Triángulo Editorial

FUEGO Y PASIÓN

13 de Marzo,2026.

Hay una fe/ Hay algo para hacer/

por Leti Martínez

Un pase de magia. Quizás, una brujería. Me levanto, digo en voz alta la oración que me compartió la mamá de una amiga y me encomiendo a las hojas de romero que previamente corté y puse en agua. El olor del romero es como una bendición verde. Su fortaleza es la protección. La oración es sencilla y el loop de cada día me hace recordarla de memoria. De todas maneras, la tengo anotada y la miro para corroborar que la dije bien. Supongo que así funciona la costumbre.Supongo que hay algo que me tranquiliza en esa repetición, en las cábalas, en volver a encantar una realidad chata y empobrecida.

     Hay una fe. Y eso es lo que más me importa. Hay una fe en las palabras, en repetirlas y decirlas fuera de mí. Palabras que recibí de otra persona. Que me las ofrendó alguien para que confiara y armara un rito íntimo de confianza. Para que renueve el don de hacer aparecer el mundo que necesito y hacerle fush fush al mundo que me aplasta. ¿Cuándo dejé de creer en las palabras para torcer el destino?

     Agarré una campera, una brújula y un bolso con lo estrictamente necesario. Mis botas eran tan sólidas y nuevas que confiaba en ellas. Tomé el camino más recto hacia París, con la firme creencia de que ella seguiría con vida si yo iba a pie (…), escribió Herzog como prólogo de su texto Del caminar sobre hielo, publicado en 1978. La premisa parece sencilla y, a la vez, desopilante. Hacia finales de 1974 le avisaron que su amiga, la cineasta y crítica, Lotte Eisner estaba muy enferma y que moriría. Ante eso, Herzog decidió ir a visitarla a pie, desde Múnich. Recorrió, en pleno invierno y, en menos de un mes, un poco más de ochocientos kilómetros. Hay una fe. Hay una necesidad imperiosa de torcer el destino.

     Qué sentido tiene caminar tanto, qué sentido tiene repetir oraciones y conjugarlas con yuyos, qué sentido tiene cantar a los gritos, dibujar, bailar. A propósito de la salida de su última película, Nuestra tierra, Lucrecia Martel dio varias entrevistas en las que habló sobre la realización y la historia del documental que narra el asesinato de Javier Chocobar y el saqueo blanco sobre los territorios indios. Y me interesa decirlo así: el saqueo actual de las personas blancas, el que continúa hasta nuestros días. Martel estuvo catorce años, entre investigaciones y documentos del juicio que se llevó a cabo, para realizar la película. Dijo, en esas entrevistas, que hacía cine para generar conversación. Hay una necesidad imperiosa de transfigurar la realidad. 

     Se me vienen otras películas, Fitzcarraldo, de Herzog y Zama, de la Martel. Pero eso es para otra charla, para otros textos. Posibles derivas que surgen de mi necesidad de entrecruzar la realidad. Sin embargo, no debe ser inocente este cruce. Y sin ponerme a pensar en los temas, los personajes y/o la estructura narrativa de esas películas, me detengo en la fe. Creer en las imágenes, en los sonidos. En aquello que hace falta contar. En que merecemos ver a los indios, los cuerpos de esos indios, el color de sus pieles, sus costumbres. Aquello que la realidad aplastó y aplasta y que necesita ser puesto en pantalla para discutir nuevos sentidos y expandir en capas lo real. Para poner en jaque el modo de entender y de entendernos.

     Hace falta que el gesto artístico empuje una especie de fe. Herzog escribe en sus notas sobre la caminata a París: (…) nuestra Eisner no debe morir, no va a morir, yo no lo permito. No morirá, no. No ahora, no lo tiene permitido. No, no va a morir porque no está muriendo. Mis pasos son firmes. Y ahora tiembla la tierra. Cuando yo camino, camina un bisonte. Cuando descanso, reposa una montaña. ¡Cuidadito! No lo tiene permitido. No lo hará. Cuando llegue a París, ella estará con vida. No será de otra manera porque no está permitido que lo sea. Finalmente, Herzog llega a ver a su amiga unos días antes de navidad. Ella muere casi diez años después del anuncio de su enfermedad. El conjuro de la caminata me hace pensar en la oración que tanto escuché en mí casa de infancia: Pilato Pilato la cola te ato, hasta que no me lo cumplas no te desato. Herzog salió hacia el hielo como quien desafía a Poncio Pilato. 

