosotros.

Roque Farrán, 30 de Enero 2026.

LA MIRADA DESDE LO ALTO

Un ejercicio estoico clásico, que ha sido practicado a lo largo y ancho de la historia de la humanidad, es la “mirada desde lo alto”. Consiste en imaginarse que uno se va elevando de a poco desde el lugar en que se encuentra y va contemplando todo lo que está alrededor hasta alcanzar una visión de conjunto del planeta tierra e incluso mucho más allá, pero sin perder de vista el empequeñecimiento progresivo de nuestro lugar habitual y del modo en que nos hallamos insertos en él. Lo he escrito y reescrito en varias ocasiones porque así lo suelo practicar, aunque no recordaba que también estaba en un relato clásico de Galeano que leía cuando era niño. Es este:

 

“Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.
A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. —El mundo es eso —reveló—. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.”

 

La mirada desde lo alto permite realizar varios ejercicios espirituales en simultáneo que el texto de Galeano apenas sugiere. Primero, tomar distancia de las valoraciones inmediatas que muchas veces nos tienen agobiados: la preocupación excesiva por los males que nos asolan y la importancia abusiva que les damos a ciertos acontecimientos. Al elevarnos nos vemos como pequeños puntos insignificantes que se mueven con fruición de un lado a otro, se aglomeran y debaten entre sí, comercian o batallan, como si fuesen hormigas o átomos o fueguitos. Se produce en efecto un cambio en la mirada que permite dejar de lado las valoraciones sociales habituales (signadas por el color, edad, sexo, género, clase social, acumulación de capital, etc.). Segundo, nos permite captar que aun siendo insignificantes a escala universal somos parte de un conjunto mucho más amplio, infinito espacial y temporal que se extiende en múltiples dimensiones y que persistirá luego de que hayamos desaparecido. Tercero, como de rebote, esto nos permite apreciar nuestra pequeña y frágil existencia en el seno de la tierra, su extraña belleza y singularidad, pese a todo. 

 

En estos días tan agitados y densos pensaba cómo podríamos reconocernos y valorarnos en nuestra singularidad, a la distancia, o cómo podríamos reunirnos ocasionalmente para hacer algo en común, o acaso para conocer mejor y potenciar lo que ya estamos haciendo de todos modos. Siento que como argentinos estamos siendo puestos a prueba de manera extrema, sometidos a un punto límite, y que podríamos dejar de existir en cualquier momento; pero hay cosas que todavía nos unen, frágilmente. Lo vimos cuando salimos campeones en el último mundial; lo vimos con el sorpresivo éxito viral del streaming del Conicet recientemente premiado; lo vemos en cada recital lleno de público que dan los nuevos artistas jóvenes argentinos. Hay un deseo muy fuerte de perseverar en el ser, de tramar nuestra singularidad, de aprender, cantar, crear, investigar y seguir creciendo. Nos cuesta tomar la suficiente distancia para ver lo que somos y nos sorprende cuando otros nos lo dicen.

 

En estos días también me impactó mucho ver a todas las familias reunidas en torno al Colegio Manuel Belgrano, acompañando a sus pibes y pibas como si fuesen un pequeño tesoro; gente diversa mostrando gestos de amor por doquier y con las expectativas puestas a flor de piel por la entrada en la educación pública y gratuita de calidad. Ahí se juegan, todavía, una apuesta y un deseo muy fuertes que no se están diciendo en voz alta, o no se están haciendo explícitos quizá como deberíamos. Y pensaba si es un deber decir ciertas cosas, si la ley moral es como el espacio infinito que se extiende por todos lados. Pensaba eso siendo que justamente me he declarado antikantiano. Pero creí entender por qué el deber de continuar, pese a todo, se conecta inextricablemente con el deseo. Hay algo de lo real ahí que no apunta (a) la falta, porque a lo real nada le falta, es del orden de lo necesario. Un frágil y potente nudo, una voz, y nada más…

 

En ese trance salí a caminar por la costanera del río para hacer un poco de tiempo; tomé distancia de todo, nos vi como pequeños puntos o un mar de fueguitos de distinta intensidad, aglomerándose, retroalimentándose, haciendo filas o circulando, dando vueltas sin sentido; no vi que algunos fuesen más que otros, o que quisiesen hacerse más grandes a costa de los demás; vi que había quienes cultivaban una ecología mínima y sustentable que permitía aún la subsistencia en este planeta, el seguir viviendo con alegría pese a todo, y que eso no estaba nada mal. Si todos somos fueguitos, no importa en realidad la intensidad de algunos, todos ardemos e iluminamos a nuestro alrededor según un modo único; no hace falta idealizar nada (para fuegos extendidos y multiplicados lo tenemos al sol que nos ilumina cada día). Y todo esto ocurría mientras recordaba que ese lugar por el que andaba era el barrio que me vio nacer, el Clínicas, allí donde tantas luchas históricas se dieron.

