27 de Marzo,2026.
MANIFIESTO LARVA
Paola Cervio/ Paulina Cruzeño
Revelaciones abiertas como flores en celo solo devienen de manipular la mugre, lo podrido, lo descompuesto.
La mugre es un límite, una pared. Una sensación de asco, pero a la vez una necesidad de que lo sucio infeste las superficies, oscurezcan lo transparente y hagan aparecer. La mugre invoca y produce presencia.
Las larvas son las protagonistas de estas conversaciones. Porque también lo son las marcas de la mirada a la hora de presentar una obra ante los expertos, los letrados. También las larvas somos nosotras.
Larvas figuras idénticas que se desplazan en multiplicidad: despersonalizadas, sin rostros y simétricas. Estas presencias que engullen el contexto, lo asimilan y lo transforman.
Las larvas son un resurgimiento de la mugre, lo podrido, lo muerto, marcan el tiempo de descomposición, hacen visible el otro mundo, el in.mundo. Figuras ambiguas, liminales habitan lo residual y lo vital. Sus tubos digestivos funcionan como matrices del mundo.
¿Por qué privarse de la mitad de la materia de la vida? Las larvas son la revancha de los invisibles.
¨Las cosas no existen en sí, siempre son investidas por una mirada, por un valor que las hace dignas de ser percibidas´ dice David Le Breton
Este material orgánico, asociado al descarte cotidiano funciona como una piel: primero es continente y protección de la comida y vuelve a ser piel al cubrir y dar forma a estos cuerpos. Su textura porosa y su olor persistente introducen una dimensión sensorial que remite tanto a lo doméstico como a los procesos de consumo y descomposición.
En su opuesto, la permanente presencia de los visible, lo pulcro, lo perfecto. No tiene interioridad, opacidad, ni reverso, ni doble fondo. No da a ver nada. No presenta enigma ni torsión. Teme mancharse, ser tocado por lo que dice tocar. Entonces se abstiene, pero no de aparecer, porque se muestra, se abstiene de ensuciarse.
Porque también la mugre es una cobertura. Aunque están quienes pueden andar limpios y transparentes, ofreciendo dones que no son tanto, solo eslabones en la cadena de producción de belleza, de mercado.
Usados por eslabones más altos, más grandes, absorbidas. En una producción constante de soledad y autorreconocimiento.
Sin perder nada, sin ofrecer su mugre, tratando de que la belleza quede totalmente despoblada de larvas, de podredumbre, de desecho. Todo se reabsorbe y se muestra. Cuadros, obras, libros, notas. Producción seriada de lo mismo, disputando atención. Políticamente correcto, midiendo la posible cancelación, siendo el centro de un centro por demás definido, cercado. Lo único que quiere es agradar y no desbordar.
Al modo lemebeliano, hablar por la diferencia.
Producir cupo cursiento, cupo pobre, sin más cita que la propia organización precaria de las existencias. Mostrar la hilacha. O mejor aún, llevar la hilacha de bandera.
Hacer del lugar un robo para quienes la vidriera está negada. Asomarse a empujones, poniendo el cuerpo, cuerpo bruto iletrado y gediento, hediondo, ordinario.
Y ante las miradas de patrones de estancia, no bajar la cabeza, escupir la vergüenza y no enredarse en el viboreo tonto del mercado.
Imponer la mugre como destino.
Estilar lo descompuesto, el resto, la sobra como único material posible, vaso comunicante, vía regia.
Entre la mugre y la belleza, entre lo podrido y el destello, entre la basura y la novela, nada que zanjar. Rescate de porquería e impureza para narrativas vivas y vibrantes.
Expuesta la mugre como tesoro.
Que lo rancio sea lo limpio.
Proponemos hacerle lugar a quienes presentan una relación inadecuada, inconmensurable y disyuntiva con su entorno, una relación que justamente por esas tensiones, permanece todavía más profundamente entrelazada.
27 de Febrero, 2026.
REPORTERAS DE CRIMEN
paulinacruzeño&claudiahuergo
claudiahuergo&paulinacruzeño
No por haber sido enero, no por haber estado azorradas cada una en su madriguera, dejamos de estar concernidas. ¿Concernidas con qué? Con los crímenes menores, esos que quedan sin resolver. Y cuando se trata de la farándula, más aleccionadores y coloridos todavía. Es decir, lo aleccionador, la lección, se reparte a diestra y siniestra.
Las sicilianis y las rojas
Desde hace tiempo nos alegramos con mi socia cada vez que alguien muestra el destello de su paso por el diván. Un gesto, un posicionamiento, un alivio. ¡Cómo se nota una cuando una mujer está analizada!, decimos casi a coro. ¡Y cómo se lo hacen notar!, volvemos a decir. Pero ¿cómo se nota? ¿Cómo es que esa marca que descuenta y descompleta reluce tornasol en un gesto siempre liviano, contundente, pero liviano? Ese gesto que se nota no es más ni menos que la posibilidad de atenuar la gravedad. No el dolor, la gravedad. Por eso se puede estar dolida y liviana. Sí. Al mismo tiempo.
Que te hacés la superada, la cool
El gesto de liviandad no tiene nada que ver con “estar superada” ni que todo le resbale. Más bien, con que el dolor puede no ser una mancha que lo consuma todo. No quedar a la sombra del amor, a la sombra del objeto como en la melancolía. Tampoco con estar “elevada” “por encima de todo” como si acá no hubiera pasado nada. ¿Más bien al ras del suelo, de la experiencia?
Cuando la Siciliani dijo que es un asunto de él y no de ella ¿qué dijo? Recordamos aquí la máxima de nuestra amiga analista Rachel: la falta del otro es la falta del otro. No es tuya. La falta del otro no dice necesariamente nada de vos. La falta del otro: su pelotudez, su tontería. ¿Qué se hace frente a la falta del otro? O, mejor dicho: ¿qué no se hace? Ni se la señala (dedito acusador) ni se la tapa (el manto de piedad). Que quede expuesta, que le dé el aire, que el otro vea qué hace con eso. Esa operación genera que el otro quede expuesto en su tontería, en su falta: un pendeviejo queriendo levantarse a una jovencita, creyendo que al imitar el tono español gana en galantería. Ahora bien, si cubro esa falta o la dirijo hacia mí (mirá lo que me hizo) me hago centro, me pongo en el lugar de causa: todo va a hablar de mí. No me voy a bancar estar con un pelotudo porque eso hablará de mí.
El peaje
Sobre esas posiciones más livianas, cuando las ocupan las mujeres, pende un reproche social: se la van a hacer pagar. ¿Cómo? Primero robándoles la lengua. Cualquier discurso o posicionamiento, un mínimo dejo de abandonar el barco de la dolida, la víctima, la rota, quien hace del cuerno o del desamor un centro de vida y fue estafada, una víctima que no tuvo agencia ni decisión, solo el empuje ciego y loco del amor. Cualquier mujer que quiera mojar sus pies en otras aguas y decir cosas tan legítimas como ambivalentes, como, por ejemplo: se cómo es el otro, sé lo que hay acá y no espero cambiarlo, pero aun así me duele, rápidamente se la traduce, no se la escucha, le hablan encima. Porque lo que ella quiso decir, porque en realidad le pasa lo mismo que a todas, porque en realidad…que no corra tan ligero y vuelva rapidito a la serie de lo igual. Después se le exige que hable más o hable menos o realmente muestre lo que siente delante de todos, porque esa es su obligación como mujer. Mostrar. Servir. Dar a comer su carne abierta. Dar a comer todo y cada una de las frutas que tenga. Nada para ella. A las mujeres nos castigan la opacidad. El continente negro. Y, por último, y no menos grave, se le pide que sea ella quien aleccione al macho. Que lo deje, lo castigue, que le explique, que lo exponga. Pero que quede bien claro que es su obligación. Y como a la hora de pedirle cosas a una mujer nunca es basta, también se le pedirá que elija algo que esté a su altura. No un pavo como este. Que es como decir volvé al régimen del falo, de lo completo, del imaginario. Volvé al arca de Noé, para ser la mejor de tu especie, del cual se ha bajado a fuerza de mucho trabajo.
La pampa, lo abierto
Este enero también volvió a encontrarnos con nuestra amiga Patri, quien jamás navegó las aguas freudianas, ni lacanianas, ni nada de “eso”. Pero parece que sí. Hay en ella un efecto de compromiso y liviandad. ¿Pero qué es lo que descompleta a nuestra amiga? Llanero solitario en un pueblo del sur cordobés. Sólo la descompleta el deseo. Tiene una coherencia arrolladora (completud) en todos los asuntos de su vida, pero eso se viene abajo cuando se trata del deseo: … es que a mí gusta cada “cosa”. Respecto a “eso” no puede articular ni media consistencia. El deseo la empuja y va hacia lo abierto, como la pampa misma. Estos devenires no son fruto de un trabajo analítico, pero sí el de asumir que para vivir hay que perder. No cualquier cosa, perder lo que se pone en juego cada vez que se desea. Una apuesta. Ninguna garantía.
A mí (no) me pasa lo mismo que a usted
Volviendo a los protagonistas de la historia farandulesca, en una entrevista vieja muy graciosa a Siciliani le preguntan qué tiene que tener un hombre para que le guste. ¡Parece la lista de Borges hablando de los animales del emperador! Se ríe frente a lo que dice, frente a sus prejuicios, sus propias tonterías. El amor nos pone tontos. Bien por eso. Bien por ella. Una mujer analizada.
Es clara la diferencia con las rojas: las que están del lado de la consistencia. El régimen saber/poder se va a jugar también acá: cuál es la verdad. Quién la tiene. Y las falóforas se anotan. Ellas pueden hablar del macho “como si lo hubieran parido”. Son madres hablando de sus niños. Para el régimen de la consistencia, el dolor parece ser producto de la ingenuidad: tonta pobre tonta. Entonces encarnan lugares de saber, de certeza: porque el yo, que es el dominio de la consistencia, ya sabe todo: ¡a mí no me agarran de nuevo!, yo ya sé. Siempre concernida al otro, nunca aliviada de que “eso” sea del otro.
Acá no interesan tanto ni los Castro, ni hola guapa, ni las Rojas ni las Siciliani. Aquí hablamos de posiciones subjetivas, de vitalidades, de potencias y de la gran vedette de un análisis: la pérdida. Y de como la pérdida habilita el descanso. No evita el dolor ni el malestar, pero habilita el alivio.
Malas noticias en enero inestable. Febrero trajo finalmente la separación de la famosa pareja y un sinfín de análisis, la mayoría patologizantes y silvestres.
Malas noticias para quienes demandan coherencia, nitidez y consistencia: la resolución en el amor es singular.
No hay recetas para el buen amor.
EN TU CASA QUIERO ESTAR, ESPERÁNDOTE
Empieza el verano, pero el año termina triste. Hace una semana mi amigo Corcho, a quién conozco hace más de veinte años, murió. Siento intensamente el desamparo y la tirantez de su muerte en mi cuerpo. Y también la generosidad de los recuerdos, todos despiertos, burbujeantes. Por eso no quiero hablar de la muerte. Quiero hablar de la vida. De la vida de mi amigo en mi vida, en la vida de mis amigos y mis amigas, en la vida de mi hermano, de mi hijo. De las marcas que nos dejó cada vez que hizo un asado, tallarines con salsa de zanahoria, cada vez que bailamos y cantamos, que vimos películas tirados en la cama, cada vez que me prestó su ropa inmensa porque hacía calor, las veces que se disfrazó para el cumpleaños de mi hijo y los disfraces que le confeccionó, cada vez que lo hamacó en un fuentón, lo pintó con el carbón del asado y después lo lavó a la hora de comer. Cuando, en los viajes, me pedía que camine sobre su espalda para descontracturarlo. La ternura de sus ojos oscuros y brillantes, pícaros, lindos como su sonrisa perfecta y la barba prolija. Tan divertido y dulce como refunfuñón. Los partidos de River y de la selección en su casa, en algún bar. Los viajes al mar, al norte, al río, a su ciudad, Las Varillas.
Mi amiga Sole me dijo: hay vidas que son más cortas.