     Prefiero una poética brujeril, improbable, antes que una poética del desastre. Me parece un gesto vago el de la catástrofe como motor de las ficciones contemporáneas. La oscura noche del futuro contada desde un futuro que ya existe en la actualidad. Y lo digo desde el realismo. Porque el realismo, como categoría de la ficción, inventa la realidad. No la copia ni la interpreta. Últimamente pareciera que, quienes se dedican al fantástico o al terror, reproducen lo real, más que las poéticas realistas. Aun cuando creen que hacen ficción distópica, están tirando al mundo una imitación de lo que vemos y oímos. La verdad del realismo es una fe inexplicable, es volver a mirar con otros sentidos. Es nombrar para inventarlos.

     Quienes crecimos con universos místicos alrededor, quienes fuimos curadas mediante curanderías o brujerías, sabemos del poder de la palabra. Sabemos que decir oraciones en voz alta o en voz baja, escribirlas y/o quemarlas en el fuego, hacen mundo. Sabemos que la fe es un sinsentido pero nos apoyamos ahí. Mi primer acercamiento a la poesía fueron las oraciones que repetía mi mamá en las noches de dolor y pena por mis padecimientos en la vista. Mis ojos fueron tratados por especialistas médicos desde muy pequeña, Y también, por curanderas. Mi madre peregrinaba, como hizo Herzog por su amiga, y pedía por mi visión.

     Los gestos y palabras, en sí mismos, parecieran no significar nada. Pero, poner a funcionar en el mundo un gesto, una palabra, hacerlo porque sí, tiene fuerza  de transformación. A esa experiencia de vida en común y de ficción la llamo realismo místico.  Las personas que nos dedicamos a la ficción tenemos que hacernos preguntas sobre cómo hacemos lo que hacemos. Sobre todo en este tiempo en el que pareciera carecer de sentido hacer arte. En palabras de Martel, (..) Eso es la cultura: las cosas que hacemos que generan conversaciones y nos vinculan, y después se quedan en la memoria.

      Agarrar el romero entre mis manos, sentir su aroma mezclado con los otros yuyos serranos. Ponerlo en agua, dejar a los elementos y al tiempo hacer su trabajo. Tal como sucede con la poesía. Poner una película para que se hable sobre eso que la película trae, sobre eso que negamos. Traer al mundo lo que el mundo mismo intenta callar. Porque sí, porque podemos. Hay algo más grande que una misma que se mueve dentro nuestro. Quizás la tarea sea encontrar qué es. Si es con otros/as, si es caminar o darle oraciones a alguien que notamos desesperado, si es hacer películas o mirar el cielo y el tiempo del cielo.

      Si hay, desde nuestro caos, algo más que catastrofe y destino incierto. Si hay algo para hacer, si hay que encontrarle motivos a las cosas, si alcanza con hacerlo porque sí o si preferiría no  hacerlo. Martel habló sobre la cultura como el gran territorio en disputa. Esos son los artistas que me interesan. Los que quieren discutir su tiempo, sin miedo, sin catástrofe, sin creerse geniales. Quienes se inventan una fe. El resto es barullo.

¿Cuál es tu palabra preferida?

un lenguaje es una casa

por Leti Martínez.

 

     Taco alto, respondió Lemebel cuando se lo preguntaron en el programa Off the record, de la televisión chilena. Una palabra que detestes, una conducta humana que te emocione, una que te irrite, un sonido que amas, sigue después el periodista. La voz de mi madre, responde al sonido que ama. Taco alto, pienso. Una palabra: taco alto. Pienso que también podría ser un sonido. Yo digo taco alto y encuentro un sonido, unas sandalias de fiesta que pisan baldosas. Digo la voz de mi madre y se me arma una palabra: muerte. Así de caprichosas y feroces son las palabras.

     Me siento aturdida de respuestas, de los caminos lógicos y pertinentes que supuestamente arman las palabras. Voy hacia las preguntas y construyo recorridos impertinentes. Miro y leo entrevistas. Cruzo autores, músicas, geografías vastas y cielos de intemperie, como quien inventa una receta para darse alimento. Me interesa quedarme en las preguntas. Busco un lenguaje en el que me sienta como en casa. Un sistema de signos que se aleje lo más posible de la interpretación del mundo. No quiero un inventario de lo real ni de lo imaginario. Necesito espacio para mi lengua wacha de pá y de máma. En mis meditaciones, me imagino respuestas como la de Lemebel. Taco alto como palabra preferida. Pienso que también me gusta cuando alguien responde no sé. O cuando yo misma digo: no sè, no entiendo, no sè.

