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A quién no lo visita un muerto de vez en cuando.

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A quién no lo visita un muerto de vez en cuando

Sobre los cuentos de Claudia Huergo.

Los libros de cuentos muestran miniaturas.

Revelan, tal vez, como pasa con la repisa de los coleccionistas el asomo de obsesiones, intereses particulares. O como la casa de las muñecas de las nenas de antes, que armaban habitaciones en cajas con restos de repasador, el crochet de la abuela, un juguete comprado en la juguetería y el collar viejo del perro. Hay algo en la yuxtaposición, en la acumulación a veces errática de los libros de cuentos que es encantador.

El arte de hacer una casita con chácharas dispares.

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Los libros de poemas de Claudia Huergo me dejan con la sensación de un paisaje lingüístico en tránsito. Imagino a una mujer que maneja musitando, hablando sola, mientras el paisaje se viene encima a través del parabrisas del auto. Digamos: una lengua viajante que nombra desde la distancia y el regreso, como quien en la ruta se acerca al pueblo, a la casa familiar.

“Veo la luz de unos faros que nos siguen de cerca. Ya somos dos. Al rato, los faros traseros de un auto que nos precede. Ya somos tres. La hebra de una montaña. Un paisaje de cornisa. Una caravana. Cuentas brillantes de un rosario. El camino serpentea. Engarzados por un hilo de voz” (En Lobo Alucina. Borde Perdido. 2018).

Poemas escritos desde el core mismo de la familia y el “pago” (como decimos folklóricamente en Santiago), o desde la lejanía, ya yéndonos, mirando por el retrovisor.

En ese tránsito medio rutero, voz, cuerpo y movimiento hacen de la sierra y la ciudad algo, si no continuo, por lo menos puesto al lado, como las cuentas del Rosario.

Los poemas se van asentando sobre las cosas, definiéndoles los contornos en su manera de ser y ser percibidas, en la ciudad y en la sierra, o en ese entre medio que es la voz poética de Claudia Huergo: tormenta, monte, hambre, culpa, mujeres se escriben desde eso que a priori es irreconciliable.

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Pero digámoslo: quienes vivimos en Córdoba, a los poemas de la Huergo los conocemos. Nos los hemos leído mutuamente tomando un mate; hemos escuchado su voz como de medium recitando con la potencia de algo que parece un trance o una oración; la habrán escuchado en Los Amorosos. Pero Todo lo que tapamos con un cuerpo es un libro de cuentos, el primero. La edición de Cielo Invertido (2025) trae un póster con ilustraciones de Juli Vicente y fotos familiares; los colores que elige Juli Vicente son extrañamente atinados para estos paisajes subjetivos singulares que, como fantasmas, cobran vida en los cuentos: sin tanta estridencia, sin tanta saturación.

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Las mujeres son el centro de la literatura de Huergo. Ya leíamos en La boca del monte:

“Qué dirán las madres / del salto prematuro de las hijas / encendidas de amarillo y rojo / inflamadas de viento. / Qué dirá el tono severo de la tarde, los padres que lavan autos en el jardín. Qué dirán / de las que caímos lejos del árbol / y nos salvamos” (Hiedra Editora. 2020).

En Todo lo que tapamos con un cuerpo los hombres casi ni aparecen. Son apenas un adorno, tal vez un chiche para las narradoras y las personajes que las rodean: el novio de la madre, noviecitos que no pueden competir ante el fantasma de la mejor amiga, padres con poca sutileza para la infidelidad, perfiles de facebook, abuelos que preguntan por caballos que ya no existen, algún tío o hermano como el cardo en el paisaje de familia son el panorama de los hombres de estos cuentos…

Un panorama que también pone de relieve una subjetividad que viendo y considerando el landscape derechoso de este momento no ha dejado de ser contracultural (por mucho que nos pese, parece que estamos lejos de la marea verde que aglutinaba varias identidades feministas como cuerpo político).

No es que los personajes hombres estén mal construidos (están bien delineados, creo). Son secundarios, son como dicen lxs pibxs del secundario: un NPC, non player character. Están: manejan el auto, ayudan con el abuelo, suben cosas a facebook. En la casita de muñecas de la Huergo, Ken es una anécdota de las mujeres, que son el verdadero nudo de todas estos cuentos.