Pienso en tu vida amigo querido, en tus dolores, tus silencios, en la forma sagaz con la que le esquivabas a la fragilidad, aunque a veces, cuando los demás dormían o no estaban, abrías esa cajita de cristal y dejabas ver el sufrimiento, la tristeza, los sueños en el camino, el desamor. Esa cajita que luego cerrabas como quien pisa un cable pelado.
Desde hace una semana tengo el cuerpo cansado y triste, será por las visitas de todo lo que nos unió y ya no estará más. Y las palabras, los destellos de quienes compartieron tu vida. Martín me dijo Corcho era parte de nuestra casa. Eva recordaba cómo se reían en las performances y las lecturas. Valentino todavía no puede decir nada, salvo que sigue sin creer que te fuiste. Paola está igual, estoy para lo que quieras, amiga, me dice. Mientras habla de vos, Vale se extraña, tampoco lo puede creer. Gabi escribe pienso por vos si me dejas y hace una lista de lo que necesito para ir a despedirte. Quienes te conocieron sienten el tirón, el arrastre del golpe.
Fueron una familia de huérfanos, dijo Claudia. No por haber perdido a nuestros padres, sino por venir de lejos y estar juntos, cerca en esa cueva que es el desarraigo. Hacernos casa el uno para el otro. Compartimos lo que teníamos, avivamos el fuego, no nos dejamos solos.
Tu casa fue casa, hogar donde llegar a comer, a dormir la siesta, a ver películas de terror, bizarras, viejas. Partidos de fútbol, rugby y Los Simpson. Vos compartías los tuyos y yo llevaba los míos. Se armaban alianzas y lazos. Se intensificaba la compañía, el estar.
Eras el gran anfitrión. El gran maestro de ceremonias.
Fuimos una familia, una manada, un cielo estrellado y abierto. Luminoso. Cálido.
Fuiste un gran compañero. De cada gesto, de cada ocurrencia. Estabas ahí. No cuestionabas ni juzgabas, a pesar de tus prejuicios y los míos. Siempre se convertían en chistes. Nos reíamos de nosotros mismos. Fuimos amigos a pesar de las diferencias. Tampoco eras complaciente. Pero sí tierno y cuidadoso. Me acompañaste tanto en la crianza de Valentino, cuando todos éramos chicos. Cuando empecé a escribir, en las lecturas, en las presentaciones. Cuando Martín tocaba con su banda, en los cumpleaños, las recibidas, fuiste parte de cada celebración.
Cuando había que estar, querías estar.
Tu presencia tuvo la marca del amor.
Reviso el chat. Me dejaste series para ver y también una canción de la Mona, Despierta corazón. Eso fuiste amigo, un corazón despierto y brindado. Siempre cerca, siempre dispuesto al encuentro, al abrazo, al cobijo.
Fuiste parte de ese puente que se armó entre mi pueblo y esta ciudad. Ese pasaje difícil pero vital. Fuiste de mis primeros amigos acá y te convertiste en uno de mis grandes amigos. Cuánto lo celebro.
Hay vidas que son más breves, sí; pero esta amistad es para siempre. Yo acá te espero Corcho querido. En los sueños, en los recuerdos, en las fotos y en las canciones de Catupecu Machu, Lenny Kravitz y Viejas locas. En los partidos de River, en la ensalada de zanahoria choclo y mayonesa, en el recuerdo de tu gesto gruñón e impaciente.
Cada vez que mire mi pequeña sartén, que todavía uso en tu nombre, esa que compré cuando me dijiste cómo que no sabes hacer panqueques. ¿Nunca le hiciste al Valen? con lo lindo que es llegar de la escuela y que tu mamá te espere con panqueques. Vos compra la sartén, yo te paso la receta.
Gracias amigo querido por todo lo que tu vida le hizo a mi vida.
Aquí estoy, disponible y atenta para cuando quieras venir a visitarme.
Hasta siempre Corcho de mi corazón.
A la memoria de Alejandro “Corcho” Díaz.
1982/2025
26 de Diciembre, 2025.
ASAMBLEA EXTRAORDINARIA
(…) es que el alma (o mejor dicho la fuerza), como decía Leibniz, no hace nada o no actúa, sino que únicamente está presente, conserva; una pasión pura, una contemplación que conserva lo que precede en lo que sigue.
(Deleuze y Guattari)
No fueron las razones, había de sobra. Fue la fuerza justa hecha en el momento justo. La nuestra y otras fuerzas indescifrables, contingentes, misteriosas. Lo veníamos intentando. Mi vecina Pato y yo. Tironeando con el consorcio, fantasmas que aparecían de vez en cuando en un mensaje, una queja contra la administración, el malestar. Pero sin cuerpo. Y al momento del golpe, se volvían a esfumar. Esos que no vivían en el complejo y los que sí, pero su enojo aún no era tan fuerte como para hacer un movimiento.
Nos asesoramos. No sabíamos por dónde empezar. Ninguna tenía experiencia en cuestiones de consorcio. Mi vecina Pato y yo. A ella le hablé primero cuando preguntó, en el grupo de WhatsApp de la administración, por qué pagamos diez tarros de pintura si trajeron siete. Lo preguntó con fuerza y cansada de preguntar.
Las personas que consultamos nos decían lo mismo: si no consiguen la mayoría de votos no van a poder hacer nada. Algunos ni los conocíamos, solo un número y foto en el ya mencionado grupo.
No lo dije, pero pensé: no es el momento. A nadie le importa. Cuando aumenten las expensas, se corte la luz del patio, la lluvia filtre los trechos, aprovecharemos la furia común y volveremos a tirar de la cincha.
Y así fue que un sábado me desperté con un mensaje al estilo testamento, pero también cargado de enojo, un mensaje lleno de impotencia. Un miembro del consorcio decía haber iniciado acciones legales contra la administración por el estado de su departamento tras miles de reclamos. Otros aprovecharon el envión y protestaron contra el aumento del fondo de reserva (un espíritu errante que aparecía y desaparecía gracias a nuestras expensas, a quién nunca veíamos) y los tarros de pintura que pagamos y no llegaron. La administradora respondió hasta cuándo con esos tachos.
Salí al patio cuando vi a mis tres vecinas charlando. Entre ellas a Pato. Y tironeé. Ya alguien se organizó y tiene abogado, dije, es ahora. Cinco de trece. Armamos un grupo de WhatsApp paralelo al de la administración y sumamos a quienes estábamos seguras, estaban de nuestro lado. Porque otros están del lado de la administradora, dijo alguien. Entonces propusimos una reunión.
Empezamos a armar la trenza, tirante, fuerte, midiendo con quién sí, con quién no. Consultamos presupuestos con otras administraciones y buscamos un abogado. Hicimos varias reuniones en el complejo. Una abogada analizó el reglamente porque nadie lo entendía. El tres de diciembre, si no revocábamos la administración actual, automáticamente se renovaba por cinco años más. El objetivo era saber exactamente qué pasos dar para destituir a la administración antes de que nuestras casas se conviertan en calabazas podridas.
Esa fue la trampa de estos diez años de administración fraudulenta y agresiva. La ignorancia del otro, la nuestra. No poder reclamar por no saber. El lenguaje telaraña de la administradora, enroscándonos como víboras y llenándonos de veneno. Ese que nos hacía volver a casa hinchados de impotencia y enojo después de cada reunión, de cada reclamo. Un veneno que solo nos hacía obedecer y aceptar.
La mayoría de mis vecinos no tienen más que esta propiedad, algunos ni eso porque todavía la están pagando. O son viejos, como los míos que, juntando chauchas y palitos, pudieron hacerse de un departamento. Los menos comprometidos, sacan de aquí una renta. Los menos. Entonces la diferencia de saber y de poder hizo lo suyo. De un lado, un reglamento escrito por la administración, inentendible, tramposo sumado a una gestión fraudulenta y llena de maltratos; y del otro, un grupo de gente desconocida entre sí, con intereses y recorridos distintos, pagando la deuda eterna del techo propio.
Y así como los zahoríes en el desierto, la lectura de fuerza encontró agua donde antes solo había arena. Así los orígenes de nuestro país. Hacer un desierto donde hay riqueza a fuerza de fábula, para que dos o tres se queden con lo que es de todos.
El origen no es el verbo. El origen es la ficción.
Llegamos a la asamblea extraordinaria. Para eso hicimos una carta solicitándola, haciendo valer nuestro derecho. Quienes representábamos a los dueños hicimos poderes y autorizaciones, nos aseguramos de tener la mayoría. Hablamos con cada uno de los propietarios. Y escoltados por el abogado, fuimos al combate.
Ella, escondida como rata en su oficina, nos quería arreglar la falta de un recibo con una firma de la mujer del pintor, porque no pudo dar con él a la hora de presentar el balance. Nosotros, enojados, hartos, esperando lo peor. Pero organizados. Haciendo fuerza para el mismo lado.
Y así como el viento en plena pampa puede soplar a favor o en contra, las fuerzas del azar se sumaron a nuestras huestes.
El último en llegar, un propietario sin rostro ni voz hasta ahora. Al último que llamamos por desconfianza, por saber de su cercanía con la administración. Contador. Dijo que quería sacar la administración, pero desconfiamos. Si hubiese sido por su ropa y apariencia, debería haber cinchado para el lado contrario. Pero como también la traición tiene atleta en este juego y hay quienes no cuentan que la fuerza es una yegua indómita y sin patrón, el juego no tiene ganador hasta que termina.
A último momento, el último en llegar, de quien dependía la mayoría de votos, jugó sus fichas a favor. Y todo su saber vino a nuestro molino. Él dijo: no queremos facturas viejas, la plata no justificada debe devolverse al consorcio. Pasemos al punto de la destitución de la administración, que estoy apurado. El balance se aprueba cuando devuelvan la plata. No es que había cambiado de bando, es que la fuerza había cambiado de intereses. El seguía tirando para sí mismo, pero esa figura no existe en soledad. Se necesitan de varios para decir yo. A él, que había jugado para los vencedores, se le estaba viniendo el rancho abajo. Lo habían traicionado y devolvió con la misma moneda.
La administradora renunció, no hizo falta votar y designamos nueva gestión. Solo queremos alguien con quien poder hablar, que nos explique las cosas y nos trate bien, dijimos.
Cinchada: juego tradicional de fuerza en el que dos equipos tiran de una cuerda en direcciones opuestas, buscando hacer que el equipo rival cruce una línea central.
Siendo que juntos tenemos el poder, no es eso lo que queremos. Queremos tener con quién hablar. Porque casi nadie aquí vive de esto, una renta, pero si vivimos mejor gracias a esto. Un lugar donde vivir.
Cinchada: también puede ser la maniobra de arrebatar el “pato” (una pelota) de las manos de un jinete contrario. Requiere equilibrio, fuerza y precisión.
Salimos y festejamos. Si hubiéramos sabido que era tan fácil, dijo una vecina. Eso también hace el poder. Te siembra niebla, te impotentiza, te despega de tu fuerza, te deja inmóvil, entrampada en palabras y gestiones administrativas eternas.
No lo podíamos creer. Estábamos extasiados, como quién descubre un imperio dentro suyo.
Me quedé pensando en el contador. En la jugada maestra del azar. Que no hubiésemos llegado sin su voto. Que no hubiese llegado sin la traición, sin que el exceso de poder haya tocado lo suyo. Que temimos su ausencia y que todo sea una trampa más de la administración. Y también, que no hay que hacer fuerza porque sí, tirar de cualquier lado, en cualquier momento, ni una sola fuerza. Pero sí estar atenta al mapa, al campo. Pegada a la tierra, con la oreja abierta al suelo escuchando sus latidos, sus tensiones y resquicios.
Porque del otro lado, en la otra punta de la cincha, lejos y a expensas de nuestros ajetreos y agencias, otros poderes y fuerzas también juegan pulseadas que, a veces, son nuestro arrebato de triunfo.
28 de Noviembre,2025.
TESTIGO APASIONADA
Trabajo de testigo. Testigo de testigos. Soy la que recibe lo que el otro vio y escuchó en el cuerpo que lo porta. Recibo, escucho, alojo y trenzo. Una por una las fibras, los mechones, las lanas, los cueros, también las lonjas de carne sucia y doliente. Trenzo con los testigos que regresan, como pueden, de sus combates.