    En el lenguaje contemporáneo, pareciera que todos los textos intentan explicarme algo, darnos las respuestas exactas que necesitamos escuchar o leer. Textos a la medida de una época: explican, replican, informan, denotan, exponen, argumentan, declaran, dan cuenta de. Y, después, re explican, re replican, re informan, re denotan, re exponen, re argumentan, re declaran. Textos y textitos moderados, medidos, con algunas palabras o frases que suenan rimbombantes. Nada de lo que leo, miro o escucho me dice taco alto. La desesperación por entenderlo todo y entenderlo ya está generando lenguajes planos, sin rugosidades, sin fallas, sin no sè, sin preguntas. Narrativas que tranquilizan, amansan, que sostienen el espíritu de época porque la época no permite tejer desde las fricciones.

     Un ruido constante, íntimo e insoportable, me hace preguntarme sobre qué quiero escribir, sobre cuál será mi lenguaje. Y la respuesta es este texto. Quiero escribir sobre lo que no sé, quiero escribir sobre lo que no entiendo. No sé cómo voy a pagar mis deudas, no sé si sigo en duelo, no sé si tendré mi casa, no sé cómo cuidar a mis hijas de la violencia del mundo, no sé si lo que hago tiene sentido. Quiero pensar en lo que no entiendo. No entiendo los efectos de una pandemia, no entiendo por qué mis amigos viven lejos, no entiendo el desánimo de mi generación, no entiendo cómo escribir otra novela, no entiendo la muerte. A estas alturas, creo que ni siquiera entiendo el fascismo.

     Digo más, no quiero entender nada de lo que no sé y no quiero saber nada de lo que no entiendo. Necesito hacerme preguntas. Zanjar cada vez más el espacio cerrado del saber. Empujar, hasta quién sabe dónde, la incertidumbre para encontrar las no verdades, las incertezas, las invenciones, Desde la exageración, la risa, la exuberancia, la amalgama del cielo cuando atardece y se funde en rosa y celeste pero, a veces también naranja, creo que, allí mismo, está el núcleo sagrado del hacer artístico. Ir a tientas hacia un destino que no sabemos mejor pero sí, que será otro. Allí está el gesto poético: un movimiento sin certezas.

     El poeta no cumple su palabra/ si no cambia los nombres de las cosas, escribió Nicanor Parra. ¿Cómo hago para cambiar el nombre de las cosas? No porque sea poeta sino porque me gusta molestar. No sé cómo se hace pero me/nos hago la pregunta. El terreno discursivo es un terreno en disputa. ¿Y de qué manera lo vamos a disputar? No sé.

     ¿Citando a poetas, hablando de humanidades/máquina, ligando afectos con cuerpos, desligando la cuestión de clase de la cuestión de género, pensando en flores perfumadas y bichos de monte? No sé. En otra entrevista, Lemebel dijo, refiriendose a su condición marica, que él no había salido del clóset porque los pobres no tienen clóset. Otro hueco o fisura que se puede desenmascarar desde las palabras.

     Voy hacia la poesía porque la poesía es rugosa. Como si pudiera ser un texto con escamas. Un buen poema, un buen cuento, se pueden tocar y su superficie jamás será plana. A los amantes de las buenas letras, comienza el poema de Nicanor, como si dijera: ey, ustedes, los voy a ofender, los vengo a ofender. Lo cual es muy distinto al acto de explicar. Un tiempo colmado de explicaciones busca saciarnos y sabemos que eso es imposible. Quedamos en falta. Como si estuviera mal decir no sé, no entiendo. Como si estuviera mal hacer silencio, cuidar un jardín, leer por placer, discutir con un amigo, acariciar un animal o un cuerpo extraño, mirarse las manos, sentir el paso del tiempo en las propias manos, reír con una amiga, llorar viendo una comedia romántica, gritar porque sí, porque no se aguanta más, porque la maldad es mucha pero no es derrota, porque estamos vivas.

