
Sobre «El principio de la humanidad» de Selene Cráteres
Un recorrido por La Mala Vida, el taller de Sele y las preguntas sobre el origen de las imágenes.
El principio de la humanidad es la muestra individual de Selene Cráteres que forma parte de La Mala Vida, un circuito cultural y artístico que propone recorrer a pie distintos espacios del barrio Güemes.
El circuito de La Mala Vida consistió en un recorrido por diversos espacios culturales con historia. En cada parada nos deteníamos a conocer algo del lugar: primero el Teatro La Luna, luego la performance de Guada Fantin y, para finalizar, el taller de Sele Cráteres, donde se encontraba la exposición.
La primera parada fue el Teatro La Luna, un espacio con una historia profundamente ligada al barrio y a la recuperación del espacio público. Allí nos compartieron recuerdos, fotografías y relatos sobre sus fundadoras y sobre las esculturas que hoy forman parte del paisaje barrial. La zona «marginal» y los variados álbumes de fotos encandilan con la historia del lugar y de sus fundadoras, Mónica Carbone y Graciela Albarenque, que lejos de bajonear, dejan con optimismo la resistencia de un lugar.
La segunda parada fue una performance de Guada Fantin, situada en el límite entre barrio Güemes y Nueva Córdoba, en una explanada de cemento elevada sobre el nivel de la calle. Lo llamativo en este punto eran los contrastes: de un lado, torres imponentes; del otro, una parte de esos mismos edificios que todavía estaba sin terminar. Todo convive en el mismo escenario, en la misma película. Nos paramos junto a Guada para habitar ese paisaje de frontera. El escenario tiene algo símil apocalíptico: el cemento duro, gris, y esas estructuras de metal sin terminar contrastan con los movimientos de Guada, que recorre el espacio y establece con un hilo una relación con quienes observamos la acción. Durante varios minutos estamos frente a casi una película en blanco y negro sin subtítulos, con un sonido muy mínimo. La escena habla sola. Luego, Guada nos guía para bajar por las mismas escaleras peligrosas por las que subimos. Y así llegamos a la última parada: el taller de Sele, donde nos esperaba El principio de la humanidad, su última muestra individual.
La Mala Vida: historias en los márgenes. ¿Qué ocultan las calles y adoquines de un pasado presente?
La investigación de La Mala Vida parte de una historia de Córdoba que se remonta a fines del siglo XIX y principios del XX. A partir de La mala vida en Córdoba, del historiador Roberto A. Ferrero, Sele se interesó por esos márgenes de la ciudad donde se concentraba aquello que la moral dominante pretendía esconder. El Abrojal y Barrio Nuevo eran considerados lugares peligrosos, tanto por razones morales como por los discursos higienistas de la época. Mientras las casonas representaban la vida familiar respetable, otros espacios permitían encuentros y formas de diversión que esa misma sociedad prefería mantener fuera de la vista.
Pero ¿qué sucede con las historias que quedan en los márgenes? ¿Quién las cuenta y quién decide cuáles merecen ser recordadas?
Para pensar estas preguntas, Sele retoma también una idea de la escritora Ursula K. Le Guin, desarrollada en su ensayo La teoría de la bolsa de la ficción. Frente a los relatos heroicos centrados en la conquista y la figura del héroe, Le Guin sugiere pensar la bolsa, el recipiente, como otra forma de imaginar la cultura y contar historias: reunir, contener, llevar y compartir. Desde esa perspectiva, las historias no tienen por qué organizarse alrededor de una única figura protagonista; también pueden construirse a partir de múltiples experiencias, recursos y vidas que conviven. Salir a recorrer la ciudad y recolectar relatos para ponerlos en circulación. El recorrido también puede entenderse como una forma de reunir y compartir historias que suelen quedar afuera de los relatos oficiales.
El taller como cueva: el espacio entre una pared y una imagen
En el taller de Sele, pintar, dibujar, recortar, pegar, ensamblar y volver a empezar parecen formar parte de un mismo impulso. Las obras conviven con los materiales, con los restos del proceso y con los objetos cotidianos sin establecer jerarquías demasiado claras. Todo parece encontrarse en un mismo estado de trabajo.
Desde un lugar muy subjetivo, afirmaré lo siguiente: de a ratos los artistas sentimos que estamos produciendo algo que se nos escapa. Algo que necesita existir, salir de nuestro adentro y que de la única manera que puede salir es con arte. Sea un cuadro, un texto, una fotografía, la materialidad es aliada pero no definitoria. Y en el hacer de a muchos es que, a veces, hay cierta magia en lo colectivo. Cuando se producen esos destellos de grandeza entre todxs, unidos por un mismo conector, es cuando se está gestando algo más grande que vos y que yo. Algo gigante. Algo prehistórico, impalpable. No sé cómo explicarlo más que diciendo que unidos somos más fuertes. En esta obra se producen dos cosas en simultáneo: 1) la unión colectiva y 2) la potencia de producir constantemente. Cuántas veces producimos todo el día, los días, los meses, y luego descartamos para una muestra capaz un cuarto de lo que hicimos. Cuántas veces probamos una técnica nueva que luego no resulta tan atractiva y dejamos atrás. ¿Cuánto de lo que se ve colgado en una pared es realmente la producción obsesiva del artista? Lo digo al menos desde mi experiencia y, capaz me atrevo, desde la de Sele, que suele ser seguida por… el quilombo del taller del artista y su producción. Como si hubiéramos encontrado un nuevo motor para seguir. La nueva obsesión de turno nos mantiene en la cordura de la locura. Sin eso solo sería locura.