Allá, en las lejanas tierras de la locura, el horror, el dolor sin paz. Peleo, vuelvo, recibo. Acompaño. Trabajo en zonas que no siempre están señalizadas en el mapa. Trabajo haciendo mapas en la arena, en el cuerpo, en el aire. Cuento con la colaboración de los fantasmas, los muertos, los sueños y visiones. Las ocurrencias. Trabajo con mi propia carne, mis monstruos, mis oscuridades. También mis salidas, mis potencias, mis aliados.
Y un método tan eficaz como poroso, claro, la palabra.
Hace poco me he retirado de un frente de batalla en el que estuve muchos años. Y a mí me cuestan los finales. Un agujero, pienso, un agujero. Esa es mi propia batalla, con quienes se van, se alejan, se mueren, o simplemente, abandonan la correría. Con lo que dejan, con lo que ya no vuelve.
Y me pregunto. Leo y escarbo en ese agujero que me queda. Y encuentro restos de otros encargos. Y así encontré el trabajo de otra testigo que, como yo, libra sus batallas en las lejanas regiones, como dice Istvan Hollos. Esto que traigo, que rescato para que me rescate, lo escribí hace tiempo, a partir de lo que una testiga escribió, mientras acompañaba allá lejos, pero cerca. Ella me vino a buscar para que acompañe su acompañar, ahora convertido en libro. Acompañar y presentar. Dos actos que inscriben las marcas de guerra, la sobrevida, la supervivencia. Nunca volver con las manos vacías.
Hace más de un año escribí este texto para ella, para mí, para quienes acompañan el estar de otros, ese entre, esas vidas. Tocadas, expandidas.
Implacable y hacendosa. No importa la neblina oscurecer los afectos y las imágenes, ella cruza la cortina y avanza. Es la escritura que le urge en el cuerpo. Su escritura es verdad, por eso es implacable, por eso es asertiva, traspasa.
Ella, la del nombre que no importa, se desdibuja en su función: Gilda se ha convertido en testigo, su nombre no importa. Un testigo cotidiano que acecha, casi como un cazador. El testimonio que ella recoge la salva, la pone al reparo, es un páramo de creatividad y resistencia. Gilda trae a la vida lo que es, la más pura materia, aquello que está en relación, que aparece y se nombra como una singularidad, única. Gilda es testigo de la enfermedad de su madre. Es muchas cosas más, claro: es su hija, su cuidadora, su compañera fiel, pero quien pulsa este libro es su función de testigo. Cuando ella escribe su testimonio, ese dolor se inscribe, queda en el papel y ya no lo abarca todo.
Hay un territorio aparecido que solo ve su madre, producto de lo que la aqueja. Aparece adentro y aparece afuera. Gilda se mete en el barro y colabora, presta atención, presta palabras. Gilda es un entre, un vaivén que une esos mundos.
Dori Laub llama testigo apasionado a quien recoge el único informe posible de un acontecimiento. Lo recoge con su propio cuerpo, su escucha, su disposición a eso que necesita un lugar.
El testimonio es un espacio de encuentro. La intervención testimonial es una recepción.
Y nosotros, aquí reunidos ante la llamada de este libro, nos convertimos en los testigos del testigo, ese lazo que permite la circulación, los movimientos del relato, las afectaciones que produce.
Gilda entra y sale de la nueva cotidianeidad con su madre. Entrar y salir son acrobacias que permite la escritura.
Porque al decir de Deleuze, la literatura es un asunto de salud. Gilda es médica, no de esas de guardapolvo blanco y recetario si no médica de sí y médica del mundo: la salud como literatura no significa que el escritor goce de una gran salud, sino que goza de una irresistible pequeña salud que proviene de que ha visto y escuchado cosas demasiado grandes para él. De eso que ha visto y escuchado, regresa con los ojos rojos, los tímpanos percutidos. La salud como literatura, como escritura, consiste en inventar un pueblo que falta.
Gilda pierde su nombre para convertirse en el testigo de las arañas y las telas que su madre porta en la cabeza y trenza con el mundo exterior, con el afuera.
Gilda inventa un diario, un registro, toma nota, se encuentra frente a un espejo y lo escupe. No se enamora del dolor de lo que ve, se afecta sí, pero no es una voz doliente la que trae este libro. Es una voz entera, un voz aguerrida y amorosa. Una voz que se pliega sobre sí misma, se pregunta y vuelve a salir.
Teme, por eso escribe, pero no le teme a lo que escribe.
—
Texto leído en la presentación del libro Mi nombre, mi nombre no importa de Gilda Patricia Guzmán. Borde Perdido Editora, 2024
10 de Octubre, 2025.
EXTRAÑAS VISITACIONES
Perdí los dientes, mi alimento es influir. Trenzo mis canas, ¿qué se trenza sin mí?
Sara Gallardo
Escribir puede ser un acto de mediumnidad. Voces y palabras que llegan desde otras tierras, otros mundos y buscan canales para brotar. Escribir poseída. Desconocer las palabras que ya no son propias, volverlas extrañas y desterradas. Las voces dictan poemas, historias, quieren hacerse escuchar.
¿Cómo hacer para expandir la percepción? ¿Cómo volver extraño lo propio, lo cotidiano, lo común? ¿A quiénes confiarle esta misteriosa colaboración?
Julio 2018: una cabeza de vaca en la puerta del edificio a las 4 de la mañana. Desaparece al otro día sin dejar rastro.
El brujo, como el escritor, vive al borde, en la frontera y para ello necesita alianzas, colaboraciones que le permitan estar en relación con ambos bordes.
Al respecto, Fabián Casas propone: “Yo creo que cuando uno escribe hay dos voces –como mínimo–: la voz que uno identifica como propia y la voz extraña. Elijo siempre que quede la voz que me resulta extraña. La voz propia es el disparador del poema. Una situación, una frase en una revista que tiene el rango de algo que puede ser poesía. Eso va al papel y se trabaja hasta que su significado se expande y ya no dice una sola cosa, como en la publicidad, sino que sus preguntas son múltiples -siempre está en estado de pregunta, aunque aparente afirmar algo-. Es decir, de hechos personales, en los que nos involucramos emotivamente, sale un poema, como algo que nos excede y que, en la repetición, nos cambia, nos altera, como una luz de giro. Creo que es clave para un escritor leer literatura de registros diferentes: esto expande la percepción, modifica la paleta de colores.”
Septiembre 2025: en un sueño, una mujer vieja con vestido y delantal de cocina sale de la pared y se acerca a mi cama, me toma la cara con sus manos huesudas y arrugadas, me respira en la cara, aunque la suya no puedo verla, ella no habla, quiere, pero no sale sonido. Solo respira fuerte, agitada. ¿Abuela, sos vos? le pregunto. No responde. Un mechón de pelo canoso cae de su cabeza hacia la mía. Me despierto con palpitaciones.
Dice Jean Palou que la brujería es hija de la miseria. Pero también brujería lo que nos hace encontrar el tesoro codiciado.
Brujería espejo mágico en el que se han reflejado todos los temores, todas las esperanzas y los rencores.
Abril 2025: mientras hablo por teléfono, tiran de mi buzo desde la espalda. S, quien se ocupa de presencias, dice que a veces pueden empujarte y hasta tirarte el pelo. Quieren molestar. No es necesario permitirlo.
¿Qué voces se presentan a colaborar en el acto de escribir? ¿Bajo qué influjos nos encontramos ante las palabras dichas, dibujadas? Ya no interesan los nombres, ni los autores si no el flujo intenso, el entre, el contrabando constante de las fuerzas.
Escribir es un acto de pasaje, de invocación también. Un acto que jamás hacemos en soledad. Una comunidad escribe en nosotras, sobre nosotras. Voces y fantasmas, recuerdos, espíritus, presencias, elementos, experimentaciones varias sobre la materia.
Nada se sabe antes de escribir. Y al trance le confiamos la tarea. “Trance aquí implicaría sinceridad, humildad ante la materia”.
La escritora como bruja, la bruja como escritora. Fenómenos de linde, de frontera, agudizar las paredes de los poros.
Las palabras nos usan, somos su instrumento. Escribir visitada y poseída. Dejar registro.
Juntar las joyas que alguien olvidó al huir.
La magia, la brujería y la escritura, más que una forma de conocimiento, una ética de relaciones con lo viviente.
26 de Septiembre,2025.
EL INSOMNIO ES UN PACTO CON EL FUTURO
Los tiempos de la noche no son los tiempos de la realidad, del día, de la tierra. La noche es el reino de la libertad. Desde que nací he buceado ese océano como si fuese su dueña. Mis padres se asombraban de la capacidad que tenía para hacerlo. Dormía más que cualquier otro bebé, en la posición que me dejaran de noche en la cuna así amanecía, sin haberme movido un solo milímetro. A veces, mi papá me tocaba el cachete o la mano para constatar que seguía viva. Dormía tan bien, tan entregada, tan deseosa. Cuando empecé el jardín me dejaban hacer fiaca, palabra que aprendí en el gesto, mientras mi mamá me hacía el desayuno, entendían que necesitaba otro margen para salir al mundo después de tantas horas de sueño.
Siempre amé dormir, mucho, horas y horas, de noche y a la siesta.
Nunca pasé una noche en vela por estudiar ni mucho menos trabajar. Con la llegada de mi hijo todo siguió de la misma manera. Era un bebé que dormía doce horas seguidas. De más grande también dormía mucho, era un momento y un gusto que compartíamos. Y las largas jornadas en la cama viendo dibujitos, cenando, leyendo o simplemente charlando. Era la marca de la filiación. De adolescente, Valentino, no disfrutaba de dormir en casa de sus amigos, volvía ni bien salía el sol buscando la comodidad de su cama. Si tenía sueño se volvía antes. Ese registro y su obediencia encendían mi orgullo. Ahora era yo la madre satisfecha con el don heredado a su hijo.
Semejante talento para el dormir me valió el apodo de El oso. Así me bautizaron mi hermano y mi hijo. Y cuando conocí a mi novio, quien descreía de mi placer por el sueño, me reveló: nunca conocí a nadie que le importara tanto dormir.
Ni recorrer Italia, ni la maternidad, ni la facultad ni la pandemia pudieron con mi signo, mi marca. Un estilo, dormir largas y profundas horas. El baile, el romance, las elásticas noches de bares, los recitales y alguna que otra actividad pudieron quebrantar el sueño. Entre una y la noche siempre gana la noche. Mi lugar íntimo, solo mío. Lo más parecido al cuarto propio.
Pero este año empecé a tener insomnio. Al principio lo minimizaba. No le daba lugar. Solo sucedía. Pero con el correr de los meses me preocupé. Le conté primero a Trinidad, mi médica homeópata, quien trata mis síntomas como problemas de porosidad: muy abierto, muy permeable, cuidar la antena, cerrar la abertura. Parecía otro problema de poro.
El cuerpo es una máquina a favor de nuestros intereses. Intenta vivir a toda costa, dice Flor Monfort en su Diario del insomnio, libro que me acercó mi amiga y editora Paula cuando las cosas empezaron a ponerse difíciles. A partir de aquí lo que me dicta Flor será en cursiva.
Escribir te rompe el cuerpo. No dormir también. El insomnio se intensificó y lo probé casi todo: té de hierbas, oleos de lavanda, osteopatía, limpieza energética, porro, meditación, yoga y análisis. Sentía que me estaba volviendo loca. No paraba de no dormir, ni de día ni de noche. Empecé a desconocerme. ¿Quién iba a ser yo de ahora en adelante si no podía dormir? ¿Cómo podía perder mi marca, mi signo, mi don maravilloso y seguir?
¿Qué es ese lugar al que voy cuando no duermo? ¿Dónde están los conejos, los mártires de la noche, los que escriben y no terminan nunca nada, como yo?