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Mujeres que, dicho sea de paso, muestran un catálogo que dista mucho de las feminidades perfectas; y son tan coloridas, tan fuertes como personajes, tan intrigantes: la madre muerta, la tía tonta, la madre loca que expulsa a los hijos de la casa, las compañeras un poco desquiciadas, bobas y malévolas de natación, la obstinada en quedarse o la obstinada en recordar, la sonámbula, la obsesionada…

En “Dos gardenias”, por ejemplo, se lleva todas las miradas La Nuñi, tía boba, la preferida de la narradora. Es el primer libro del conjunto y anticipa chispazos de un humor elocuente y cierta simpatía por los personajes medio chiflados: “Mi debilidad era más parecida a la de mi tía Nuñi. Fisionómicamente no, había conseguido reunir los cromosomas reglamentarios para parecer normal”.

En “Todo lo que tapamos con un cuerpo”, el highlight es Rita, la protagonista que ve a su amiga muerta a los pies de la cama mientras tiene sexo por primera vez: “Durante un año siguió visitando la habitación del telo donde la vio. Algunas veces iba sola, pagaba un turno y se quedaba allí, leyendo en voz alta alguna de sus cartas, recitando esos poemas de Carver que tanto les gustaban, o simplemente mirando el techo en silencio”. Esa chica atormentada por la ausencia de la amiga, tirada en la cama de un telo, sola, ¿no es hermosa?

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Además son cuentos que cada tanto deslizan imágenes potentes, a veces discretas, a veces puestas como cereza del postre.

En “Crisálidas”, la familia visita la casa que ha estado años en construcción, a medio terminar: “Vista de lejos, parecía un rostro en perpetuo estado de asombro: los huecos donde irían las ventanas eran los ojos, la boca era la puerta. Un pequeño teatro donde jugábamos a aparecer y desaparecer. Nos pasábamos horas, cada uno en su cuarto a cielo abierto, imitando lo que haríamos cuando viviésemos allí. Mi hermano mayor escuchaba algún partido de fútbol en la radio, yo leía historietas, todos sentíamos que teníamos derecho a reclamar algo de intimidad”. Esos adolescentes en sus piezas todavía sin techo, bajo el cielo, qué bien que están.

En otras, la asociación es inesperada y casi gratuita, como en “Campos en flor”, en donde Telma, que parece una chica más bien poco agraciada, queda en la guardia por decolorarse, bajo consejo de su patrona, todos los pelos al sol. En una escena médica, en que la enfermera le levanta la sábana: “Cientos de vellos se levantan, ondulantes, dorados, como un campo de alfalfa en flor”.

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De los once cuentos que lo componen, los mejor resueltos son, justamente, los que dialogan con los libros de poemas, los que exploran el pueblo y la familia; la tensión interna. “Dos gardenias”, “Rondas” y “Crisálidas”, componen muy bien el cuadro de costumbres y misterios de lo familiar, de lo cercano.

Otros como “Todo lo que tapamos con un cuerpo” o “Qué será de la vida de Muñiz” siguen más de cerca la interioridad un poco caótica, un poco torcida, un poco risible de los personajes. Otra virtud de este libro: estamos ante los personajes entre la misericordia y la risa.

Pero enumerado el catálogo de mujeres, y pensando en el prólogo de Pablo Natale, que dice que estos son cuentos “de fantasmas”, algo que me gusta mucho de este libro es que varios tópicos asociados al terror como las locas, los fantasmas, las apariciones, las muertas no nos dejan el saldo de cuentos de terror, sino algo más sutil. Acá es donde otros lectores del libro podrían tirarme tomates -yo mañana mismo podría: creo que los cuentos terminan construyendo, en su conjunto, un libro realista. Matizado sí, pincelado sí, un poco fantástico, tal vez. Pero, díganme la verdad, ¿a quién no lo visita de vez en cuando un muerto?

Por supuesto, qué problema: tendrán que leer el libro para contradecirme.

Afortunadamente son cuentos cortos, se pueden dejar en la mesa de luz, leer antes de dormir, uno por noche. Si alternan con los poemas y alguna que otra nota o ensayo a un googleo de distancia, van a tener la full experience de leer a Claudia Huergo.

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