 

Pienso ahora que volver a activar ciertos puntos de manera adecuada requiere tomar distancia y escuchar esa frágil pero potente voz del deseo que se pronuncia en la persistencia de los gestos y entramados que nos sostienen, pese a todo. Hay otras alegrías que no puedo decir todavía, pero se van escribiendo, vamos escribiendo juntos tantas cosas, aún. El final es siempre el final y definitivo, por supuesto, para qué insistir en eso. Lo peor que podríamos hacer es ignorarlo: nuestra finitud se ve desde lo alto y se siente acá en lo bajo, en cada latido, en cada exhalación, en cada vuelta al sol. Y al decir y al escribir lo necesario, a veces, sentimos que somos eternos.

 

 

19 de Diciembre, 2025.

UNA ORACIÓN PAGANA

¿Se puede estar triste y a la vez alegre? ¿Puede una parte sentir que disminuye la potencia de existir y otra que aumenta? Claro que sí, el asunto es si esas partes forman una misma cosa o ser singular, o no. Y podemos hablar de la humanidad en su conjunto, de un país entero, o de un sujeto en particular. Porque estamos sometidos a elevadas presiones de todo tipo que nos hacen dudar o preguntar, cada vez más, por el conjunto del que formamos parte. Y no encontramos respuestas adecuadas.

Pero, si estamos en el terreno de las identidades relacionales, lo primero es entender que el ser se constituye al actuar, y que actuar depende de concebirse como causa adecuada de aquello que nos afecta. Entonces, podemos sentir una profunda tristeza y a su vez entender la causa, sentirnos implicados hasta el hueso y la médula, así, nuestra materialidad encuentra una idea adecuada y, en parte, podemos alegrarnos por eso. Quizás esa parte además sea incluso mayor que el conjunto actual, puede incluir historias de espectros o fantasmas o virtualidades diversas. No es tan loco pensarlo.

Esta reflexión se disparó en estos días por la concurrencia de varias cuestiones. Quería escribir, primero, respecto al diagnóstico social que asume el malestar generalizado y se pregunta por qué no explota la cosa -suele responderse que en realidad “implota” con violencia, femicidios, homicidios, suicidios, etc. Entonces, segundo, quería escribir también sobre el suicidio, no el estadístico, sino el de la decisión singular, intransferible e insondable, que puede tomar cualquier sujeto respecto a no seguir viviendo. En tercer lugar, ya empiezo a sentir el peso de este fin de año con una gravedad aumentada vertiginosamente al ritmo de las temperaturas ambientes y las dificultades de todo tipo. Por último, una amiga querida me envió una carta pública donde los familiares de los desaparecidos en La Perla, justamente expresan: “Sentimos alegría por haberlos encontrado y también una profunda tristeza.” Me llega. ¿Cómo no sentirse parte?

No deja de sucederme. Vuelvo a una escena del pasado: le paso a mi hermano un poema en el que escribo que soy hijo de los treintamil, treintamil Nombres del Padre, escribo. ¿Qué tipo de filiación sería esa? No es cuestión de número o realidad, claro, es una operación simbólica que despeja el deseo de escribir al borde de la extenuación. Hoy mismo voy caminando por la calle y veo escrito en la pared de un templo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, y nadie puede llegar al Padre sino por mí”. Me impacta esa frase, debe ser porque no tengo educación católica, ¡qué clase de locura podría llevar a alguien a asumir semejante posición existencial, enunciativa! Bueno, la historia es archiconocida, al final le pregunta al Padre por qué lo ha abandonado. La escribí en un epígrafe de un libro reciente para mostrar que hay también otras historias en relación a los padres.