La tranquilidad llegó sin querer, del lado de la palabra. Un día hablando con Camila, una amiga que me dio la escritura, me contó que estaba pasando por lo mismo y dijo el monotema, todo va al cauce del insomnio. Pero dijo algo más, revelador y certero: veo que estás bien, haciendo cosas, una euforia. Sí, dije, es eso. Un deseo voraz de futuro por las cosas que suceden y lo que sucederá de aquí en adelante. Publicar, escribir, viajar. Planes de mucho tiempo atrás que hoy se materializan. Lo que decía Camila me trajo tranquilidad. Me orientó. Y desde ahí estuve mejor. Con el correr de los días y el aumento de las gotas homeopáticas volví a dormir, un poco, aunque sea. Pero aún está su sombra, algunas noches, algunas veces.
La euforia es también lucidez. Anoto todo para no olvidarme.
¿Qué es este insomnio entonces? Es no poder parar las ideas, las ganas, querer escribir. Solo lo bueno ocupa mi cabeza, quiero ir para adelante, seguir, no parar con esta lucidez. Entonces si quiero dormir voy a tener que dedicarle más horas del día a lo que realmente quiero hacer: leer, escribir, dejar estos impulsos en otro lado que no sea mi cuerpo, la noche, el sueño, territorio de otros acontecimientos. Salir, ir a lecturas y presentaciones de libros. Si no duermo ¿dónde me encuentro con los muertos, con los delirios del azar, con lo imposible, donde mi madre toma cocaína, yo vivo un romance con Vigo Mortensen, alucinados, me cruzo con mis amigas haciendo imposibles? No es un lugar que pueda ceder, me quedo sin mí. Sin eso que soy. Mi lema es doce horas en la vigilia y doce horas en el sueño, pero ahora la escritura le reclama terreno al dormir. Porque escribo para estar en el mundo, no para trascender, para después, sino para estar acá sin volverme loca, sin morir.
Soy una mujer en vela. Esto quiere decir adormecida, pero también estoy muy despierta. No quiero dormir porque no quiero perder.
Es imposible la ecuación sin la pérdida. Habrá, entonces que ponerse muy específica, quirúrgica diría, para ver que sí perder y que no sea el sueño, ni el futuro, ni el éxtasis de la escritura. O aceptar el trato, hacer pacto con el diablo y dormir menos, hasta que pase el ardor de lo materializado, de lo cumplido. Es un reclamo del más allá, no del otro mundo, del más allá del tiempo, de lo que quiere aparecer y surgir. Pide lugar, pide cuerpo, terreno. Un yuyo rastrero que quiere comer más.
En mi cabeza todas las luces están prendidas. Vamos en el auto, como una flecha, a toda velocidad, al futuro.
12 de Septiembre, 2025.
VERGÜENZA, IMAGINACIÓN Y VENGANZA
Raba se dio cuenta de algo muy importante: la muchacha nunca se había propuesto a enamorarlo, él había empezado a quererla porque la veía buena y sacrificada. Raba decidió que si alguien de otra clase social, superior, un día le proponía matrimonio ella no iba a ser tan tonta de rechazarlo, pero tampoco sería ella quien lo provocase. Pancho el albañil se le acercó y le habló. Raba trató de ocultar su entusiasmo. Pancho tenia una camisa de mangas cortas de donde salían dos brazos musculosos cubiertos de espeso vello. Raba sin saber por qué pensó en un gorila temible. Raba pensó sin saber por qué en los pájaros del algarrobo del patio, ya estarían acurrucados en sus nidos, bien abrigados uno contra otro. A las 23.02 se acostó y pensó que si se casaba con el Pancho se conformaría con vivir en una casa de una pieza con techo de chapas, pero se opondría a que en el dormitorio guardaran objetos indebidos: le exigiría a Pancho que construyera un alero para guardar botellas de lavandina, damajuanas, barricas, bolsa de papas, ristra de ajo y latas de kerosene. No como ahora que dormía junto a todo eso en la piecita que le daba su patrona.
Raba imagina, no sabe por qué, pero su imaginación es un hilo de agua que desemboca en un gran lago, puro y brillante, un espejo lustroso, donde todos los días enjuaga uno a uno sus deseos de salir de pobre, dejar de ser sirvienta en casa de ricos y tener su propia vida. Dejar la sombra. Por el momento, el único lugar para ella es su propia imaginación. Un músculo ejercitado a la par de su cuerpo, que solo sirve para limpiar la mugre de otros.
Pensamientos predominantes de Pancho frente a Raba en la oscuridad: pastizal, los yuyos que hay que cortar, va a venir el capataz, agarrá la pala Pancho, cortá el pasto con la azada, está oscuro y ni los gatos pueden vernos, las raíces de los yuyos en la tierra rajada por la sequía, la tierra está polvorienta, más lindo el pelo de la Raba que la raíz de los yuyos, se los puede acariciar, sin ningún terrón de tierra, qué limpita es la Raba, tiene los brazos marrones, las piernas más marrones todavía. Qué mansita que es la negra, esta no sabe nada, me da pena aprovecharme.
El Pancho, peón de albañil, sueña con hacer el curso de policía y salir de pobre. Ser jefe, tener gente a cargo, ser alguien. Tener oficina y uniforme. Imaginar es subir una escalera larga que lo lleva lejos de donde está. Lo logra. ¿Cuál era en ese momento su mayor deseo? Dar una vuelta por las calles principales de Coronel Vallejos, con su flamante uniforme.
Boquitas pintadas de Manuel Puig es sin duda la gran novela de la tarde. Un folletín formado por cartas, registros íntimos, fotos, informes médicos y policiales y hasta el designio de una gitana de circo, pero sobre por dos formas de estar en el mundo: mientras los ricos tejen estafas, matrimonios arreglados, venta de campo y ganado, celos, mentiras, engaños y así manejan el orden del pueblo, a los pobres solo les queda la imaginación. Pensar en un futuro que tiene lugar en sus cabezas, en sus ensueños, pequeños teatros a puertas cerradas, montados sobre los cuerpos cansados de trabajar para otros. Pero por otra vertiente, opuesta al manantial de los sueños y las imaginaciones, los empantana la vergüenza: su color de piel, su modo de vida, sus constantes comparaciones con quienes pudieron ser maestras, señoras, señoritos. Los trabajos que tienen que hacer. La vergüenza marca en el cuerpo como el fuego. Y mientras la imaginación es un árbol frondoso que los hace mirar el cielo y abrir los ojos, la vergüenza es un peso que los hunde y marchita lo que toca.
Ocurre que ignominia es un sinónimo de vergüenza, y viene del latín ignominia que literalmente quiere decir perder el nombre. Al perderse el nombre se desarticula una genealogía de manera abrupta y por eso las ignominias familiares suelen conllevar una vergüenza que se prolonga por generaciones, dice Manuel Hernández. Casi como la pobreza estructural, casi como la genealogía del trauma y la locura.
Raba y Pancho perdieron su nombre. Su apellido. Afiliados a un fino hilo tejido con precariedades y ausencias.
La vergüenza, dice Hernández, no se vincula con una acción como la culpa, se vincula con el ser. Es mi ser lo que me produce vergüenza. La vergüenza no provoca el castigo si no la autodenigración que puede llegar a una profunda depresión. Por eso la vergüenza es incurable.
Hernández toma a Lacan para decir que la dimensión erótica de la vergüenza es poner a la propia vergüenza a producir un significante amo y desde allí ejercerla. Como lo hará Pancho, recibido de policía, avergonzando a otros, incluso a la Raba a su propio hijo.
Seguramente Puig no haya estado al tanto de los matemas lacanianos, pero sí sabía leer y contar la espesura social de un pueblo de llanura y, si bien él era un hombre de clase, tenía la sensibilidad para captar el cableado social. Puso a hablar todos los paisajes. Y es allí donde abre la fábrica de la imaginación. Como única salida. La imaginación, también como un efecto de la clase.
La vergüenza no se cura como si fuera una enfermedad, en cambio es preciso curar de ella, en el sentido de cuidar de ella. Se trata de darle alguna inscripción a esa modalidad de ser que, bajo la óptica del discurso dominante, es una falla, dice Hernández.
¿Podría ser la venganza una formar de cuidar la vergüenza? No la venganza en términos de reproducirla, sino en términos de imaginación y salida. Si es la fantasía la primera puerta al deseo, entonces poder imaginar y fantasear otros escenarios, otros mundos, acurrucarse en los nidos de las imágenes para estar mejor, para ser distinto. Tener otras afectaciones que no solo sean la vergüenza de ser. Otras armas ante los ojos dominantes.
Se diría que una imagen poética, en su novedad abre un futuro del lenguaje (…) puede ser el germen de un universo imaginado. Y así las palabras marchan por delante, siempre por delante, atrayendo, arrastrando, animando, clamando, a la vez por esperanza y por orgullo, dice Gastón Bachelard en La poética de la ensoñación.
Solo quien ha perdido todo está en condiciones de no ceder ante su deseo, solo quien no tiene ya intereses puede entrar en el territorio de lo sagrado y escapar a la vergüenza de traicionar su propio ser, menciona Hernández y continúa: en vez de rechazar la vergüenza, es posible orientarse por ella para localizar una manera de ser que pueda aspirar a construir una cierta comunidad. Convivir con la vergüenza es en comunidad. Porque la vergüenza es algo precioso que es necesario cuidar, hasta que un día quizás pueda transformarse en un sutil pudor.
Dentro del laberinto de los sueños y las imágenes, los personajes menos favorecidos de Puig, los que ponen el cuerpo y hacen el trabajo sucio, allanan el camino, buscan una salida, cercana y posible, una salida sin mayores ambiciones. Algunos lo logran, otros quedan atrapados en la maraña de la vergüenza, no pueden ir más allá, no pueden asistir al sutil pudor. No pueden vengar su origen ni procedencia. Repiten y ejecutan para otros. Pero quienes sí insisten y repasan los guiones de la fantasía, se acercan, acarician otra suavidad. Consuman la venganza fabricando, en la realidad, esas imágenes que acunaron en sueños.
A cada apetito, un mundo.
29 de Agosto, 2025.
ÚLTIMO UBER A FINESTERRE
Cuestiones de traslado y movilidad no se me dan tan fáciles como otras, salvo mis piernas, entrenadas en el guadal pampeano. Ni la bici, mucho menos la moto, y peor aún el auto, que sería como tener otro sujeto a cargo. Salvo la moto, sé manejarlos a todos, pero muy a pesar mío. En cambio, el colectivo, el taxi y el remis sí son de mis preferencias porque en el trayecto puedo imaginar, escuchar música, escribir en la cabeza, mirar por la ventanilla. Y desde que me mudé a Alto Alberdi, también empecé a usar el Uber. Antes mi condición paranoica no me lo permitía, y voy a contradecir a la querida Hebe Uhart cuando dice que lo que sirve para la literatura sirve para la vida. Pero no es tan así, querida Hebe. El encadenamiento de sospechas al azar enlazadas sin ninguna lógica posible es admisible en la poesía, mas en la vida diaria puede ser muy tormentoso. No siempre son tan fértiles los préstamos entre la literatura y la vida, aunque generalmente sean lo mismo. Al menos para mí. Entonces, como decía, me significaba una amenaza vital subirme al auto de un extraño, a su lado más precisamente y mediante una forma totalmente riesgosa. Pero como las distancias se alargaron, el síntoma tuvo que ceder y acá estoy. Usando y escribiendo sobre Uber.
La primera vez aun no me había descargado la aplicación y fue mi hijo quien hizo la gestión. Menos mal que años de diván y homeopatía me secundan porque al subir al lado del conductor del auto macabro, inmediatamente vi que usaba guantes negros de látex. En la guantera tarjetas pegadas publicitaban un club de tiro para aprender a disparar y al lado otra tarjeta ofrecía los servicios de una criminóloga. Si bien ya había subido, estaba dispuesta a tirarme del auto en cualquier momento, pero no hizo falta. El síntoma también jugaba de su lado y al recibir el dinero se limpió los guantes con alcohol en gel. Por suerte a veces el miedo cambia de bando. Solo alguien con mucho miedo puede andar así de defendido. Nunca se sabe de qué lado está cada quien, ni siquiera una misma.
Ahora ya no me asusto ni reniego. Me gusta el Uber. A veces los choferes son pibes del barrio y aprovecho para anoticiarme y ponerme al día con las novedades vecinales. Cuando manejan mujeres hablamos de temas varios. De lo contrario, guardo el más estricto y absoluto silencio.
