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Una seña en el momento exacto

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Una seña en el momento exacto

Hace poco en un taller hablábamos acerca de los regalos de lxs niñxs.

El coordinador nos contó, a propósito de un poema, que una vez, en la plaza, su sobrina jugaba a acercarle ramitas y bichos hasta que algo misterioso sucedió: vaya a saber por qué, el resto de lxs niñxs de la plaza creyó que a él le debían gustar esas nimiedades, o tal vez, simplemente, lo eligieron: cosas de chicxs. Llegaron de pronto todos lxs niñxs con sus ofrendas: piedras, flores, hojas, pedazos de tiza, ramas partidas, tapas de botella. De pronto le habían levantado un altar.

Gran argumento para un cuento, ¿no?, las ofrendas de lxs niñxs.

La literatura es lo que más me mueve a ese gesto infantil de regalar tonteras. ¿Cuál será el valor de una palabra? Leo algo que me gusta y voy todx entusiasta y ardilla a ponerle a lx otrx en las manos algo que, tal vez, es como un yuyo arrancado al costado del río o como el chicle duro pegado en el banco de una plaza: qué sé yo lo que estoy dando al dar un libro o un poema, no tengo ni la más mínima idea de qué va a encontrar el otrx ahí.

En marzo he cumplido treinta y dos años.

Me junté con mis amigxs para festejar (velitas, tres deseos, chismes y chistes de rigor) y en algún momento fui al baño a lavarme el melcoche de la torta en las manos. Verse la propia cara frente al espejo a veces es una experiencia ominosa, siniestra. Escuchaba las voces de mis amigxs y me miraba el reflejo debajo de la luz fría, frente a la bacha.

No podía dejar de pensar en ese poema de Fabián Casas, "Mientras me lavo la cara":

Camino despacio, hasta el baño; / sé que la desgracia está sobre nosotros, / no ahora, tampoco el año próximo, / todavía somos jóvenes, pero eso / se pierde enseguida. / No tenemos nada, pienso, / mientras me lavo la cara, / ni un oficio, ni una herencia, / ni una casa de sólida piedra.

Qué animalada de final de poema.

Como podrán imaginarse no fue el más optimista de los cumpleaños y no me enorgullezco del nivel de #drama, pero nos veía, a mí y a mis amigxs, sobre las ruinas de lo que nuestros padres planeaban para nosotrxs, entre los restos de una fiesta a la que llegamos demasiado tarde.

Casi inmediatamente nos vi en pasado, hace catorce años, recién venidxs a Córdoba: antes de la pandemia, de Milei, antes de que a nuestro progresismo le escracharan un presidente golpeador, en fin, antes de tantas-otras-cosas… Éramos tan jóvenes, adolescentes casi. Qué ímpetu, qué ganas, qué inconsciencia.

¿En qué momento dejamos de ser eso que éramos y empezamos a ser esto que somos?

Una cosa gatilló otra y el penúltimo poema de Italó, de Paulina Cruzeño, me salió disparado. Una oda al envión de la adolescencia perdida:

Brillamos al sol, nuestra piel / es nueva y lo sabemos. / Si nos vieras desde arriba entenderías: / jóvenes y dorados, / listos para huir.

El asunto creo con la literatura —bueno, hay varios, pero uno entre muchos— es que es como tener en las manos algo que cambia de forma. Son pocos los versos o pasajes que uno se acuerda de memoria. E incluso, cuando nos acordamos, es impredecible en qué momentos nos van a conmocionar, cuándo van a salir eyectados a la superficie en medio del runrún de la cabeza.

Hay un cuento de di Benedetto, "Es superable", tal vez no el mejor resuelto, pero igualmente cautivador: el narrador pasa de ser una vaca, a un hombre, a un pan que es comido por unos mendigos, hasta que es migaja que comen los pájaros. ¿No es bonito pensarlo así?

Un cuento, un poema, una novela, me son a mí como la figura a lo lejos de un animal al galope: retengo una sombra, un sonido, la caída de la luz, una forma.

Entonces unx cuando recomienda un libro y lo pone en las manos del otrx le da algo que se va. Como regalarle una lagartija. O más bien: la impresión que una lagartija le deja en la mano, que es algo muy distinto, pero que no deja de ser vívido.

No creo que sea necesario hacer una defensa de la reseña, en contra del algoritmo que nos satura del libro más reciente de la Random House (aunque haya algunos muy buenos, hay que decirlo). Y probablemente tampoco vaya a hacer de este espacio algo que sea estrictamente una reseña, pero sí tal vez un desvío, una conversación conmigo mismx —y con otrxs—, una bitácora.

Vengo pensando vagamente en la palabra curaduría: lo que hacemos lxs profes cuando elegimos algo de nuestra biblioteca o la del colegio, lo que hacen lxs talleristas al recomendar un libro que capaz y dios quiera, destrabe la escritura, lo que hace una amiga que es una lectora maravillosamente honesta: "ju, leíste a X bueno, no lo leas, es una bosta".

En todo caso, encontrarme, reencontrarme con un libro es eso: la posibilidad de un mantra, un alto. Una respiración. Una forma de estar como un niñx que duerme en la espalda de otrx, alguien más grande. Que salga a flote una frase como una botella desde una orilla muy lejana. Supongo que lo que quiero dar cuando doy un libro es eso.

Al fin y al cabo, decíamos la otra vez, unx lee mejor cuando unx amigx le recomienda.

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