¿Por qué alguien estaría dispuesto a dar la vida por otros, incluso desconocidos, o por venir? ¿Podría alguien llegar a sentirse parte de la humanidad en su conjunto, de los seres en totalidad, en su pequeñez o insignificancia, sentirse afectado al punto de ya no reconocerse como uno, o dos, o tres, o mil? ¿Podría alguien alegrarse por la conexión con otros, pese a que esos otros lo ignoren o incluso detesten? ¿Podría captar la tristeza de la infinidad de partes que se pierden y a la vez sentir la alegría porque todo vuelve, y vuelve infinitamente, y lo hace cada vez más fuerte?

La fortaleza se entiende que nace de una fragilidad bien asumida, hasta el hueso y la médula. La fragilidad de cada lazo y cada conexión, en tanto somos causa adecuada de lo que nos afecta, es la fortaleza compartida: el indestructible deseo por el cual podremos morir mil veces y renacer de nuestras cenizas, del polvo, de la tierra, de las plantas o el aire, de las historias que nos contamos y las escenas que revivimos, como si fueran hoy, ayer o siempre.

En fin, les deseo lo mejor: llegar a ese punto, encontrarnos, aun al borde de la disolución, o la fragmentación, o la extenuación. Sentir la tristeza y a la vez la alegría de ser partes de un todo ya sin padres, o con múltiples padres, incontables, infinitos, como la materia misma.

Esta es una oración pagana o materialista; sepan disculpar. O mejor: entender.




Roque Farrán, 5 de diciembre de 2025.

UNA VIDA

En estos días me estaba tratando de acordar de cumpleaños pasados; pero la verdad es que no tengo muchos recuerdos. En particular me molesta no recordar cómo hacíamos para festejar tu cumpleaños y el mío, con apenas dos días de diferencia: yo el 19, y vos el 21 de noviembre. El único que recuerdo con claridad es el que hicimos en Estancia Vieja, en la casa de la familia de la Noe. Habían venido los viejos aquella vez, con la Lu y la Pau; pintaba una juntada familiar pero vos habías invitado además a tus amigos de la Facu y estabas ansioso por ver si venían; como si fuese una prueba. Ya habíamos prendido el fuego, cuando empezaron a llegar de a poco, caminando, en caravana, con algunos colados también que se habían prendido en la movida. Lo pasamos lindo. Siento ahora a la distancia que hubo otros festejos compartidos, que vos querías contagiarme un poco de esa joda amistosa a la que yo era más bien reacio. Me costó ir encontrando el modo adecuado, el tiempo del disfrute justo, el lugar y la compañía.

En estos días me han dado ganas de festejar y han surgido algunas señales promisorias. El día de la madre habíamos almorzado en casa de los tíos de la Jas y volví de buen ánimo, subí las escaleras de la casa nueva y sentí como que algo se equilibraba, una especie de felicidad concreta me alcanzaba. No podría expresarlo muy bien pero era algo así como que la vida y la muerte entraban en un juego de indistinción o nivelación, como que se sentía tan bien vivir que podría morir naturalmente, como si no fuese una tensión necesaria sino una verdadera elección. Es difícil explicar esa mutua imbricación entre la vida y la muerte que siempre sospeché y teoricé y escribí y la cual sentí con cierta fruición al subir las escaleras. Hace unos días atrás, antes de despertar la Jas me dijo que me reía mucho, no me acuerdo siquiera que soñaba. Luego sí recuerdo un sueño posterior en el que explicaba de manera algo burda que ya no era parte de quienes estaban tristes o deprimidos; no recuerdo las razones que daba, pero algo de eso es lo que estoy tratando de escribir.

He visto recientemente un video sobre la dificultad que tienen los jóvenes para ser felices en la actualidad (pero ¿cuándo fue fácil?), realizado por una militante que le habla a su generación y se implica lúcidamente en el problema (Ofelia Fernández): el alarmante aumento en los índices de suicidio a la par que la exponencial socialización realizada casi exclusivamente a través de las redes digitales. Luego vi otro video de un gran actor que ensaya un monólogo sobre cómo ser feliz en un mundo que se cae a pedazos. Me tocaron ambos por distintas razones, aunque me llegó mucho más este último porque no iba dirigido a su generación sino a alguien en particular, mucho más joven, que estaba en la cárcel y por quien el actor, Boy Olmi, siente un profundo aprecio. Me imaginaba que podías ser vos y que si yo hubiese sido lo suficientemente sabio en aquel triste momento quizás habría podido dirigirte algunas palabras semejantes. Llegar a ser un militante de la vida (como dice Olmi), encontrar el disfrute justo a la complexión de cada quien, y además poder transmitirlo en simples palabras no es nada fácil; puede llevar más que una vida.