Pero el día del que quiero contarles, largo y con muchas actividades juntas, sabía que tendría que tomar varios autos. Y el primero me hizo doblegar mi regla autoimpuesta de mutismo. Al tomar una calle en Alta Córdoba me dijo: por segunda vez en mi vida, paso por esta calle. Ahí recién lo mire. Me olvidé de aclarar que casi nunca miro al conductor. Era un hombre grande, pelo canoso, tenía arrugas suaves y gestos tiernos en su rostro. Apenas sonreía, era liviano, como alguien entendido sin alardear. Solo lo miré y le sonreí. En la radio hablaban de la asunción del nuevo papa. El chofer dijo alegrarse, aunque también agregó no saber exactamente qué hace un papa. Yo tampoco, le respondí. Porque la iglesia católica, siguió él, es como el representante del imperio romano que aún no se terminó. Lo miré anonadada. Tenía toda la razón, claro, le dije, tal cual. Entonces le conté que estuve en Roma y el Vaticano y también en el Coliseo. Pero son tan vagos los recuerdos que tengo, no por pocos ni insignificantes sino porque no tengo donde anclarlos más que ahí mismo. No tengo palabras para describir las imágenes, solo la sensación, tan subjetiva como una idea, ya que mi única motivación de un viaje a Italia fue ver a mi hermano, a quién llevo visto mucho más que a Roma, al Coliseo y al Vaticano, pero es un afecto que siempre se renueva. Por cómo me miraba el señor parecía no me creerme, y sí, casi que ni yo creía lo que estaba contando. Cuando las palabras no tienen donde enraizar son puras fábulas. ¿El Coliseo es grande como el Kempes? me preguntó. Tampoco pude responder.
Pero el viaje más llamativo fue el último que tuve ese mismo día. A la noche, volviendo definitivamente a mi casa. Había ido a tomar algo con mi amiga Paola, después de la presentación de un libro. Todavía dentro del bar cada una pidió su auto y salimos a la vereda a esperarlos. El mío llegó primero. Vi la patente, le indiqué a mi amiga con un gesto entre sorpresivo y desconfiado. Ella miró. Me dio un abrazo y me dijo algo al oído. Crucé la calle y me subí. Miré al conductor. Esta vez sí quería verlo, todo quería ver, cada detalle. Mientras me ponía el cinturón miraba sus manos, amplias, rudas, sin anillos, limpias. Su gesto inmutable, apenas hola sin sacar sus ojos de la calle. Todo quería saber del chofer que manejaba el auto cuya patente terminaba en 666. Parecía un fauno. Derecho y firme. Una barba plateada, larga pero prolija caía hasta si cuello como cascada. El pelo corto, su tez caoba, tersa. No me miraba. En ningún momento me miró. Iba concentrado en el camino como quien cumple una tarea específica y calculada. No hablaba, ni había música. El recorrido, el de siempre hasta mi casa. Pensé en preguntarle si era el diablo o solo un enviado, hacer un chiste, un comentario. Pero estaba muy cansada y sin reflejos para atajar cualquier tipo de respuesta. Sobre todo, si se decidía por la afirmativa. En el oído todavía el eco de las palabras de Paola, cuando le dije mirá esa patente, voy a viajar con un enviado de Lucifer. ¿Y eso te da miedo o entusiasmo?
15 de Agosto, 2025.
HAY QUE ESCRIBIR DE LA MUERTE PORQUE TODO SE PUDRE
Querida Claudia:
Te escribo esta carta mientras leo tu libro. Esta ocurrencia apareció por una fuerza de intimidad en tu escritura, algo así como una invitación a que ese gesto no se desvaneciera. Pero tuve el impulso de avisarte que iba a escribirte una carta, quizás para que no te asustes, o porque la que andaba con miedo era yo. Cariña, me dijiste, me sorprende que, aunque no nos conozcamos me quieras escribir una carta, es tan grande. Y la verdad que durante esta semana no pude hacer mucho más que estar inmersa en esta carta, en tu libro, en esa zona que se abre cuando alguien quiere hablar de la muerte.
Es difícil hablar de la muerte. Por qué será tan difícil hablar de la muerte, de los muertos, de los duelos. No lo sé. En definitiva, siempre que quiero hablar de la muerte termino hablando de otra cosa, como una ronda alrededor de un pozo.
Lo que sí sé, y por eso esta carta, es que solo se puede hablar de la muerte con quien está dispuesto a escuchar y saber. Alguien que también está en esa zona. No se puede hablarle a un público, a la gente en general, no existe una cosa así. Y en eso se parece al amor. Es uno por uno. Muerto por muerto.
Hay que hablar de la muerte porque solo tiene importancia para los que creen que están vivos, decís en tu libro. Entonces vivir es una cuestión de fe y morirse también.
La pandemia, la muerte de tu madre, Marilyn, la actriz y tu compañera, tu propia muerte. Una ronda que gira sobre eso innombrable, inescribible. Ahora ese pozo son los muertos de cada quién y la ronda es un juego que no puede jugarse solo. Como el duelo. Como el amor.
Un duelo trae otros duelos, trae la soledad, las preguntas y jamás volver a ser la que una fue.
Pero ¿dónde está el epicentro de un duelo? No lo sé, solo retumba y tiembla, luego sobreviene el efecto de desorientación. Nuestro fin de mundo. ¿Y después?
En el centro de los duelos hay otro duelo: el duelo por el muerto y el duelo del muerto. Por esa vida que también tuvo sus pérdidas.
Como en un combate de espadas, donde el dolor por la pérdida de alguien toca el dolor que, en vida, afectaba a esa persona. Mi espada, mi dolor, toca la espada del muerto, que no es cualquier cosa de su vida, sino su dolor, como un collar que solo enhebra las perlas parecidas, las pérdidas, los sufrimientos. Como si mientras estuvieron vivos no nos hubiésemos dado cuenta o quizás sí pero no importaba, porque estaban vivos, algo harían con ello, en definitiva, era su vida la que contaba. Pero al morir, si ese duelo queda trunco, se vuelve marca y salta a la vista. Pareciera que el dolor solo permite ver el dolor.
De tu madre, decís, solo te quedan impresiones de esa vida de sufrimiento, que se fue sin perdonar a nadie ni pedirle perdón a nadie. Tal vez los duelos sean un encuentro con los secretos y las pequeñas desobediencias de esas vidas, ajustadas a los guiones de su clase, de su época. Secretos a los que solo se accede si se los toca con la espada del dolor.
Una herida que le habla a otra herida.
La muerte teje muchas preguntas, algunas estallan en el cielo y son fuegos artificiales, alumbran otros duelos. Otras quedan en silencio aguardando respuesta u otra pregunta salvadora.
Recuerdo cuando murió mi abuela, a los meses, volví a leer sus cartas. Ella me las mandaba ni bien me vine a estudiar a Córdoba y yo le respondía. Durante mucho tiempo nos escribimos. También nos hablábamos por teléfono, claro, pero no era lo mismo. Las cartas tenían otra suavidad. El tiempo, la dedicación y el amor que siempre tuvo nuestra relación. Ella siempre me dijo que el día que muriera yo debía poner mis cartas en el cajón. Y así lo hice. Las guardé en un sobre y las dejé encima de sus manos.
Quizás, si se pudiera transmitir que, a la muerte de alguien querido le llega un después poderoso, lleno de conexiones subterráneas que arrima espíritus y animales, acerca los mundos y amplifica algo de la experiencia vital, tal vez no sería tan difícil. Pero ese pasaje exige que los canales sean los propios, no es un trabajo para darle a cualquiera, para darle a otros, como casi todos los trabajos relacionales. No, este no. Es en absoluta soledad.
Decís: será que hablar de la muerte es traicionar al amor, pero como el que avisa no traiciona, tu libro Para no morir tan sola quizás sea un decir público que permite hablar de lo que todavía nos duele y traicionarnos así a nosotras mismas, como si en definitiva la vida se tratara de algo más y la muerte permitiera ver en capas, asumirlas y engrosarlas, con cada órgano del cuerpo.
La chicana Gloria Anzaldúa dice, en una carta también, que ella nos escribe a las escritoras tercermundistas y nos dice que nos olvidemos del cuarto propio, que escribamos en todos lados, en cualquier lado hasta sentadas en el inodoro y que, aunque pasemos hambre no somos pobres en experiencias. Porque para escribir, no hay un después. Para algunas existencias, el después también es un privilegio. No hay después en la escritura. Es ahora, con todo el cuerpo. “Las palabras son una guerra para mí”.
Me gusta volver a esa zona donde el mundo de los vivos y el mundo de los muertos se tocan, ¿será eso un fin de mundo? para mi es la zona perfecta. La zona de las ilusiones y los poderes, de la escritura, de la intimidad, de las palabras, las imágenes y las pérdidas.
Desde aquí me despido, Claudia. Aquí en esta zona de frontera donde siempre podremos encontrarnos.
Con profundo cariño, Paulina.
1 de Agosto, 2025.
Texto escrito originalmente para la presentación del libro Para no morir tan sola de Claudia Rodríguez, Ediciones Té de Boldo, 2022.
El título de este texto es una frase de Claudia Rodríguez en el libro ya mencionado.
COMO LA LUZ MALA
Este verano, como casi todos, paso unos días en Italó, pequeño poblado 500 km al sur de la capital cordobesa donde nací y viví hasta los dieciocho años. Durante la estadía, mi amiga Patri me invita a la laguna La Margarita, ubicada a unos pocos kilómetros del pueblo, un brazo caprichoso del Río Quinto, de nombre original Popopis, que suele aparecer, desaparecer y cambiar de lugar como la luz mala, como los médanos.
Popopis era la hija de un cacique, posiblemente ranquel, enamorada de un joven que no pertenecía al linaje real. El cacique prohibió el romance y expulsó al joven de sus tierras. Desconsolada, Popopis lloró y fue tal su amargura y tal su llanto que formó el río que lleva su nombre el cual, aseguran, tiene poderes curativos.
El Río Popopis nace en las sierras puntanas, penetra en Córdoba y nutre los Bañados de la Amarga donde debería terminar. Pero cuando es alimentado por fuertes precipitaciones, La Amarga no puede contener el exceso de agua, el río entonces continúa dividido en dos brazos: el brazo norte se dirige hacia Santa Fe, mientras que el brazo sur va formando lagunas al sur de Córdoba, una de ellas La Margarita. En épocas de grandes lluvias el desborde suele llegar hasta General Villegas, provincia de Buenos Aires. Un río también conocido en la zona como Río Seco, ya que su presencia no es constante, depende de la lluvia y en épocas de sequías solo queda su recuerdo.
“Allí donde empieza la pampa seca las cosas se ponen muy serias porque no hay agua. Se saca el agua de napas subterráneas, pero no hay agua que corra a la vista. Y todo es muy seco. Crece un pasto que es bueno para el ganado esa es la riqueza del lugar, pero aquello es de miedo, es la ausencia total de paisaje, es una planicie perfecta, el horizonte es una recta y no crece nada más que ese pasto. Además de esa naturaleza el clima humano era muy especial. Era la vigencia total del machismo. Lo que daba el prestigio era la prepotencia”, dice Manuel Puig, escritor nacido en General Villegas, durante una entrevista en 1977, al referirse a su lugar de origen.
La idea de ir a la laguna es bajo la simple y llana consigna de hacer algo, así de inespecífica, como el paisaje. Está nublado y fresco, no es un día típico de verano, pero Patri insiste con el plan.
Durante el viaje, aferrada al volante, me revela la verdadera razón por la cual estamos yendo a la laguna. Como si persiguiera una intuición, con los ojos clavados en el próximo tramo, me dice: “¿a qué va la gente a la laguna?, ¿qué hay ahí? ¿por qué van todos a la laguna? ¿qué hay? ¡yo quiero ver qué hay!”
Su insistencia me desorienta. Hemos ido durante la niñez y adolescencia, la conocemos de día y de noche. ¿Por qué cree que algo se esconde en esa mancha de agua? ¿Por qué piensa que la gente lo sabe, pero no lo dice? ¿Qué es lo que Patri quiere ver con sus propios ojos que no haya visto en todo este tiempo?
