Lectura de “Los Dingos” de Natalia Monasterolo
Por Lucía Citto.
Cuántos huesos hay debajo: cartografía de un territorio invisible.
“Los Dingos” es un libro que explora los límites del lenguaje y la realidad a través de los devenires de mujeres internadas en un hospital psiquiátrico. La autora se adentra en el mundo de las pacientes dando visibilidad a las experiencias que son ignoradas y que trascienden las fronteras entre lo animal y lo humano.
El filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein afirma que los límites del lenguaje son los límites del mundo. Es decir, solo podemos pensar lo que sabemos decir.
En Los Dingos la autora nombra la vasta multiplicidad de mundos mentales. Son muchos y al mismo tiempo es uno solo. Y está alojado en un hospital de provincia, en la ciudad de Bell Ville, lejos del centro, lejos de miradas que podrían querer ser preguntas. En la parte que no de la ciudad.
La llave de entrada, lo que se dice a sí misma y a quien quiera escuchar, es la indagación directa de las experiencias vinculadas con la menstruación de las mujeres internadas en el área de salud mental del hospital regional.
El hilo del habla traza recorridos disímiles, poblados de luces y sombras, en los que la autora va más allá de su intención declarada, un tanto aséptica, para reconocer la esencia bestial que late en la humanidad del manicomio. Internas que tienen sexo con los perros, comen sus propios desechos -mierda, vómito- se adoptan entre sí y arman jaurías de hijas y mamis.
Y también hace el camino inverso: redescubre lo esencialmente humano en lo animal. En este lugar los perros y las palomas comen gente, pero no atacan, se alimentan. A medio camino entre una naturaleza salvaje y una domesticación por costumbre, los límites se desdibujan y todo se vuelve hospicio. También los objetos, las ropas, que tienen formas de humanos.
¿Quién aloja a quién? ¿los cuerpos a la locura, o la locura a los cuerpos?
Si, como sostiene Heidegger, la lengua es la casa de ser y habitamos el mundo a través de las palabras, ¿qué mundo se nombra en estas páginas? ¿qué gramática hace hogar para estos cuerpos-almas? ¿se puede hablar de una estructura otra que sostiene y hace posible esta multiplicidad de sentidos disparados al abismo?
Una gramática, la de la locura.
Una comunidad lingüística, la de los que perdieron la mente.
Habitar una lengua es algo tan vital como respirar.
Las palabras, el aire: nenero- meme-mami-hija-choclate-la pepa
Pensar desde esa otredad del lenguaje no solo cambia las palabras, sino que cambia el alma.
¿O es el alma que está astillada y por eso busca refugio?
La lengua de la parte que no, la de las palomas obesas, la de la pollera de perros, la de casa amarilla, la de la morgue y un enterramiento de huesos que se dice a sí mismo cementerio.
La lengua de los mentales.
La parte que sí, la de las enfermedades físicas, es la que aporta cierta calma. Aunque también el parque y los suicidios sin explicación de los adolescentes del pueblo.
Entonces, ¿cuál es la parte que sí?
“
¿Cómo escribir sobre el manicomio?
Esta es la pregunta que recorre las páginas de Los Dingos y que se continúa en Cavernicomios, una antología de crónicas sobre salud mental dirigida por la autora.
En estos devenires no hay idioma para narrar las formas de lo normal. Porque lo normal no existe más que como un acuerdo entre partes.
¿Quiénes son las partes? ¿Qué intereses subyacen en el funcionamiento de las lógicas manicomiales?
¿Qué es lo que nos salva en plena oscuridad de la caverna?
Interrogantes que recorren estos relatos, que los atraviesan. Que intentan visibilizar el trabajo en salud mental, en los procesos de acompañar, de ser con el otro, de animarse a sostener preguntas cuyas respuestas, muchas veces, son como los colores del manicomio, pura mancha.
Narrar la otredad no es tarea fácil. Leerla, tampoco.
¿qué gusto queda en el paladar si todos los días se desayuna igual?
¿se enamoró alguna vez? ¿cómo se enamoran acá?
¿le dicen retrasado? ¿insano? discapacitado ¿es mejor?
No entran balas a las preguntas porque ellas mismas son el proyectil que perfora el lenguaje.
La autora, recurre al archivo, necesita otra versión de los hechos, lo formal, los datos duros que figuran en las historias clínicas: Ebe, oligofrenia severa; Clara, alteración de la conciencia, ideas delirantes místicas; Alejandra, retraso madurativo leve; Elsa Norita, retraso mental, Síndrome de Down.
Por el contrario, las historias vivas, Viviana, Yolanda, Mecha: no tienen los bordes comidos por las ratas, no conjugan tiempos verbales, hablan rápido, se tragan vocales, muerden las consonantes. Monasterolo descifra la fonética de la locura, pesca palabras sueltas entre sonidos agudos, palabras que se han vuelto viscosas, medicadas.
Los Dingos busca proporcionar algún tipo de cartografía para recorrer los territorios de la locura. Traza mapas, dibuja estructuras palpables de lo que se niega a rendirse, de lo que permanece inalterable, aunque siempre este en fuga. Huida: de la mente, del cuerpo, de las convenciones sociales, de la normalidad.
Palabras que buscan hacer lugar a la otredad, mirarla a la cara y declarar que no somos tan diferentes.
Que la distinción entre realidad y ficción es arbitraria.
Que el lenguaje es performativo.
Los Dingos nombra el manicomio, lo hace visible y en ese mismo acto lo inscribe en la parte que sí del mundo.
El proceso de escribir exige inscribirse en un lenguaje que no por compartido es unívoco. Por el contrario, el lenguaje en su laberinto es un intento siempre fallido de encuentro con la diferencia.
Monasterolo nos recuerda las coordenadas para leer este libro: es preciso tener en claro que toda escritura es primordialmente amoral, y que la moral es un invento pretencioso de los que no quieren mirar.