
Manual de supervivencia lauresca
Reseña del libro De cara al sol de Leticia Martínez
El día que empecé a leer De cara al sol me encontré con un mundo que conocí alguna vez. No necesariamente el de Buenos Aires, donde transcurre la novela, sino el del rock.
Los bares, la esquina, la birra, los amigos rolingas y el super chino que narra la autora también tenían sus clones cordobeses (Pamplona, La Rústica, el kiosko del Adrián, etc). En todos lados hay un De cara al sol en nuestros diarios íntimos. Lo que importa es la amistad. El barrio, el rock. El aguante. Y también las zonas oscuras que muchas veces se esconden detrás de esas palabras.
La novela comienza con una llamada. Una amiga llama para dar una noticia: Abi murió. A partir de allí, la narradora inicia un recorrido por los recuerdos de una amistad atravesada por el paso del tiempo, las diferencias sociales, los caminos que toma cada una y el recuerdo de lo vivido en Cromañón.
Sin embargo, creo que De cara al sol no es una novela sobre Cromañón. Cromañón es fundamental, está presente como una herida que atraviesa toda la historia, pero el corazón del libro parece estar en otro lado. Hay varias preguntas que resuenan, o al menos a mí me produjo eso. ¿Cómo responder ante la muerte? ¿Qué parte de nosotros muere también cuando desaparece alguien que compartió una época de nuestra vida? ¿A dónde vamos después de morir? ¿A un recital tal vez?
La novela tarda años en responder esa llamada inicial. Y lo hace de una forma fragmentaria. La memoria aparece rota, dividida en escenas, conversaciones, recorridos por la ciudad y recuerdos que vuelven sin seguir un orden preciso.
La memoria, dividida como en fragmentos, queda yuxtapuesta para que el lector tenga que ir armando la totalidad de la historia. Arranca con un Buenos Aires ciclotímico. Una neurosis citadina de un caos hermoso y horrible que va dando pie al escenario de esta historia. Estoy ahí, en un tumulto de autos, gente apurada, pobreza, trabajo precarizado, bares y música. Estoy ahí cuando se recibe el llamado de la muerte de Abi.
En ese sentido, la estructura del libro se parece a un rompecabezas donde el lector debe ir armando las piezas mientras avanza. Y en ese recorrido aparece un Buenos Aires que funciona casi como otro personaje de la novela.
En varios momentos sentí que la narración hablaba de algo que cualquiera puede reconocer. Ese momento en que una amistad empieza a alejarse sin una pelea definitiva. Cuando no pasa nada y pasa todo al mismo tiempo. Cuando la vida empieza a llevar a cada persona por caminos diferentes.
La música ocupa un lugar central en todo el libro. No solo como banda sonora, sino como forma de construir identidad. El rock se presenta no sólo como un género musical, sino como una comunidad, una manera de leer el mundo, una forma de sentirse parte de algo. Es su comunión, su fe en medio de la incertidumbre. Como persona que solía tener bandas de rock en la adolescencia, en ese sentido me pegó la nostalgia de otra época.
Si hay algo que este libro tiene es que te traslada a ese enamoramiento musical adolescente. Sería como vivir adentro de una canción. Esa euforia adolescente que se siente al hacer un pogo. Eso es un pedazo de este libro.
Cuando hace sus recorridos barriales creo que estoy ahí, caminando por esas calles, el club, Dorrego, desde Juan B. Justo hasta Scalabrini en la parte clasemediera aspiracional, Corrientes y Gurruchaga enfrente del pool chino, etc. Cromañón aparece como un infierno donde, como en un cuadro cubista, los cuerpos rotos y los recuerdos se superponen unos sobre otros. Un quiebre en la vida y cómo cada unx continúa.
Al terminar De cara al sol me quedó una sensación extraña. Como cuando escuchás una canción que no sonaba hace años y, de repente, suena. Y vuelve una versión tuya que creías perdida. Melancolía ha entrado al chat.
Y quizás por eso me gustó tanto este libro. Porque habla de la amistad. Porque habla de la muerte. Porque habla del rock. Pero sobre todo porque habla de esas cosas que ya no están y que, sin embargo, siguen formando parte de quienes somos.
Y, mientras terminaba de leer este libro, el Indio se fue de este plano.
Paréntesis cinéfilo
Mientras leía De cara al sol no podía dejar de pensar en películas donde la amistad también se transforma con el paso del tiempo. Cada quien tendrá sus propios ejemplos; a mí, muchas veces, me resulta más fácil pensar estas cosas a través del cine. Hay libros que, mientras los leo, empiezan a conversar con otras obras.
El primer ejemplo que se me vino a la cabeza fue Frances Ha (Estados Unidos, 2012). Allí, dos amigas descubren que crecer también implica aceptar que ya no ocupan el mismo lugar en la vida de la otra. No hay una gran pelea. Hay algo mucho más cotidiano y, por eso mismo, más doloroso: la vida cambia.
En Tu dors Nicole (Canadá, 2014) la amistad y la juventud aparecen atravesadas por esa sensación de estar viviendo un tiempo de transición, donde los vínculos empiezan a desplazarse sin que nadie pueda explicar exactamente cuándo ocurrió.
En Miss Sweden (Suecia, 2004) la búsqueda de identidad también pone en tensión las relaciones afectivas, mostrando cómo crecer implica perder ciertas certezas y reformular otras.
Y en Excursiones (Argentina, 2009) la amistad se convierte en el espacio desde donde dos personas intentan reencontrarse mientras atraviesan sus propias crisis existenciales.
Quizás ese sea el punto de encuentro entre todas estas películas y De cara al sol: más que contar una amistad, exploran el momento en que los vínculos empiezan a transformarse porque quienes los habitan también están cambiando. No cuentan grandes rupturas, sino esos pequeños desplazamientos que, con el tiempo, terminan modificándolo todo.
Por eso estas películas aparecieron mientras leía la novela de Leticia Martínez. No porque cuenten la misma historia, sino porque todas parecen hacerse la misma pregunta: ¿qué pasa con una amistad cuando la vida empieza a llevarnos por caminos distintos?

Buenísima esta reseña. Me dan muchas ganas de leer el libro! Gracias, Lau!
Buenísima esta reseña. Me dan muchas ganas de leer el libro! Gracias, Lau!