Pensaba, mientras escuchaba a mi amiga, que seguramente nada, eso me daban ganas de responderle. En los últimos 55 años desde que el Club de Pesca de Jovita se hizo cargo de la laguna, muy pocas cosas habían cambiado, salvo la construcción de los asadores, un pequeño muelle, la renovación de la cartelería o el cambio de comisión, nada que ella ya no supiera, nada tan magnético como sus preguntas.
Lo que quería yo era contarme esos años de mi niñez para aclararme un poco la situación, dice Puig desconfiando de sus percepciones, todo se ha vuelto confuso y extraño ¿sobre qué escribe Manuel Puig en sus novelas, sobre lo que vio, sobre lo que recuerda, sobre lo que aún no tiene explicación? como cuando el Popopis desborda y llega hasta General Villegas, haciendo del desierto una inundación.
En el camino, los médanos parecen esponjas gigantes asentadas al guadal. Algunos árboles y yuyos secos, esos que crecen en la banquina, pero también al medio de la huella y rascan el piso del auto. Patri lleva el mate y una torta casera. Como si fuésemos a pasar el día, pero en realidad estamos tras un enigma, aunque ningún misterio pareciera enraizarse en aquella porción de agua, separada del río Popopis, como un pariente que nadie quiere.
Finalmente, llegamos. En la tranquera una señora nos cobra la entrada. Adolescentes caminan tomados del brazo. Familias en los asadores, algunas están desde hace días. Casillas, carpas y camionetas estacionados entre los árboles. El paisaje es casi el mismo que la última vez que vine, hace muchos años. Bajamos del auto y caminamos hasta la orilla. En el agua, una lancha cruza ida y vuelta. Las nubes rozan la arboleda del otro lado de la laguna. Quieta, realmente pareciera tener un mensaje.
Para salir, a falta de río, Puig viaja por el mundo. Deja su tierra y también su lengua, le incomoda el castellano porque es el lenguaje de los problemas, dice, el lenguaje de la prepotencia. Entonces lejos de la violenta llanura escribe guiones para cine, en inglés, copiando escenas de películas hollywoodenses que vio en su infancia. Pronto se da cuenta que sus guiones no tienen nada que ver con lo que vivió y no puede hablar de lo que no conoce. El idioma le ha fallado y el cine también. Puig dice tocar fondo y en el fondo siempre estuvo la pampa.
A partir del recuerdo de un primo y algunas escenas del pueblo, arma personajes que conoce, pero necesita desconocer, poner más distancia aún con las escenas y conflictos propios de su paisaje. Despliega historias a partir de retazos conocidos. Brota desde esa llanura rechazada la escritura de su primera novela, un camino conocido que no siempre estuvo disponible. Como el río, cuando desborda.
Y ahí estamos, a la orilla de la laguna, mirándola, como quien acompaña una antigua tristeza. Sentadas, sin nada que decirnos, nos dejamos invadir por el brazo manco del río.
Patri mira el agua con la misma exigencia con la que miraba el camino. “Después, cuando volvamos al pueblo, podemos ir a tomar un helado”, me dice en voz baja.
Sí, después.
**Este texto fue escrito originalmente para la revista pantano y fábula, El Río, publicación de la Red de Centros Culturales de España en Argentina, año 2021.
18 de julio, 2025.
ABRIR LA BOCA
Hace tiempo me pregunto por las ganas. Si tengo ganas de salir, de bailar, de dormir. Algunas más básicas, otras más retorcidas, pero siempre hilvanadas a un antes donde esas mismas ganas eran distintas. ¿Antes de qué? No lo sé. Será mi furor de nostalgia, mi almacén melancólico. Antes hubo un antes. Lo atesoro. Quizás cuando esas cosas me daban ganas, cuando no estaba la pregunta y solo había fuerza. Pero lo cierto es que me he vuelto una espía de mis propias ganas. Si están, si no, cómo son, cómo merman, cómo aparecen y se van. Las ganas son una brújula: clara, calibrada, siempre dispuesta a colaborar ante las más oscuras desorientaciones. Ganas, un plural que se parece a un ejército, a un empuje.
Claro que el tema ocupa las conversaciones con mis amigas, y también las observo: cómo son las ganas de las personas que están a mi alrededor, qué hacen con sus ganas y qué cuando ya no están. Automáticamente se me viene a la cabeza el renombrado Bartleby y su oracular “preferiría no hacerlo”, era hombre de preferencias, no de presunciones, dice Melville en la novela. ¿Es la preferencia una cara de las ganas?
Entonces busco el origen etimológico de la palabra. Un gesto que tengo a mano, pero nunca hago ¿por falta de ganas será? No creo.
Ganas: del gótico “ganan” que significa codiciar y está relacionado con el antiguo escandinavo “gana” “abrir la boca” “desear con avidez”.
Me asalta con total claridad una imagen salida de la boca de mi madre: y, habrán estado abriendo la boca, indica todo lo contrario al origen de la palabra, más parecido a dejaste pasar una oportunidad, perdiste el tren, no estuviste atenta ni deseante con la avidez que la palabra, bien y claramente, indica desde su raíz.
Llevo mi pregunta donde vaya. ¿De dónde salen las ganas? Mi amiga Paola acierta y me dice: ganas y posibilidad se superponen. Hago lo que tengo ganas ¿de dónde viene eso? Es casi artificial. A veces no tengo ganas de dormir, pero sé que es el rato que tengo, el único en el día y si no lo hago en ese momento no habrá otro, y así me duermo.
Ganas y posibilidad se superponen. Siento que su descubrimiento es un globo lleno de purpurina dorada que explota sobre mi cabeza. Y así bañadas en el mismo brillo, entiendo que antes tenía más ganas porque tenía menos posibilidades.
Entonces: ni hacedora ni directora, más bien anfitriona.
Una especie de balanza libidinal: un plato sube porque el otro plato baja. El matrimonio deseo y falta llegan puntuales a la ocurrencia. Pero también el juez que los divorciará, porque como dicen Deleuze y Guattari en el Antiedipo: el deseo no carece de nada, no carece de objeto. Son las necesidades las que derivan del deseo. El deseo siempre se mantiene cerca de las condiciones de existencia objetiva, se las adhiere y las sigue, no sobrevive a ellas, se desplaza con ellas. El deseo se convierte entonces en ese miedo abyecto a carecer. Pero justamente esta frase no la pronuncian los pobres, los desposeídos. Ellos, por cierto, saben que están cerca de la hierba y que el deseo necesita pocas cosas, no estas cosas que se les deja sino estas mismas cosas de las que no cesa de desposeerles y que no constituían una carencia en el corazón del sujeto sino más bien la objetividad del hombre para el cual desear es producir, producir en realidad.
Y agregan más adelante: los revolucionarios, los artistas y los videntes se contentan con ser objetivos, nada más objetivo: saben que el deseo abraza la vida con una potencia productiva, y la reproduce de una forma tan intensa que tiene pocas necesidades.
La carencia es preparada, organizada en la producción social.
Tengo que escribir la columna. Será sobre las ganas. Le digo por Whatsapp a mi amiga iluminada, sigo con lo mismo y le aviso que escribiré sobre estas conversaciones.
El deseo en la carencia es más fácil, responde ella a mi mensaje, pero yo leo maravillada: el deseo es la carencia más fácil.
4 DE JULIO, 2025.
JARDIN COMPLEJO
Obsesiones, cercanía y vida común en un barrio popular de Córdoba.
Ubicado en el barrio Alto Alberdi, el Complejo habitacional Jardines de Alberdi reúne trece departamentos ordenados de forma semicircular alrededor de una pileta, un jardín y un asador. Una construcción totalmente inédita en el barrio, caracterizado por casas bajas, edificaciones superpuestas, garajes y comedores que funcionan como kioscos y verdulerías, el río Suquía a dos cuadras y un asentamiento a pocos metros. La pileta, una gran ambición.
— No estoy muy segura de mudarme al barrio, me da miedo, la zona parece peligrosa, el río, la costanera, esas dos cuadras hasta la Colón— le digo a Martín, mi hermano, que hace poco dejó el departamento.
— El barrio te va a abrazar.
***
Paul Auster cuenta en su libro El cuaderno rojo que en dos oportunidades recibió un llamado telefónico buscando a la Agencia de detectives Pinkerton. En ambas llamadas Auster dijo equivocado, pero se quedó pensando qué hubiese pasado si decía es aquí y tomaba el caso. Esperó un tercer llamado, indagaría, preguntaría más, se haría pasar por detective. Pero esa llamada nunca llegó. Sentí que había desperdiciado una oportunidad única, dice Auster, para quién el azar es un idioma y el escritor un cazador de coincidencias. Hay coincidencias con las que te mueres de risa y hay coincidencias con las que te mueres. Desde entonces, aunque no espere a nadie, cada vez que suena el portero, atiendo. Una oportunidad única. La fragilidad del azar.
Domingo 14.45 horas, portero, atiendo.
Hola, ¿quién es? digo. Señora, ¿quiere una cocina atómica?
Salgo corriendo, cruzo el patio y abro el portón, grito hacia el grupo de pibes que camina media cuadra arriba. Sí, quiero la cocina atómica. Levantan sus manos y me saludan.
Sábado 20.30 horas, portero. Levanto el tubo, no digo nada.
— Policía.
—¿Qué pasa? — me asusto.
— Hay un niño secuestrado, salga.
Me sobresalto, pero aun así salgo hasta el portón, aunque no lo abro, no veo luces ni sirenas, siento que esa voz enrareció el espacio. Espío por la cerradura. Vuelvo y veo sobre el tapial de la pileta, una parte del alambrado que no está, como si lo hubiesen cortado. Cualquiera podría meterse por ahí, secuestrar un niño y tenerlo en un departamento. Entro y cierro con llave.
***
Una tarde de enero, desde la pileta veo ingresar una fila de gente. Dan vueltas por el patio y se van. Pregunto a Sandra, la vecina del B, qué hace toda esa gente junta, quizás vienen a ver los departamentos en alquiler.
—Los vecinos creen que acá hay pileta pública.
***
Durante el verano alguien debe hacerse cargo de la pileta. Ponerle cloro todos los días, estar atento si hace faltan productos, sacar los bichos, cambiar las pastillas, controlar que el jardinero pase el barre fondo o cualquier otro requerimiento. No hay presupuesto para contratar un piletero. Si nadie se ofrece, la pileta no se habilita. En mi vida tuve una de ese tipo, salvo la de lona. Pero aun así me ofrezco. Claudia me explica, ella es encargada y vivió en el complejo. M. G., la administradora tiene la misma en su casa, también me da indicaciones por WhatsApp. Pero es la relación con el agua la que realmente me enseña. Veo su color, el asentarse de las partículas de mugre al fondo, el impacto del agua de lluvia, la cantidad de gente que se mete, los insectos que caen en sus fauces y mueren. Cada relación, una particularidad. A veces me duermo y me despierta el sobresalto de la obligación: el cloro grito para mí misma y salgo en tetas y bombacha a ejercer mi tarea en medio de la madrugada. Cada tres palabras que decís, dos son cloro advierten mis amigas.
Y sí, la verdad estoy un poco obsesionada. Cada vez que me levanto, lo primero que hago es mirar por la ventana, cuando está transparente el agua le saco una foto y le mando a Martín: mirá, le digo, orgullosa como una madre primeriza.
***
Sandra me escribe todos los días a las 7 a.m. para preguntarme si puse cloro en la pileta. Le respondo que sí, que no hace falta que me escriba. Me manda un audio de 5 minutos diciéndome que si el agua se pudre aumentan las expensas. Que lo mejor sería desagotarla y llenarla de tierra. La bloqueo. Viene a mi departamento y toca el timbre. No le abro. Se asoma por la ventana y habla sola. Me encierro en el baño. En algún momento se cansa y vuelve a su casa.
***
Ustedes quieren tener pileta, pero no tienen plata. Mensaje de WhatsApp de M. G., administradora y dueña de cuatro unidades.