Con quiénes se puede contar -como he escrito por ahí- es, sin dudas, una prueba crucial de existencia, cuestión de vida y muerte, cada vez; por eso quería contarte en esta nueva vuelta al sol para que también seas parte del festejo. Una felicidad concreta, hermano.

21 de Noviembre, 2025.

UNA SOLEDAD IRREDUCTIBLE

A veces me siento solo, en un lugar, un colectivo, una ciudad, donde sea. Pero sé que es un fantasma; entonces juego con el equívoco: sentarse en lugar de sentirse. Al sentarse uno descansa y puede mirar alrededor con calma, escuchar las voces y murmullos, los gritos y bocinazos. Y uno se da cuenta así que viaja y que no está solo, que ni siquiera es uno. Y si no es uno… ¿es dos? ¿Hay alguien al lado? ¿Una compañera, un compañero? De a dos se empieza a contar de otro modo: el amor como la amistad se ejercitan de a dos, y luego hay un pasaje: no hay dos sin tres, y tres son multitud, agrega otro. Pero no nos apuremos. Primero hay que notar que el uno es un fantasma que puede replicarse en serie: dos unos, tres unos, y así. ¿Cómo modificar el modo mismo -acumulativo- de contar?

Empiezo de nuevo. Yo soy un colectivo, multiplicidad de almas me habitan, partes corporales que más o menos se coordinan y componen; a veces, no siempre. Aprender a organizarse, ponerse en forma, conducirse puede llevar una vida. O varias. También cuentan los muertos. Tener presente esta verdad elemental: que uno no es uno sino múltiple y variada composición entre partes irreductibles, lo cual nos permite entender la complejidad y delicadeza que entraña coordinar, componer, confrontarse o lidiar con otros colectivos. Coordinarnos o componernos para movernos y circular en una ciudad accidentada, con calles rotas, transeúntes desprevenidos, impertinentes taxistas.

Yo soy también un pasajero, multiplicidad de pasajes entre ámbitos diversos, lugar en tránsito y agente de mi propia vida, subido a múltiples colectivos, ocasionalmente. Subir y bajar colectivos, pasar por diversas estaciones, paradas y umbrales; no siempre resulta fácil decidir cuándo y cómo combinar con otros trayectos, sobre todo si el destino no está tan claro. Por eso conviene tener presente, ahora y siempre, el destino final: el último tramo, que puede precipitarse en un choque imprevisto, el encuentro con un colectivo más grande y pesado, un foso profundo o una grieta abisal.

Yo soy el conductor y el conducido, pasajero y lugar, entre la vida y la muerte, deseo y destino, circunstancias oportunas y malos ratos. Yo soy el que voy, el que vengo y me quedo, el que se irá oportunamente para no volver jamás. Pero mientras tanto deseo y abogo para que cada trayecto y pasaje valgan la pena, sean seleccionados y disfrutados como si fuesen a durar una eternidad. O sea, en la multiplicidad de pasajes infinitos, en el cruce entre colectivos cada vez más amplios y numerosos, más bellos y generosos.

Pero vuelvo sobre el fantasma del comienzo para darlo vuelta: ¿por qué a veces me siento solo si me habita semejante multiplicidad? Incluso si no es tan semejante sino dispar e irreductible, como dije. Y ese es el punto, el dos no es el par, no son dos unos: el dos inaugura un modo de contar impar, dando (se) cuenta de que entre dos pasa un tercero; que no hay encadenamiento o sujeción, toma y daca, reciprocidad moral. Uno tiene que asumir su soledad irreductible, bancársela para no comprometer a los demás, para no extorsionarlos, para no endeudarlos; solo así adviene la verdadera multiplicidad que somos sin medida, ni cálculo, ni acumulación, ni estrategia. Un modo de saber, de dos en dos, por la letra hallada en el Otro.

No importa cuándo leas esto, así habrá sido desde la eternidad del instante, y ya no podrás sentirte más solo.



Córdoba, 3 de noviembre de 2025.