Papel, cartón, engrudo, pigmentos y materiales recuperados no aparecen aquí como una limitación, sino como una forma de insistir en una práctica: producir con aquello que se tiene alrededor. La accesibilidad de los materiales no habla de precariedad, sino de una manera de habitar el hacer, donde cualquier objeto puede convertirse en imagen y cualquier superficie en el comienzo de una obra. ¿Qué pasa cuando una imagen no aparece de inmediato en una pantalla, sino que requiere tiempo, cuerpo y materia?
Desde un lugar alejado de lo digital, se asoman texturas, colores, mano alzada. Pareciera que volvimos un poco el tiempo atrás. Lejos de las pantallas digitales actuales se encuentra una obra matérica poética.
Al cruzar la puerta, el taller deja de parecer un taller. Aparece una montaña. Una flor. Un espejo que sostiene un zapato. Pinturas agrupadas, personajes que asoman entre los muebles y las huellas de un proceso que permanece visible. La escena transforma el espacio y vuelve posible otra ficción: por momentos pareciera que hemos entrado en una cueva.
No una cueva entendida como reconstrucción del pasado, sino como una imagen. Las pinturas recuerdan fragmentos de piedra, superficies erosionadas o retazos del zoom de una montaña donde el tiempo hubiera dejado marcas. Más que representar un origen, las obras despiertan la sensación de encontrarnos frente a un impulso muy antiguo: el deseo de hacer imágenes.
Quizás El principio de la humanidad no remita a un momento histórico preciso, sino a una pregunta. ¿Qué lleva a una persona a tomar un material y transformarlo en otra cosa? ¿Qué permanece de ese gesto cuando, miles de años después, seguimos reuniendo pigmentos, papeles, cartones y objetos para dejar una marca sobre el mundo?
Tal vez el principio de la humanidad no esté únicamente en las primeras imágenes, sino en la necesidad, siempre renovada, de seguir produciéndolas.
Paréntesis cinéfilo
Dentro del mundo cinéfilo encontramos muchas narrativas y ejemplos variados vinculados a este tópico. A continuación, voy a nombrar algunas recomendaciones que se hacen preguntas parecidas desde lugares muy distintos.
La primera que voy a nombrar es Into the Wild (Estados Unidos, 2007). La conexión que encuentro con la idea de origen tiene que ver con el alejamiento de la sociedad y la búsqueda de otra forma de vivir. Su protagonista se interna en la naturaleza con la intención de desprenderse de aquello que conoce y empezar de nuevo. Hay algo de esa fantasía de volver a un estado más elemental, de intentar descubrir quiénes somos cuando dejamos atrás las estructuras que organizan nuestra vida cotidiana. Aunque también queda una pregunta incómoda: ¿es posible volver a un origen o la idea de empezar de cero es otra de nuestras ficciones?
Luego tenemos 2001: Una odisea del espacio (Reino Unido y Estados Unidos, 1968). La película nos lleva a los primeros pasos de la humanidad y después nos hace saltar hacia otros momentos de su evolución. La herramienta, el cuerpo, la técnica y el universo aparecen conectados en una historia que excede cualquier explicación sencilla del progreso humano. El principio no queda atrás como un episodio cerrado: se convierte en una pregunta que vuelve cada vez que la humanidad se transforma.
En la película El arca rusa (Rusia, 2002), el recorrido es otro. Un narrador anónimo guía al espectador a través de distintas épocas de la historia rusa dentro del Museo del Hermitage. Los espacios, las obras y los personajes se suceden como si el pasado continuara habitando el presente. La nostalgia es inevitable. El paso del tiempo, los comienzos y los finales se encuentran dentro de un mismo recorrido. Un museo convertido en recipiente de historias. Poesía pura. Y tiene un final que es tremendo.
Y para finalizar está Nuestra tierra (Argentina, 2025). Acá la conexión aparece desde otro lugar: el territorio y las historias que guarda. La tierra que pisamos todos los días también tiene una historia, aunque muchas veces nos olvidemos de ella. La película vuelve sobre el asesinato de Javier Chocobar, integrante de la Comunidad Indígena de Chuschagasta, en Tucumán, y sobre las disputas por el territorio que rodearon ese crimen. La historia de ese lugar no empieza cuando alguien decide apropiárselo ni cuando aparece en un documento oficial. Hay memorias, comunidades y formas de habitar la tierra que existen mucho antes de que otros intenten imponer sus propios relatos. Me interesa pensar cómo el suelo que parece tan cotidiano puede contener capas de tiempo e historias que no siempre ocupan el lugar que merecen en la historia oficial.
Son cuatro películas muy distintas, pero en todas encuentro alguna forma de hacernos preguntas sobre el origen y las maneras de narrar nuestras historias. Quizás por eso aparecieron mientras pensaba en el taller de Sele, en La Mala Vida y en El principio de la humanidad. Porque también se trata de reunir imágenes, historias y materiales para intentar construir algo con ellos.
Tal vez una de las cosas que nos unen a quienes hacemos arte sea preguntarnos qué dejamos cuando ya no estamos en este plano. Quizás ahí nuestro origen se haga presente de otra manera: en eso que queda y que, con suerte, seguirá transmitiéndose.
Y entonces les pregunto, mis queridos lectores… ¿Qué queda del principio? ¿Y del final?