***
Cuando me mudé el techo del baño estaba caído. La señora que alquilaba antes en el departamento de arriba tiraba las piedras del gato al inodoro. Se tapó la cañería, llenó de humedad y se cayó el techo. El dueño, Julio, pagó el arreglo. Es nutricionista jubilado y solo usa su departamento en verano, por la pileta. Él le dice la casa de campo. Un día, mientras tomaba sol, bajó con pantalón largo y saco de la lana. Se tomó una selfie con la pileta de fondo, e hizo un audio: estoy en Jardines de Alberdi. Dio media vuelta y salió por el portón.
***
Algo sucede y, desde el momento que empieza a suceder, nada puede volver a ser lo mismo, escribe Paul Auster. Ahora hace frío. La pileta está vacía, salvo por algunas hojas, flores secas y los gatos que bajan a tomar sol. A veces este jardín me toma y no puedo salir: las arañas tejen puentes entre las plantas del patio y prefiero no tocar sus construcciones, me agacho si voy a regarlas. La planta de burro al fondo crece desmesuradamente cuando llueve. Corto, podo y reparto entre los vecinos. Los alacranes montan guardia en el baño o debajo de la cama. Las hormigas escarban detrás del sillón. Todo requiere mi presencia, mi decisión. Otras, el pasto está alto y lo saco con las manos, eso puedo llevarme toda la mañana. Los vecinos con sus parlantes y la música constante me detienen, abro y cierro ventanas para tratar de detectar donde está la fiesta. Me compré tapones para los oídos para estar en mi casa. Los gatos que hacen pis en la puerta del departamento y los espanto con cascotes que nunca dan en el blanco, solo al ras del susto para alejarlos. Es una enredada convivencia que a veces parece una danza. Ya no escribo en la cama, prefiero en la mesa mirando la santa Rita por la ventana, el pasto y el cielo. Así espero el verano.
***
Mientras escribo sobre Jardines de Alberdi le mando el texto a mi madre. Ella aún vive en Italó, el pueblo en el que nacimos. Este departamento es de ella, una especie de justicia económica con mi padre. Ella participa del grupo de WhatsApp de propietarios, fue quién me ofreció mudarme aquí. Cuando viene tiene relación con los vecinos, se atiende la salita de salud que está a la vuelta y también va a misa a la iglesia, frente a la salita y se corta el pelo con Fredy, en la Colón. Le comparto el escrito porque compartimos el habitad, porque se ríe. A los minutos recibo su audio: cuando vi el título Jardín Complejo: obsesiones, cercanía dije ay Dios mío, esta mujer escribió algo y le hicieron un juicio.
20 de Junio, 2025.
A mí me gusta la televisión porque la televisión no me recrimina nada
“A mí me gusta la televisión porque la televisión no me recrimina nada” me dijo mi papá una vez vaya a saber en qué contexto. Es verdad. Hay un gusto por la tele, por ver la tele. Que no es lo mismo que ver series, películas ni contenidos on demand. Ni siquiera ver la tele por YouTube. La tele es otra cosa. Es arrojarse al campo de la poca y limitada posibilidad: hacer zapping, ir venir por los canales del cable, del Directv, por ese camino de contados escalones, que no es el campo tan ponderado del yo elijo, yo sé lo que me gusta, yo, yo y yo. Subir y bajar y de repente quedarte viendo un programa de cocina que jamás elegirías o una película ya vista mil veces, que no es ni de autor ni de culto ni cuestiona ninguna de nuestras tontas prácticas vitales. Con la tele no se puede elegir tanto. Y esa escalera se parece al azar. Entonces no hay responsabilidad, ni agente ni, como dice mi padre, reproches ni recriminaciones.
La tele está mal vista. No es para nada cool, ni progre ni tiene contenido. Es entretenimiento del malo. Pero también está mal vista porque no se qué esperan encontrar en la tele. Se parece mucho a la vida, al juego de la alacena: hay lo que hay y no lo que una quisiera. Con lo que hay es con lo único que algo puedo hacer.
En los noventa la tele era un miembro más de la familia. En mi casa no hubo tele desde siempre. Me acuerdo el día que la compraron. Llegó Coraje Abba, el comisionista del pueblo, con una caja grande y asomado a la puerta dijo “llegaron los reyes magos”. Era verano. Sacó de la caja un bicho gris, cuadrado y macizo. Era un Grundig estándar de veintinueve pulgadas, pero a mí me parecía inmenso. Enseguida lo enchufamos, pusimos la antena y así empezamos a ver tres canales. El cable era un lujo lejano que tardaría en llegar.
Antes de eso, recuerdo una vez que me enfermé y mi mamá me dejó en su pieza con mi papá y fue a lo de mi abuela Vicenta, la única en la familia que tenía tele, y me trajo su pequeño dispositivo rojo de apenas catorce pulgadas en blanco y negro. Lo conectaron y mientras la casa dormía el sueño profundo yo miraba la tele, ella me tenía a su cuidado, con el fulgor cálido, el movimiento de las imágenes y el sonido acurrucador. Como si la fiebre me pusiera en el estado de excepción que alguien necesita para ser digna de su compañía.
Amo la tele. Como dice mi amiga Paola “saber lo que pasa en la tele es cultura general”. Con ella nos escribimos para coincidir en Intrusos y comentar el chisme de turno. También le sacamos fotos al sócalo de la pantalla con los enunciados de los famosos a modo de citas que guardan la misma importancia que lo que diría Freud o Deleuze. En un momento anotamos las frases icónicas de la farándula para hacer lo que llamaríamos El evangelio según Silvia Süller, pero solo quedó en las notas que luego mi amiga convirtió a estampitas y repartió de souvenir en su cumpleaños:
Soy grande, pero me disfrazo de joven. Marcelo Polino
No dejes que la verdad te arruine una buena nota. Chiche Gelblung
Tengo un presente que se come mi pasado. Moria Casán
Los ovnis me ayudaron a dejar la cocaína. Carlos Perciavalle
No es información, es intuición. Daniel Ambrosino
Para bajar el precio tenemos que estar en la misma góndola. Jorge Rial
Yo hice mi carrera en base al rencor. Marcelo Polino
Y aunque esté vapuleada y devaluada, puedo decir que mientras mi infancia y mi adolescencia transcurrían en la ronda pequeña que hacían las mismas imágenes de un pueblo de llanura, la tele fue sin duda un manantial de escenas, cuadros y retratos que sembró otros imaginarios: la nena de Gasalla, El banquete telemático de Federico Klem, la barra con el whisky de Función privada, Chiche Gelblung y la máquina de la mentira o, mejor aún, presentando la autopsia a un marciano. Todas esas figuras abrieron en mí el caldero de la ficción y la fábula. Me acompañaban. Hasta el día de hoy la tele me acompaña. Cuando vienen mis amigas y la vemos en la cama, con mi hijo de chico pasando tardes enteras frente a la caja boba, que de boba no tiene nada y también sola mientras llega la siesta.
Y si bien tengo las benditas plataformas para ver películas y series, no hay nada mejor que el zapping del sábado a la tardecita, donde no hay nada que ver o cualquier día de semana por la tarde.
Sin duda es la tele un objeto de don. Será por eso que en mi casa lo paga mi padre. No porque yo no pueda ni quiera, sino porque así es hace años, como un regalo que él me ofrece y garantiza. Aunque como todo objeto de don no es absoluto ni eterno, dos por tres, él me desliza que voy a tener que pagar mi parte del paquete porque Directv se puso muy caro y deberíamos dividir los gasto. Yo no digo ni que sí que ni que no y dejo que el pedido se desvanezca, que es como decir me legas el apellido y el derecho a ver televisión y eso no se cuestiona. Es parte de la filiación.
Cuando esos momentos asoman puedo llegar a recibir llamados por parte de mi padre, de este estilo:
Hola Paulina, tengo dos noticias para darte. La buena que estamos vivos, la mala es que voy a suspender el Directv porque está muy caro.
6 de junio, 2025.
Gracias a Dios ya no debo na’, canta La Mona
¿Cómo vibra la miseria en un cuerpo que baila? El roce, el calor, la transpiración, el vino y la voz de un hombre al lado mío: dice acá soy feliz. Lo dice porque tal vez el cuerpo no le alcanza. Bailar, aunque la letra de la canción es triste, el acordeón y los rulos del ritmo arrastren tristeza. Yo bailo y lloro, sí, al mismo tiempo, porque el cuerpo así lo quiere, porque tiene esa posibilidad. Es la fibra invisible que todo conecta y me conecta también a quién baila a mi lado. Con esa tristeza no estás sola, en el baile no estás sola, me dirá alguien después, cuando le cuente del milagro. Un chico frente mío también llora ¿o transpira? El cuerpo no alcanza. Pienso en las canciones de cuarteto que olvidé y amaba, porque en el viaje tuve que dejar, tal vez quise ser otra, tenía que escaparme de todas esas marcas que me hicieron doler, pero marcas que me hicieron al fin. Un eslabón que salvándose redimiría toda la cadena. Solo tristeza puede traer esa neblina. Entonces el baile le regresa a mi cuerpo su capa más antigua, su capa fundante. Los amigos que ya no están, los muertos, los paisajes, siguen acá conmigo, giran en cada canción.
Parece que a La Mona tampoco el cuerpo le alcanza para tanta fiesta y lo engalana con brillos y tachas sobre su ropa negra, destellante, cadenas y cintos, todo parece poco. Brillo sobre fulgor y sobre su pecho medallas se agitan. El pelo icónico. El movimiento intacto.
Que gran canasta de éxtasis es el cuerpo. El baile, el rito, los movimientos, el cuarteto y la fibra invisible me lleva a mi pueblo veinte años atrás y reconozco las canciones, las letras, canto poseída por mi propia composición. Todo vuelve a electrizarse y estoy aquí y allá. Como dice un poema: el destino es la reunión del individuo con su clase. *
Bailar la pena, la injusticia, el dolor, bailar el silencio de las palabras que allí abajo brotan desde el suelo; cada quien está ahí y está con su recuerdo. Como si otro baile se abriera en paralelo y somos tantos, muchos más de los que somos siempre. Nos envuelve y yo, que padezco de nostalgia tanto como del futuro, bailo y lloro, me vuelco vino, me río, porque a mí tampoco el cuerpo me alcanza para tanta fiesta. Se puede ver en el mapa de los gestos, quienes bailan invocan.
Suena Gracias a Dios ya no debo na’: alguien se hace el muerto para que le perdonen la deuda. Y es que aun debiendo vamos a bailar. Si la deuda es una cárcel, el cuarteto su hechizo.
El baile termina, estrepitosamente, sin bis, sin otra. Fulminante. El baile termina, pero el cuerpo tarda en entenderlo. Sigue agitado y eléctrico. Caminamos hacia la salida, de la mano, entre la gente, abriéndonos paso. Miro para atrás a ver si vuelven los músicos, pero no, la gente también dispone la retirada.
El cuerpo está desorientado, dice mi hermano, ya es hora de dormir, pero quiere seguir bailando. Al fondo un cordón de personas mira el escenario también, nos ven salir. Y desde allí empieza la magia: miles de vasos y cartones de vino caen desde el cielo, como nubes milagrosas hacen llover vino, cerveza y fernet. Miro para arriba y me dejo mojar por esa bendición de madrugada mientras mi hermano me lleva de la mano, hago fuerza porque no quiero perderme la lluvia. Siento las gotas dulces, amargas, perfumadas, me dejan los brazos y la cara, el pecho la espalda mojada. Es agua bendita, augurio de una noche terminada. Es la lluvia generosa de los vasos a la mitad que son enviados al cielo para que se multiplique sobre cada uno de nosotros. Los dadivosos que convidan el último trago, el último brindis, el último regalo para un cuerpo alegre. Ya no hay pérdida, ni deuda ni tristeza que no haya encontrado su cobertura.
El baile es el conjuro, el vino, el roce, el calor de quienes comparten parcela en lo injusto, en las malas repartidas de la clase. Alguien dice acá soy feliz, una chica busca novio con un cartel. Es igual de específico el deseo como es de certero el mal. Cuando me pregunto de dónde soy, de dónde vengo, es desde allí, desde mi cuerpo, donde están todas y cada una de las afectaciones de la clase: las músicas, el paisaje y la crueldad que me tocó. El dolor, la pobreza, la vergüenza, en mi cuerpo, y también el baile, la canción, el gentío que trenza.