SOBRE UN COLOR AZUL PROFUNDO

 

Volví a las redes aunque seguiré escribiendo cada tanto desde acá, ya no estoy afuera ni adentro, escribo en los umbrales donde lo privado toma estado público, lo singular se trama en lo colectivo, el interior y el exterior se invierten, los sueños se convierten en realidad y la realidad deviene sueño o pesadilla. Asumo así el carácter indeclinable e inclasificable de la escritura que me interesa cultivar, ahora sin tapujos. La escritura que practico desde hace tiempo no es por placer ni por obligación, surge de la necesidad de subjetivar experiencias que me exceden e implican. Extimidades.

                                                                                                                     *

Una pregunta. ¿Por qué se habla tanto de escuchar? Hay que escuchar más, dicen, ¿pero hay condiciones materiales para la escucha? ¿Escuchas tú? ¿Escuchás vos? ¿Escuchan ellos? ¿Quiénes escuchan? ¿Hay que afinar el oído para la escucha? ¿Es necesario un audífono, un amplificador, un parlante para escuchar? ¿Un cuerpo entero, acaso, que haga caja de resonancia? ¿Una multitud de cuerpos resonantes? La gente habla, la gente grita, la gente susurra, la gente guarda silencio, todos escuchamos, pero no queremos oír. O al revés: todos oímos, pero no queremos escuchar. O sí, pero no queremos entender. O entendemos, pero no actuamos. O actuamos como si fuese en espejo: reaccionamos, pero no pensamos. O pensamos demasiado, pero no elaboramos. Y así. El problema no es la escucha o la palabra o el pensamiento o el cuerpo, el problema somos nosotros. ¿Pero nosotros quiénes? Esa es la pregunta.

                                                                                                                          *

Un sueño. Soñé con mi hermano, Mariano. Estábamos en una casa de vacaciones muy linda, tenía muchos cuartos y un patio con flores, ahí nos enterábamos por los abuelos que Mariano se había llevado el auto con su novia, sin autorización. Había como un aire de recriminación implícito y yo me sentaba a charlar con la vieja porque no entendía cómo podían enojarse con él si había estado perdido durante tanto tiempo, no podía entender eso y me ponía a llorar, temblaba con todo el cuerpo, me parecía una insensibilidad terrible que se olvidaran de ese doloroso tiempo de ausencia en que no sabíamos dónde estaba. Recordaba en el sueño cómo otras veces Mariano se ausentaba, se iba muy lejos, no sabíamos bien dónde, andaba viajando quizás o estaba escondido en alguna parte, y también otras escenas en que regresaba como si nada y estaba todo bien; pero nunca en un mismo sueño se habían condensado esas apariciones y desapariciones sin motivo, el dolor inexplicable que me producían. Luego aparecía un bastón de la policía con unas sutiles huellas de sangre, nos lo habían mandado junto a la grabación de un juez que justificaba la represión a Mariano dando una explicación cínica e inverosímil que se amparaba en el marco democrático. Le cuento el sueño a una amiga -que recolecta sueños políticos para una investigación- y también que Mariano se llamaba así por Mariano Pujadas, fusilado en Trelew por la represión, ella me dice que su hermano se llama igual por la misma razón. Me pregunto ahora ¿cuántos Marianos se condensan en este sueño?
          El tono general del sueño no era dramático, estábamos encantados con la casa, yo quería sacar fotos de todas las habitaciones. El nudo del sueño y lo más difícil de explicar era lo que sentía, un sentimiento de injusticia y mucho dolor, la insensibilidad inexplicable de mi madre y los abuelos, por el olvido de lo que había significado su desaparición, lo que daba a entender que él había vuelto -y eso era reparador- aunque tampoco estuviera ahí con nosotros. Esta dificultad de articular la presencia y la ausencia en un recuerdo condensado de sueños anteriores que, a su vez, no eran concebidos como sueños sino como realidades efectivas: Mariano efectivamente había estado desaparecido mucho tiempo, luego había regresado, y ahora estaba de algún modo aunque no estaba presente. También hay restos diurnos que intervienen en la elaboración del sueño: antes de dormir le había hecho a Cami una banda de Moebius con una cinta de papel y ella trazó el recorrido para mostrar que era de una sola cara recorriéndola con una fibra cuyo débil trazo se parecía a los rastros de sangre que tenía el bastón de la policía del sueño. Ella además había estado viendo una serie en Netflix de músicos fantasmas que se le aparecían a una chica y la ayudaban a tocar. En uno de los últimos capítulos, hay una escena familiar donde la chica se comunica con los padres de uno de ellos y les pasa una canción que su hijo había dejado dedicaba a su madre, les cuenta que el lugar donde ella vivía y ensayaba -el mismo de la banda de su hijo- le había permitido encontrar su sueño de ser música; no le habla de los fantasmas sino de la inspiración que le brinda el lugar, pero los padres reciben el mensaje y el fantasma salda su cuenta pendiente con ellos. Algo de ese relato me alcanzó.