     Me atraía la resistencia del sentido, no su apertura. Entender de inmediato llegó a significar, para mí, que lo que se entendía no valía la pena. Beatriz Sarlo en No entender, sus memorias publicadas de forma póstuma, cuenta sobre aquello que le interesaba particularmente de la literatura: lo que no entendía. Ese sentido que se resiste es el que genera las preguntas, la invención. La literatura, pero pienso también, las artes plásticas, el cine, la danza y el teatro, nuestra geografía, funcionan como expresiones sensibles con múltiples capas narrativas: sonidos, tonos, colores, imágenes, movimientos y gestos. No necesariamente debemos capturarlo todo de forma completa sino que podemos dejarnos atravesar. Y no entender o no saber no se trata de andar como tontitas negando el arte y/o la realidad sino que podamos descansar en un color que vemos en un cuadro. En un gesto que le vemos hacer a la intérprete de la obra de danza o en un sonido de una película. Una sola cosa verdadera que nos atraviese vale más que las mil explicaciones que leamos sobre la película, sobre la obra o sobre la realidad política de un país.

     ¿Cuál es mi palabra preferida? No sé, pero ojalá suene a taco alto, a ropero y no a clóset, a cambiar el nombre de las cosas, a ofender a los que explican e informan, a un mundo rugoso y astillado, a las conversaciones sobre pavadas con mis amigas, a las siestas con la televisión de fondo. Al silencio, una palabra que logre un silencio. ¿Una palabra que detestes? ¿Una conducta humana que te emocione, una que te irrite, una sonido que amas? A todo eso podría responder no sé, no entiendo. Un lenguaje que esté hecho de ruidos y colores más que de indicaciones. Un lenguaje con gritos y enojos. Con estridencia de chamamé pero con el gris adoquinado de mi ciudad. Un lenguaje que no sepa más que andar a tientas, con los pesos justos para pagar el alquiler mientras suena Nina Simone y se mezcla con el programa de chimentos de la tarde y las flores blancas del árbol del jardín. Un lenguaje que cuide: el carrilche, lengua porosa de resistencia e identidad. Un lenguaje que se quiebra y estalla, cada vez que intento, como recién, definirlo. Que se rompe, se remacha, se humedece: el lunfardo. Un balbuceo común, contradictorio pero sencillo. Un lenguaje como una casa, que no sé si está pero que, como la revolución, es un sueño eterno.

8 comentarios en “FUEGO Y PASIÓN”

    1. Nos alegra que lo hayas sentido así: vivo, inquieto, un poco en desacuerdo con las certezas. Gracias por sumar tu mirada y hacer que el texto siga creciendo en quien lo lee.

  1. No sé por qué, pero este texto lleno de pliegues, me ha extendido las antenas que llevo de hormiguita viajera.
    Gracias Leti por tus “no sé” ¡! son como esas cosas que abren y abren y cierran y cierran, para quedar en la casi nada.
    Que qué has escrito? No sé, pero me importa.. y mucho.

    1. Qué linda esa imagen de las antenas viajeras que despierta el texto. A veces no hace falta entender todo para que algo nos importe y nos acompañe un rato.

    2. Hermoso y atinado al tiempo Leti, que bien recuperar esas palabras de Lemebel y resonar las en el propio cuerpo.
      Sigamos… atendiendo y sin escapar de la inquietud. Gracias Triángulo y Leti

  2. ¡Qué lindo texto!
    Qué bueno que busquemos un lugar donde, aunque sea por un ratito, no explicar y drenar tanta realidad para volver a las explicaciones y a la realidad pero más livianos (o con escamas).
    “Un lenguaje que esté hecho de ruidos y colores más que de indicaciones”, hermoso.
    ¡Por más ruidos y colores!
    Estaba pensando en mi palabra favorita, pero hay golpes tan fuertes en la vida… yo no sé!
    Saludos a Leti y a la barra triángula.

    1. Qué lindo leerte y compartir ese deseo de tener, aunque sea un ratito, un lugar para soltar explicaciones y volver un poco más livianos (o con escamas).

      Abrazo para vos, y gracias por ser parte de esta barra triángula.

  3. Apostar por el no entender en esta época de extrema literalidad es ir por el camino menos indicado, menos visible, menos pago, menos rimbombante. Es decir, el camino que sí vale la pena. Emociona leer este texto que a su modo es manifiesto de lectura.

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