Ese último trago convertido en lluvia, la salida bautizada por el vino, la cerveza y el fernet, ese resto de quien podría tomarlo y prefiere donarlo a los demás, ese gesto que se vuelve de todos, destellos en el cielo, en el cuerpo. Hacerlo comunión.
Al otro día, en el diario dirán que es cosa de negros, que gastan lo que no tienen, que es un asco, intentando anular la vitalidad de la obstinación y la alegría, de la insistencia por vivir. Dirán muchas cosas aquellos que nunca fueron, que no regalan ni pierden, que se endeudan para acumular, quizás porque no lo necesitan, porque tienen o creen tener, lo dirán aquellos que cuando temen fallar exageran la fuerza. Lo dirán quienes no saben ni quieren saber, aquello de lo que bien conoce el cuerpo: el derroche nace de la miseria.
*Luciano Lamberti en Córdoba, del libro San Francisco, China Editora 2014.
Córdoba, 23 de mayo 2025.

Fútbol y adivinación
Vuelvo a jugar a la pelota después de varios años. Aunque digo que juego abajo, corro por toda la cancha; la palabra no ejerce dominio alguno sobre el cuerpo, voy y vengo sin ninguna localización posible. Después, con el correr del juego, logro regular la energía, el aire, encuentro la posición y casi ni me acerco al arco de mi equipo. No perdí la magia, es cierto, puedo leer la jugada, anticiparme al pase del otro, mirar todo el mapa. Eso es lo que más me gusta de jugar al fútbol: adivinar detrás de la pelota. Adivinar leyendo el cuerpo de las rivales, el de mis compañeras, el trayecto y sus derivas.
Al otro día, hablo con mi papá del partido. Le digo: no perdí la magia, pero me faltó precisión, fuerza, no quedé contenta con mi juego. Pero sí con volver a jugar. Él me cuenta que en un partido, mientras marcaba a su rival, adivinó que tiraría la pelota hacia atrás. Y así fue, mi papá se anticipó, le robó la pelota e hizo el gol. Entonces cuando él dice adiviné la jugada es cuando yo digo no perdí la magia. Estamos hablando de lo mismo. Ese tráfico de información entre un cuerpo y el otro en el momento rapaz de cazar la jugada, una maniobra, un movimiento. Como un pájaro que planea sobre la presa, sobre el agua, sobre las ramas, el cuerpo se ondula, se arquea firme, parece dirigido por las leyes de la hipnosis. Hace pases mágicos para que el juego avance, se aligere, no se estanque. Y ese movimiento conjunto, casi como una constelación de estrellas, tiene su propio pulso. Ahí sucede la magia, ahí sucede la adivinación.
Dice Juan Salzano, en el prólogo de Deleuze y la brujería, que “la adivinación se rinde a una naturaleza compuesta por mezclas de cuerpos y nimbada por acontecimientos imprevisibles. En virtud de esta imprevisibilidad, el adivino conjura activamente cualquier tipo de control o clausura mecánica del mundo”. Y agrega que “la adivinación es el arte de las superficies, de las líneas y puntos singulares que aparecen en ellas: por ello, dos adivinos no pueden mirarse sin reír, con una risa humorística”.
Como nos reímos en la cancha con mis compañeras, como nos reímos con mi papá cuando la conversación se convierte en dos partidos jugándose en simultáneo sin cruzarse nunca uno con el otro: yo hablo del partido de anoche y él de algún partido que puede tener muchos, varios, muchísimos años antes.
Me pide que le cuente el gol desde el lugar en el que arrancó la jugada. Dice que el foul cerca de la línea es innecesario. Que el rival solito perderá la pelota ante la presión del defensor sobre la línea. Le respondo que el foul siempre es innecesario. Se ríe, pero no por brujo sino por sucio. La compensación del truco cuando el cuerpo no fue bendecido con los dones de la carne: nosotros que somos flacos y con poco físico, si no llegamos a la pelota tenemos que ir la canilla. Ese era su consejo cuando jugaba de chica. Ese nosotros me pesa y me bendice hasta el día de hoy y la posibilidad de dañar a otro se me pega como la propagación de un virus letal. Entonces les digo a mis compañeras que si fui bruta o cometí un exceso, no fui solo yo, fueron también las palabras de mi padre, haciendo contagio. Nos reímos. Se ríen: ellas sí por adivinas.
Termina el juego. Termina la conversación con mi papá hasta el próximo partido, si es que hay algo para decir. Porque como señala Salzano, “la adivinación es una captación concreta, precisa e íntima de aquellos detalles sospechados e inadvertidos.” Lo demás es pura técnica, talento, oficio, práctica y charlatanería.
Porque jugar al fútbol es un ejercicio espiritual. Jugar como una inutilidad y pasatiempo, como el de estar y conocer, por imperativo de aventura, como llama Deleuze a la adivinación. Porque solo se adivina cuando ya no se reconoce.
9 de mayo, 2025.
Santuarios y sindicatos de la atención*
Paulina Cruzeño
Quizás no se trata de dirigir la atención si no de digerir
la atención,
sentir las vísceras de ese movimiento que
nos inquieta.
Andrea Soto Calderon
A la ilusión de confeccionar un dialecto total, dador de garantías, felicidad eterna, sin pérdidas ni costos, ante la despótica debilidad por los protocolos y las clasificaciones, el alarde de un saber perfecto y lleno de ganancias; Freud y después Lacan, respondieron con un dispositivo: alguien llega y le habla a otro.
Alguien llega y le habla a otro. Y ese otro recibe, aloja. Atiende.
Alguien escribe un libro y le habla a otro. Atiende a lo que es enviado a escribir.
Alguien lee. Atiende. Recibe las palabras esparcidas.
¿Sabés si Alicia está atendiendo?
¿Vos atendés niños? ¿atendés locos? ¿estás atendiendo jóvenes?
No me gustó el libro que me recomendaste, no podía prestarle atención, me aburría.
No leo novela histórica, no me llama la atención.
¿No es la atención entonces un modo de particularizar el análisis, la disposición a la escucha, a la letra, un recibimiento y también un límite?
No, yo niños no atiendo, ya estoy grande, escuché decir hace poco. ¿Será que se necesita de otra atención para recibir a un niño? ¿Será que las lenguas delirantes requieren de un trabajo distinto al del biribiri de la neurosis?
Pero además hay quienes siguen atendiendo, aunque ya no estén en el consultorio, aunque hayamos abandonado sus divanes, como Martín que dice estar en análisis con Claudia, pero hace años que no va.
Y cuando nos siguen atendiendo detrás del telón de los pensamientos, en los recuerdos transferenciales o si los invocamos en nombre de alguna consulta urgente hecha en voz baja: ¿qué me hubiese dicho mi analista en este momento?
También nos pasa con los libros, ¿qué decía sobre el amor Margarite Duras? ¿Cómo habla de la familia Aurora Venturini? ¿Qué dijo Manuel Puig sobre la llanura?
La atención es colectiva y a la vez singulariza.
¿Qué es la atención, entonces, si no una descarga eléctrica sobre los órganos, que irradia y detiene, nos pone quietos y receptivos? Aumenta nuestra porosidad en esa zona de frontera cuando alguien nos habla o le hablamos a otro. Ese entre, que no es de nadie y a la vez es de todos. Un entre inclasificable, indómito.
¿Será que atender, prestar atención, llamar la atención, son gestos entornados para distintos lados, como una puerta que se abre a diferentes direcciones, pero todas girando sobre un mismo eje?
¿Qué tipo de atención es aquella que nos requiere cuando alguien nos habla?
Freud habló de la atención flotante, una especie de pulpo nebuloso nadando en las palabras del otro sin enredar sus tentáculos a ninguna, dejándose llevar por la marea, el ritmo, la cadencia del discurso hasta que aflora un punto que pide detención. Una independencia. Como en la escritura y en el poema: la forma no está separada del contenido, todo lo contrario, el efecto procede no de lo dicho sino de cómo está dicho y es por eso que lo interesante de la poesía no es lo que dice, sino lo que la poesía le hace al lenguaje. Como el análisis. Como la lectura.
Flotar, detenerse, esperar, seguir ese movimiento sin ningún juicio previo.
¿Será que atender es recibir sin esperar? ¿Y también su contrario: esperar sin recibir? No como lo abierto al infinito, si no indeterminado, amorfo, en proceso.
Alguien llega y le habla a otro podría ser un subtítulo del dispositivo analítico y también del acto de lectura, de la escritura, de la conversación, de un encuentro. Un planteo relacional, una economía de la libido, una espera activa pero suspendida, flotante, similar al corte, una propuesta a descompletar el sentido, pero también sin urgencia, una especie de nos vemos la semana que viene, por hoy no hay más que hacer, deje que esto lo trabaje.
¿Podríamos entonces pensar el psicoanálisis, la lectura, la escritura, como un sindicato de la atención?Creo que sí. Es este un convite a preguntarnos, no sólo por la atención como una facultad cognitiva sino también como un cuidado de sí, un ejercicio espiritual ligado a la práctica chamánica, así me imagino y pruebo el trabajo de analista, de escritora, de lectora, pudiendo atender y hablar con lo que no habla: los muertos, los animales, los paisajes, como los curanderos que no conversan con las personas, si no con los órganos. Incluso cuando median las palabras, percibir desde el trasfondo, con el trasfondo. Dejarnos instruir por esa compañía que subyace y entibia. Aprender del sueño, donde cada elemento cuenta, pero nuestro único trabajo es estar ahí, mientras dormimos, mientras descansamos, el sueño guía la percepción. El cuerpo quieto pero abierto a las transacciones de las imágenes, de los afectos.
La atención como una forma de estar en el mundo, una compañía, un trasfondo que permite reposar y suspender, descansar. La atención al modo de una tensión, una fuerza, hacerle fuerza a la inercia de la repetición. Detenerse y escuchar. Detenerse y percibir, poder abandonar el ideal de la transparencia y volver a la opacidad para reactivar la sensibilidad dormida.
¿Qué es entonces atender sino la posibilidad de imaginar otros modos de estar en el mundo?
Pareciera que las cosas más vitales y las que más requieren de nuestra presencia, suceden estando acostados: dormir, coger, leer, analizarse, soñar y morir.
Alguien llega y le habla a otro.
—
*Esta expresión corresponde al texto Los juegos de la atención creadora (o el arte que somos) de Rafael Sánchez-Mateos Paniagua en el libro El eclipse de la atención.
En tiempos apocalípticos, la palabra es nuestro ancestro más cercano. Una vez dicha, se vuelve amuleto. Conspira el poder de la risa y la presencia. Deja cosas en el mundo.
No queremos certezas ni garantías. No existen, no insistan. No nos hagan buscar lo que no hay donde no hay. Queremos una combinación telepática. La relación solo de ocurrencia a ocurrencia. Al modo del pararrayos. Una predisposición ética. La percepción al servicio de las neblinas. El hallazgo de lo particular en lo particular (Nakh ab Ra).
Se puede esquivar una flecha, una trompada pero nunca, jamás, una palabra.

Paulina Cruzeño (Italó, Córdoba) Licenciada en Psicología (UNC) Diplomada en escritura creativa (UNTREF) Publicó Aguafuerte (2019), Italó (2018), El orden de las cosas (2016), Entre hermanos (2014, Primer Premio del Concurso “Taller Latinoamericano de Poesía Fundación Neruda”) y Demasiado ágil en el desierto (2011). Participó en Antología de poetas argentinas (1981-2000) y en Martes Verde Edición Federal (2020). Realizó la instalación de videopoemas Aurelia, por el ojo de la aguja (2019), participó en diferentes residencias (FILBA) y ciclos de lecturas nacionales e internacionales (Festival de Poesía de Córdoba, Feria del Libro de Chile y Festival de Poesía Chaco, entre otros). Coordinó talleres de escritura en distintos espacios culturales y de salud mental.

“No hay recetas para el buen amor”… No hay recetas para nada.