                                                                                                                         *

Un paseo. El domingo fuimos a pasear por los alrededores de casa, yo no quería ir por las calles que no conocía porque sospechaba de perros ladradores, pero ella insistió y me dijo, tranquilo, yo puedo con los perros, pensé que iba a decir que los confrontaría y me dio gracia su modulación, acorde a su tamaño y temperamento: los enfrento con amor, me dijo y le creí, nos dimos la mano y fuimos yendo, dando vueltas por ahí, encontrando lugares nuevos, otras casas, los perros nos saludaban al pasar, ella escogía las calles al azar y se sorprendió al encontrar la rotonda que nos llevaba de vuelta, porque creía que en realidad nos íbamos alejando. Pero antes encontramos la plazita del ombú y ella se subió como hacía cuando era más chiquita en el otro, el de la plaza cerca de la casa anterior. Y volvimos contentos, porque éramos otros, pero también los mismos. Quizás un poco más grandes, o ella más grande y yo un poco más chico. No sé.

                                                                                                                           *

Un deseo. Eddie Vedder cuenta en un recital en San Diego que fue a la secundaria cerquita de ahí, que intentó varias veces terminarla pero no pudo porque el director del colegio lo había tomado de punto; por suerte, dice, en esa época escuchó una canción que le voló la cabeza y le permitió conectarse con el deseo de cantar. Un amigo le dice que el viejo director aún vive, tiene 83 años, Eddie bromea con ir a tocarle la puerta y darle una buena paliza, pero elige dedicarle toda la potencia de aquella canción reveladora; sabemos que las reversiones de Eddie son como mazazos. Me conmueve escuchar al ídolo de mi adolescencia, recontra consagrado, exponerse en la fragilidad de aquél recuerdo siendo apenas un adolescente marginado.
          Me engancho con un video viral de un pibe que se filma desde Palermo, caminando por las calles de madrugada con la idea de meterse a un edificio en construcción para subirse a una grúa y ver desde lo alto el amanecer en la ciudad. Me atrapa cómo va relatando con total naturalidad e impunidad adolescente el trayecto: sube por la puerta del garaje, observa a un guardia dormido y se va metiendo en los espacios oscuros y casi vacíos del edificio, luego llega a lo alto de la torre, son 20 pisos, y por último trepa por una estructura de hierro sin arneses ni nada hasta la punta de la grúa. Me hizo acordar cuando éramos pibes como él y trepábamos por una antena de radio y televisión, también había que meterse ilegalmente, saltar una pared y subir unas escaleras, desde ahí se veía todo el pueblo. Se lo mando a mi mejor amigo de aquella época que vive ahora en California, recuerdo que habíamos subido con una amiga que nos gustaba a ambos pero no mucho más que eso.
          Insiste la pregunta por el deseo en estos días. Estoy contento y a la vez dolido. Le cuento a una amiga que escribe y edita, como antes a mi compañera, por qué escribo, por qué insisto en publicar lo que escribo. Recuerdo un momento crucial. Mi hermano se había dado muerte, éramos muy jóvenes, yo me había quedado desolado y triste pero tenía una beca y juré que me iba a dedicar a escribir libros, ese era mi deseo. Lo he cumplido con creces. No es fácil. Siento que el deseo es un borde fino entre la vida y la muerte, un modo de navegar entre tempestades que nos apabullan. Ya he escrito más de diez libros. No importa el número, la cantidad; más bien el color y el tono es lo que importa. El primero y el último son de un color azul profundo como el mar, como los ojos de mi hija, a quien le gusta preguntar cuál es el color preferido de cada quién. Escribo también para hilar estas historias disímiles que nada tienen que ver, con puntos opacos, afectos y constelaciones que aún laten en el presente. Y para poder hablar, tramar con otrxs, escribo.
          Lo seguiré haciendo mientras respire y haya quienes aún se pegunten por un nosotros.

24 de Octubre, 2025.

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